El arca de la redención [Redemption Ark - es]
- Автор: Рейнольдс Аластер
- Год: 2006
- Язык: испанский
- Год: La Factor
- ISBN: 84-9800-283-4
- Переводчик: Aitor Solar
- Жанр: Космическая фантастика
Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
En la cámara estanca de la panza había el espacio justo para los tres. Clavain buscó alguna señal en los trajes de sus captores, pero incluso desde muy cerca eran totalmente negros. Las viseras de los cascos estaban tintadas en grado sumo, así que todo lo que discernió fueron ocasionales destellos de los ojos.
Los indicadores de estatus volvieron a cambiar al registrar el retorno de la presión atmosférica. La puerta interior se abrió, también como un iris, y se vio empujado en dirección al cuerpo principal de la siniestra nave. La pareja en traje espacial lo siguió. Cuando estuvieron dentro, sus cascos se soltaron solos y volaron en dirección a los puntos de almacenaje. Quienes lo habían llevado a bordo eran dos hombres que bien podían ser gemelos, idénticos hasta en la nariz rota de cada rostro. Uno de ellos tenía un aro dorado que le atravesaba una ceja, mientras que el otro lo llevaba en el lóbulo de la oreja. Los dos eran calvos, salvo por una línea extraordinariamente estrecha de pelo teñido de verde que bisecaba sus cráneos de la sien a la nuca. Llevaban gafas de cristal anaranjado que les rodeaban la cabeza. En ninguno de los dos aparecía el menor rastro de una boca.
El que tenía el anillo en la ceja indicó a Clavain mediante señas que él también debía quitarse el casco. Clavain negó con la cabeza, pues no estaba dispuesto a hacer algo así hasta asegurarse de que se encontraba rodeado de aire respirable. El hombre se encogió de hombros y echó mano de algo sujeto a la pared. Era un hacha de brillante color amarillo.
Clavain alzó el brazo y comenzó a luchar con el pestillo de seguridad de su traje demarquista. No lograba encontrar el mecanismo para soltarlo. Tras un instante, el hombre de la oreja perforada sacudió la cabeza y apartó a un lado la mano de Clavain. Accionó el pestillo y la suave voz que sonaba en el oído de Clavain se hizo más estridente, más insistente. La mayoría de los indicadores parpadearon en rojo.
El casco se soltó con un soplo de aire. A Clavain se le taponaron los oídos. La presión dentro de aquella nave negra no cumplía ni de lejos el estándar demarquista. Respiró un aire frío y sus pulmones tuvieron que hacer un esfuerzo.
—¿Quién…, quiénes sois? —preguntó, cuando tuvo la energía necesaria para hablar.
El hombre del párpado perforado volvió a colocar el hacha amarilla en la pared y a continuación se pasó un dedo por la garganta. Entonces otra voz, que Clavain no logró reconocer, dijo:
—Hola.
Clavain miró a su alrededor. La tercera persona también llevaba traje espacial, aunque mucho menos voluminoso e incómodo que los que usaban sus compañeros. A pesar de su volumen, la mujer lograba seguir pareciendo delgada y enjuta. Se sostuvo en el aire en medio del marco de la puerta de un mamparo, donde aguardaba serena con la cabeza ligeramente ladeada. Quizá era un efecto de la luz sobre su rostro, pero Clavain creyó ver unas líneas fantasmales de negro desvaído sobre su piel blanca e inmaculada.
—Confío en que los Gemelos Parlanchines lo hayan tratado bien, señor Clavain.
—¿Quién eres? —repitió Clavain.
—Soy Zebra. No es mi nombre auténtico, por supuesto; ese no lo necesita.
—¿Quién eres, Zebra? ¿Por qué habéis hecho esto?
—Porque nos lo ordenaron. ¿Qué esperaba si no?
—No esperaba nada. Trataba… —Se detuvo y esperó hasta recuperar el aliento—. Trataba de desertar.
—Lo sabemos.
—¿Quiénes?
—Muy pronto lo descubrirá. Acompáñeme, señor Clavain. Gemelos, sujetaos y preparaos para alta potencia. La convención se aglomerará como un enjambre de moscas para cuando regresemos a Yellowstone. Va ser un interesante viaje a casa.
