Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Космическая фантастика » El arca de la redención [Redemption Ark - es]
El arca de la redención [Redemption Ark - es] - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
1 ... 106 107 108 109 110 111 112 113 114 ... 216
Перейти на страницу:

Incluso percibió a Thorn, conectado a la misma red de recopilación de datos. Sus pensamientos, pues de eso se trataba, eran perfecto reflejo de los suyos. Estaba paralizado y comprimido, incapaz de gritar o siquiera de imaginar la liberación que supondría gritar. Ana trató de alcanzarlo, para que al menos supiera que ella seguía allí presente y que alguien más en el universo comprendía lo que estaba soportando. Y al tiempo notó que Thorn hacía lo mismo, así que juntaron sus dedos a través del espacio neuronal, como dos amantes que se ahogan en tinta. El proceso de análisis proseguía y la negrura se filtraba por las zonas más antiguas de su mente. Era la peor experiencia de toda su vida, peor que cualquier tortura o simulación de tortura que hubiera soportado en Borde del Firmamento. Era peor que todo lo que le hubiera hecho la Mademoiselle, y el único alivio descansaba en el hecho de que apenas era vagamente consciente de su propia identidad. Cuando incluso eso desapareciera, quedaría libre.

Y entonces algo cambió. En el confín de lo que sentía a través de los canales de recopilación de datos, en la periferia de la nube que englobaba su nave, surgía una alteración. Thorn también la percibió, y Ana notó una patética llamita de esperanza que llegaba hasta ella mediante la bifurcación. Pero no había nada por lo que sentirse esperanzado. Solo estaban detectando la reagrupación de las máquinas, listas para la siguiente fase del proceso de asfixia.

Se equivocaba.

Notó una tercera mente que se adentraba en sus pensamientos, muy distinta a la de Thorn. Esta mente era cristalina y serena, y sus pensamientos no se veían ahogados por el opresivo lazo negro de la maquinaria. Ana percibió curiosidad y no poca vacilación, y aunque también notó miedo, no se trataba del terror extremo que Thorn irradiaba. Aquel temor solo era una forma extrema de precaución. Y al mismo tiempo recobró parte de su propio yo, como si la negra presa se hubiese aflojado.

La tercera mente se acercó a las suyas, vadeando, y Ana comprendió (con tanta sorpresa como era capaz de albergar) que era una inteligencia que ella ya conocía. Nunca se la había encontrado antes a ese nivel, pero la fuerza de su personalidad era tan penetrante que destacaba como una fanfarria de trompeta tocando un estribillo familiar. Era la mente de un hombre, la mente de un hombre que nunca había concedido mucho margen a la duda ni a la humildad, que jamás había cedido gran cosa frente a la compasión por los problemas ajenos. Y, al mismo tiempo, detectó un minúsculo brillo de remordimiento y algo que hasta podría interpretarse como preocupación. Pero al aproximarse a esa conclusión, la mente retrocedió de un chasquido y volvió a esconderse, y Ana notó la fuerte estela de su retirada.

Ana chilló, literalmente, porque ya era capaz de mover de nuevo su cuerpo. En ese instante el tronco se quebró y se hizo pedazos con un agudo tintineo. Cuando abrió los ojos, se vio rodeada de una nube de cubos negros que se empujaban y tropezaban desorganizados. El muro azabache al otro lado del mamparo estaba quebrándose. Observó que los cubos trataban de unirse entre sí y en ocasiones formaban acumulaciones negras de mayor tamaño, que solo duraban uno o dos segundos antes de volver a deshacerse. Thorn ya no estaba inmovilizado en su asiento. Avanzó y apartó a un lado a los cubos negros hasta que pudo liberar a Khouri de la red.

—¿Tienes alguna idea sobre lo que acaba de suceder? —preguntó, pronunciando con dificultad las palabras.

—En realidad, sí —dijo ella—, pero no estoy muy segura de creérmelo.

—Explícamelo, Ana.

—Mira, Thorn. Mira fuera.

