El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
—No es tan sencillo, Thorn. Ojalá lo fuera, de verdad.
—Cuéntamelo, por favor. Quiero saberlo, en serio. —El hombre hizo una pausa, quizá leía algo en la expresión de Khouri—. ¿Tu marido está muerto, Ana?
—Tampoco es tan sencillo. Mi marido era soldado. Yo también lo era, antes. Los dos éramos soldados en Borde del Firmamento, en las guerras peninsulares. Estoy segura de que has oído hablar de nuestra pintoresca disputa civil. —No esperó a que él le respondiera—. Luchábamos juntos. Nos hirieron y transportaron inconscientes a la órbita. Pero algo salió mal. A mí me identificaron mal, me pusieron mal las etiquetas, me metieron en la nave hospital equivocada. Sigo sin saber todos los detalles. Terminaron metiéndome a bordo de una nave más grande que iba a salir del sistema. Una abrazadora lumínica. Para cuando se descubrió el error yo ya estaba alrededor de Épsilon Eridani, en Yellowstone.
—¿Y tu marido?
—Sigo sin saberlo. En aquel momento me hicieron creer que él se había quedado atrás, alrededor de Borde del Firmamento. Treinta, cuarenta años, Thorn, eso es lo que habría tenido que esperar incluso si yo me las hubiera arreglado para meterme en una nave que volviera de inmediato.
—¿Qué clase de terapias de longevidad teníais en Borde del Firmamento?
—Ninguna en absoluto.
—Así que había muchas posibilidades de que tu marido hubiera muerto para cuando volvieras…
—Era soldado. La esperanza de vida en un batallón congelado y descongelado ya era más que escasa. Y además, no había ninguna nave que hiciera el viaje de vuelta. —Khouri se frotó los ojos y suspiró—. Eso fue lo que me dijeron que le pasó. Pero todavía no lo sé con certeza. Podría haber venido conmigo en la misma nave; todo lo demás podría haber sido una mentira.
Thorn asintió.
—Así que tu marido podría seguir vivo, pero en el sistema Yellowstone.
—Sí, suponiendo que llegara allí y suponiendo que no regresara en la siguiente nave que saliera del sistema. Pero incluso en ese caso sería un anciano. Yo me pasé mucho tiempo congelada en Ciudad Abismo antes de venir aquí. Y desde entonces todavía he pasado congelada más tiempo, mientras Ilia y yo esperábamos a los lobos.
Thorn se quedó callado un minuto.
—Así que estás casada con un hombre al que todavía amas, pero al que es muy probable que no vuelvas a ver jamás…
—Ahora entiendes por qué para mí no es fácil —dijo ella.
—Lo entiendo —respondió Thorn en voz baja con algo parecido a un profundo respeto en su tono—. Lo entiendo y lo siento. —Luego le acarició la mano de nuevo—. Pero quizá sea hora de dejar atrás el pasado, Ana. Todos tenemos que hacerlo algún día.
Llevó mucho menos tiempo llegar a Yellowstone de lo que Clavain había esperado. Se preguntó si Zebra lo había drogado o si el fino aire frío de la cabina había hecho que se quedara inconsciente sin casi darse cuenta, pero no parecía haber ninguna brecha en la secuencia de sus pensamientos. El tiempo había pasado muy rápido, así de sencillo. Tres o cuatro veces Manoukhian y Zebra habían hablado en voz baja y con tonos urgentes entre ellos, y poco después Clavain había sentido que la nave cambiaba de vector, era de suponer que para evitar otro enfrentamiento con la Convención. Pero no había habido ninguna sensación tangible de pánico.
Tenía la impresión de que Zebra y Manoukhian consideraban que se debía evitar otro enfrentamiento más por un sentido del decoro o la pulcritud que por una cuestión pragmática de supervivencia. Otra cosa no serían, pero profesionales sí.
La nave giró por encima del Cinturón Oxidado, evitándolo en muchos miles de kilómetros, y luego se acercó en espiral a las capas de nubes de Yellowstone. El planeta se hinchó y llenó cada ventanilla del campo de visión de Clavain. Una piel de gases ionizados de neón rosa fue rodeando la nave a medida que esta surcaba la atmósfera. Clavain sintió que volvía a tener gravedad después de horas de ingravidez. Era, se recordó, la primera gravedad real que había sentido desde hacía años.