—No valgo tanto como para justificar la muerte de personas inocentes.
—Nadie ha muerto, señor Clavain. Los dos escoltas de la convención que fueron destruidos eran remotos, esclavos del tercero. Alcanzamos a este último, pero su piloto no habrá sufrido heridas. Y, eso es palpable, hemos evitado dañar la lanzadera de los zombis. Me pregunto si lo obligaron a salir al espacio.
Clavain la siguió hacia delante, a través del mamparo, hasta alcanzar una zona que servía de cubierta de vuelo. Por lo que Clavain pudo ver, solo había otra persona a bordo, un hombre de aspecto marchito amarrado al puesto del piloto. No llevaba traje y sus viejas manos, moteadas por la edad, agarraban los mandos como ramitas prensiles.
—¿Tú qué crees? —preguntó Clavain.
—Es posible que lo hicieran, pero creo más probable que usted eligiera marchar.
—Ya no importa, ¿verdad? Me tenéis.
El anciano echó un vistazo a Clavain sin mostrar apenas interés.
—¿Inserción normal, Zebra, o tomamos el largo camino a casa?
—Sigue el corredor habitual, Manoukhian, pero estate listo para desviarte. No quiero volver a enfrentarme a la convención.
Manoukhian, si es que ese era en realidad su nombre, asintió y aplicó presión a los mandos de control de asas marfileñas.
—Haz que el invitado se amarre, Zebra. Y tú también.
La mujer a rayas asintió.
—Gemelos, ayudadme a proteger al señor Clavain.
Los dos hombres trasladaron a Clavain, todavía dentro del traje, hasta un sofá de aceleración anatómico. Él les dejó hacer, estaba demasiado débil como para ofrecer más que una resistencia testimonial. Su mente sondeó el entorno cibernético próximo de la nave espacial y, aunque sus implantes detectaron parte del tráfico de datos que atravesaba las redes de control, no había nada en lo que pudiera influir. Las personas también quedaban fuera de su alcance. Ni siquiera creía que alguno de ellos llevara implantes.
—¿Sois los banshees? —preguntó.
—En cierto modo, pero no del todo. Los banshees son un puñado de piratas sanguinarios. Nosotros hacemos las cosas con un poco más de elegancia. Sin embargo, su existencia nos proporciona la cobertura que precisamos para nuestras actividades. ¿Y usted? —Las franjas de su rostro se fruncieron al sonreír—. ¿Es realmente Nevil Clavain, el Carnicero de Tarsis?
—No oirás eso de mi boca.
—Es lo que les contó a los demarquistas. Y a esos chicos de Copenhague. Tenemos espías por todas partes, como verá. No hay mucho que escape a nuestra atención.
—No puedo demostrar que soy Clavain. Pero, ¿por qué debería intentarlo?
—Creo que sí lo es —afirmó Zebra—. Vaya, espero que lo sea. Menudo chasco si fuese un impostor. A mi jefe no le haría nada de gracia.
—¿Tu jefe?
—El hombre con el que estamos camino de reunimos —dijo Zebra.
21
Cuando se encontraron a salvo, lejos de la atmósfera, y la canica de cornalina roja se hubo desvanecido del extremo de alcance del radar de la nave, Khouri se armó de valor para coger uno de los cubos negros que habían quedado allí cuando se fragmentó la masa principal de la maquinaria inhibidora. El cubo estaba espantosamente frío al tacto, y cuando lo soltó dejó atrás dos finas películas de piel desprendida en las caras opuestas del cubo, como huellas dactilares rosadas. Las puntas de sus dedos estaban ahora lisas y en carne viva. Por un momento, la mujer pensó que la piel desprendida quedaría adherida a los lados negros y lisos, pero después de unos segundos las dos láminas de piel se cayeron de modo espontáneo y formaron unas delicadas escamas traslúcidas, como las alas desechadas de un insecto. Los lados negros y fríos del cubo seguían siendo tan despiadados, oscuros e impecables como antes, pero notó que el cubo se estaba encogiendo, una contracción tan extraña e inesperada que su mente interpretó que el cubo se estaba alejando a una distancia imposible. A su alrededor, los otros cubos se hacían eco de la contracción y su tamaño fue disminuyendo a menos de la mitad con cada segundo que pasaba.