Él siguió su mirada. Más allá de la nave, la masa negra que los rodeaba estaba sufriendo de la misma incapacidad para cohesionarse que los cubos del interior. Se abrían huecos a cielo abierto, que se cerraban y volvían a asomar por todas partes. Y Ana comprendió que también había algo más ahí fuera. Estaba dentro de la rugosa concha negra que envolvía a la nave, pero no pertenecía a ella y, al moverse (puesto que parecía estar orbitando la nave, trazando círculos en perezosas curvas abiertas), las masas negras coaguladas se apartaban ágiles de su camino. Era complicado discernir la forma del objeto, pero la impresión que Khouri recordó después era la de un giroscopio de color gris plomizo en rotación, una cosa aproximadamente esférica hecha de muchas capas que giraban a la vez. En su centro, o enterrado en un punto próximo, había una fuente parpadeante de luz de color rojo oscuro, como un jaspe. El objeto (que también le traía a la mente la imagen de una canica en rotación) tenía quizá un metro de diámetro, pero como su periferia se hinchaba y retrocedía con cada rotación, era difícil de precisar. Todo lo que Khouri sabía y podía asegurar era que el objeto no estaba ahí antes, y que la maquinaria inhibidora parecía tenerle una extraña aprensión.

—Está abriendo una ventana para nosotros —exclamó Thorn, sorprendido—. Mira. Nos ofrece un medio de escape.

Khouri lo apartó del puesto del piloto.

—Entonces aprovechémoslo —dijo. Se escabulleron del enjambre de máquinas inhibidoras y se alejaron en arco hacia el espacio. Khouri observó en el radar la concha que iba quedando atrás; temía que asfixiara a esa canica roja en rotación y volviera a partir en pos de ellos. Pero pudieron huir. Más tarde, algo veloz y rápido surgió por detrás, con la misma señal de radar insegura que habían visto antes. Pero el objeto se limitó a pasar raudo a su lado con una aceleración temible, rumbo al espacio interplanetario. Khouri observó cómo desaparecía de su alcance en la dirección aproximada de Hades, la estrella de neutrones de los confines del sistema.

Pero eso ya se lo esperaba.

¿De dónde provenía la gran tarea? ¿Qué la había provocado? Los inhibidores no tenían acceso a esos datos. Lo único que estaba claro era que el deber de llevar a cabo la obra les correspondía a ellos y solo a ellos, y que se trataba de la actividad individual más importante que había iniciado un organismo inteligente en toda la historia de la galaxia, quizás hasta en la historia del propio universo.

La naturaleza de la obra era la sencillez personificada. No se podía permitir que la vida inteligente se extendiera por la galaxia. Era posible tolerarla, e incluso alentarla, cuando se limitaba a mundos solitarios o incluso a sistemas solares individuales.

Pero no debía infectar la galaxia.

Pese a ello, no resultaba aceptable extinguir simplemente toda vida. Eso hubiera sido factible en un sentido tecnológico para cualquier cultura galáctica madura, en especial una que dispusiera de la galaxia básicamente para ella sola. Se podían prender hipernovas artificiales en los semilleros estelares, estallidos esterilizadores un millón de veces más eficaces que las supernovas. Se podía conducir a algunas estrellas hasta que cayeran por el horizonte de sucesos del agujero negro supermasivo que dormitaba en el centro de la galaxia, de modo que ese trastorno alimentara una ola purificadora de rayos gamma. O se podía empujar a las estrellas binarias de neutrones a colisionar mediante delicadas manipulaciones de la constante gravitacional de la región. Se podían enviar hordas de máquinas autorreplicantes para que redujeran los planetas a escombros en cada sistema solar de la galaxia; en un millón de años, todos los viejos mundos rocosos de la galaxia estarían pulverizados. Una intervención profiláctica sobre los discos protoplanetarios a partir de los cuales se fusionaban los mundos podría haber evitado la formación de nuevos planetas viables. La galaxia se hubiese ahogado en el polvo de sus propias almas muertas, brillando al rojo a lo largo de megapársecs.

1 ... 106 107 108 109 110 111 112 113 114 ... 216
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)