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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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En menos de un minuto, en la cabina no quedaba nada salvo unas películas de cenizas de un color gris negruzco. Khouri sintió incluso que la ceniza se le acumulaba en el rabillo del ojo, como un ataque repentino de polvo somnífero, y recordó entonces que los cubos se le habían metido en la cabeza antes de que llegara la canica.

—Bueno, ya has conseguido la demostración que querías —le dijo a Thorn—. ¿Mereció la pena, solo para dejarlo claro?

—Tenía que saberlo. Pero cómo iba a saber yo lo que iba a pasar.

Khouri se frotó las manos para recuperar la circulación allí donde se le habían quedado entumecidas. Era un placer salir de las cinchas de restricción en las que la había metido Thorn, que se disculpó por ello sin excesiva convicción. Khouri tuvo que admitir que jamás habría confesado la verdad sin una coacción tan extrema.

—Y por cierto, ¿qué fue lo que pasó? —añadió Thorn.

—No lo sé. Por lo menos no todo. Provocamos una respuesta, y estoy bastante segura de que hemos estado a punto de morir, o al menos de que nos tragara esa maquinaria.

—Lo sé, yo también tuve esa sensación.

Se miraron, conscientes de que el período de unión que habían experimentado en la red de reunión de datos de los inhibidores les había permitido alcanzar un nivel de intimidad que ninguno de los dos se esperaba. Habían compartido muy poco aparte del miedo, pero a Thorn al menos le había demostrado que el miedo de la mujer era tan intenso como el suyo, en todos los aspectos, y que el ataque de los inhibidores no lo había organizado ella en su honor. Pero había habido algo más que el miedo, ¿no? Había habido preocupación por el bienestar del otro. Y al llegar la tercera mente, también había habido algo muy parecido al remordimiento.

—Thorn… ¿Tú sentiste la otra mente? —preguntó Khouri.

—Sentí algo. Algo que no eras tú y algo que no era la maquinaria.

—Sé quién era —dijo ella; sabía que ya era muy tarde para mentiras y maniobras de evasión y que había que contarle a Thorn tanto de la verdad como ella comprendiese—. Por lo menos creí reconocerlo. Esa mente era la de Sylveste.

—¿Dan Sylveste? —preguntó él con cautela.

—Lo conocí, Thorn. Ni muy bien ni durante mucho tiempo, pero lo suficiente para reconocerlo de nuevo. Y sé lo que le ocurrió.

—Comienza por el principio, Ana.

La mujer se frotó el polvillo del borde del ojo con la esperanza de que la maquinaria estuviera inerte de verdad, y no solo durmiendo. Thorn tenía razón. Su admisión había sido la primera grieta en una fachada de otro modo perfecta. Pero ya no se podía deshacer la grieta. Seguiría extendiéndose y alargando unos dedos que lo romperían todo. Todo lo que ella podía ofrecer ahora era una minimización de los daños.

—Te equivocas en todo lo que crees saber sobre la triunviro. No es la tirana maníaca que cree el populacho. El Gobierno labró esa imagen. Necesitaba un demonio, una figura a la que se pudiera odiar. Si el pueblo no hubiera podido odiar a la triunviro, habría dirigido su ira, su frustración, contra el propio Gobierno. Y eso no podía permitirse.

—Asesinó un asentamiento completo.

—No… —De repente se sentía muy cansada—. No. Eso no fue lo que ocurrió. Ella solo hizo que lo pareciera, ¿no lo entiendes? En realidad no murió nadie.

—Y tú estás muy segura de eso, ¿no?

—Estuve allí.

El casco crujió y volvió a reconfigurarse. En poco tiempo estarían fuera de la influencia electromagnética del gigante gaseoso. Los procesos de los inhibidores continuaron imperturbables: la lenta colocación de los tubos subatmosféricos, la construcción del gran arco orbital. Lo que acababa de ocurrir dentro de Roc no cambiaba nada del proyecto más ambicioso.

—Cuéntamelo, Ana. Si es así como te llamas en realidad, ¿o es otra capa de falsedades que tengo que despegar?