—¿Ha visitado Ciudad Abismo con anterioridad, señor Clavain? —le preguntó Zebra cuando la negra nave terminó de insertarse en la atmósfera.
—Una o dos veces —dijo él—. Últimamente no. ¿He de suponer que es allí a donde vamos?
—Sí, pero no puedo decirle el lugar con exactitud. Tendrá que averiguarlo por sí mismo. Manoukhian, ¿puedes mantenerlo estable durante el próximo minuto, aproximadamente?
—Tómate tu tiempo, Zeb.
La mujer se soltó del sillón de aceleración y se inclinó sobre Clavain. Las rayas parecían zonas de pigmentación diferente en lugar de tatuajes o pintura corporal. Zebra abrió con un gesto práctico una taquilla y extrajo sin prisas una caja de color azul metálico del tamaño de un botiquín. La abrió y vaciló con el dedo sobre el contenido, como alguien que dudara sobre una caja de bombones. Luego sacó un mecanismo hipodérmico.
—Voy a dormirlo, señor Clavain. Mientras esté inconsciente le haré unas pruebas neurológicas, solo para verificar que es usted de verdad un combinado. No lo despertaré hasta que hayamos llegado a nuestro destino.
—No es necesario.
—Ya, pero es que sí lo es. Mi jefe se muestra muy protector con sus secretos. Querrá decidir lo que usted ha de saber. —Zebra se inclinó sobre él—. Puedo meterle esto en el cuello, creo, sin sacarlo de ese traje.
Clavain comprendió que no tenía sentido discutir. Cerró los ojos y sintió la punta fina de la hipodérmica pellizcarle la piel. Zebra era buena, de eso no cabía duda. Sintió una segunda oleada de frío cuando la droga chocó contra su torrente sanguíneo.
—Que quiere su jefe de mí —pregunto él.
—No creo que lo sepa todavía, la verdad —dijo Zebra—. Solo siente curiosidad. No puede culparlo por ello, ¿verdad?
Clavain ya había dispuesto que sus implantes neutralizaran el agente que Zebra le había inyectado. Quizá hubiera una ligera pérdida de claridad cuando las medichinas filtraran su sangre (quizá incluso perdiera el conocimiento durante un breve período de tiempo), pero no duraría mucho. Las medichinas combinadas funcionaban bien contra cualquier…
Estaba sentado y erguido en un elegante sillón moldeado con rollos de tosco hierro negro. El sillón estaba anclado a algo tremendamente sólido y antiguo. Se hallaba en suelo planetario, no en la nave de Zebra. El mármol gris azulado que había debajo del sillón tenía unos ribetes fabulosos, vetas y espirales como los flujos de gas de alguna nebulosa interestelar, tan llamativos como imposibles.
—Buenas tardes, señor Clavain. ¿Cómo se encuentra en estos momentos?
Esta vez no era la voz de Zebra. Unas pisadas cruzaron el mármol sin ruido ni prisa. Clavain levantó la cabeza y asimiló un poco más de lo que lo rodeaba.
Lo habían traído a lo que parecía ser un inmenso invernadero o jardín interior. Entre columnas de mármol negro veteado había ventanas divididas por delicados parteluces que se elevaban decenas de metros antes de curvarse para cruzarse sobre su cabeza. Láminas de espalderas trepaban casi hasta la cima de la estructura, enredadas con parras de un vivido color verde. Entre las espalderas había muchas macetas grandes o montículos de tierra que albergaban demasiados tipos de plantas para que Clavain las pudiera identificar, aparte de unos cuantos naranjos y lo que creyó que era una especie de eucalipto. Algo parecido a un sauce se cernía sobre su asiento. El follaje que colgaba de él formaba una fina cortina verde que era lo que bloqueaba su visión en un buen número de direcciones. Escalas y escaleras de caracol proporcionaban acceso a las pasarelas aéreas que se extendían y rodeaban el invernadero. En alguna parte, fuera del campo de visión de Clavain, el agua se filtraba de forma constante, como si manara de una fuente en miniatura. El aire era fresco y limpio más que frío y fino.