—Ese es mi nombre —dijo ella—. Pero no Vuilleumier. Eso fue una tapadera. Era el nombre de algún colono. Creamos una historia para mí, el pasado necesario que me permitiría infiltrarme en el Gobierno. Mi verdadero nombre es Khouri. Y sí, formé parte de la tripulación de la triunviro. Llegué aquí a bordo de la Nostalgia por el Infinito. Vinimos a buscar a Sylveste.

Thorn se cruzó de brazos.

—Bueno, por fin estamos llegando a algún sitio.

—La tripulación buscaba a Sylveste, nada más. No había resentimiento alguno contra la colonia. Utilizaron una información errónea para haceros pensar que estaban más dispuestos a utilizar la fuerza de lo que era el caso en realidad. Pero Sylveste nos engañó. Necesitaba encontrar una forma de explorar la estrella de neutrones y lo que orbitaba a su alrededor, el par Cerbero/Hades. Convenció a los ultras para que lo ayudaran con su nave.

—¿Y después? ¿Qué pasó entonces? ¿Por qué volvisteis las dos a Resurgam si teníais una nave estelar para vosotras solas?

—Hubo problemas en la nave, como bien supusiste. Unos problemas graves de la hostia.

—¿Un motín?

Khouri se mordió el labio y asintió.

—Tres de nosotras, supongo, nos volvimos contra el resto. Ilia, yo y la mujer de Sylveste, Pascale. No queríamos que Sylveste explorara el par de Hades.

—¿Pascale? ¿Quieres decir como en Pascale Girardieau?

Khouri recordó que la mujer de Sylveste había sido la hija de uno de los políticos más poderosos de la colonia: el hombre cuyo régimen había tomado el poder después de que se destituyera a Sylveste por sus creencias.

—No la conocí tan bien. Ahora está muerta. Bueno, algo así.

—¿Algo así?

—Esto no va a ser fácil, Thorn. Tendrás que aceptar lo que te diga, ¿entiendes? Por muy descabellado o improbable que parezca. Aunque dado lo que acaba de pasar, tengo la sensación de que vas a estar más receptivo que antes.

Él se llevó un dedo a los labios.

—Ponme a prueba.

—Sylveste y su mujer entraron en Hades.

—Te refieres al otro objeto, seguro. ¿Cerbero?

—No —dijo ella con decisión—. Me refiero a Hades. Entraron en la estrella de neutrones, aunque resultó ser mucho más que una simple estrella de neutrones. En realidad, ni siquiera es una estrella de neutrones; es más una especie de ordenador gigante, abandonado por alienígenas.

Él se encogió de hombros.

—Como bien dices, tampoco es como si hoy no hubiera visto unas cuantas cosas raras. ¿Y? ¿Qué pasó luego?

—Sylveste y su mujer están dentro del ordenador, ejecutándose como programas. Como niveles alfa, supongo. —Khouri levantó un dedo para anticiparse al comentario de él—. Lo sé, Thorn, porque yo también di un paseo por allí dentro. Me encontré con Sylveste después de que lo hubieran introducido en Hades. A Pascale también. De hecho, es muy probable que allí dentro también haya una copia mía. Pero yo, este yo, no se quedó. Volví aquí fuera, al universo de verdad, y no he vuelto desde entonces. De hecho, no tengo intención de volver jamás. No hay forma fácil de entrar en Hades, no a menos que te plantees la opción de morir destrozado por tensiones de marea gravitatoria.

—¿Pero tú crees que la mente que encontramos era la de Sylveste?

—No lo sé —dijo ella con un suspiro—. Sylveste lleva varios siglos subjetivos dentro de Hades, Thorn; es posible que eones subjetivos. Lo que nos pasó a todos hace sesenta años debe de ser para él un recuerdo lejano y borroso de los albores del tiempo. Ha tenido tiempo para evolucionar más allá de todo lo que podamos imaginarnos. Y es inmortal, puesto que nada de lo que haya en Hades tiene que morir. No me imagino cómo actuaría ahora, ni si reconoceríamos siquiera su mente. Pero te juro que a mí me pareció Sylveste. Quizá fue capaz de recrearse como solía ser, solo para que yo supiera qué era lo que nos había salvado.

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