Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– ¿Fue entonces cuando decidió detener al acusado?
– Sí, fue a recomendación mía, pero la decisión final la tomó el jefe.
– ¿No estaban asumiendo un gran riesgo al detener a un candidato en plena campaña electoral?
– Sí, por supuesto, y discutí el problema con el jefe. A menudo hemos comprobado a nuestra costa que las primeras veinticuatro horas son las más importantes en cualquier investigación y teníamos un cadáver, dos balas y un testigo del crimen. Consideré que sería una abrogación de mi deber si no detenía al presunto asaltante sencillamente porque tenía amigos muy influyentes.
– Protesto, señoría, es una manifestación de prejuicio -manifestó Fletcher.
– Se acepta -dijo el juez-. Que no conste en la transcripción. -Miró al inspector y añadió-: Por favor, aténgase a los hechos, inspector. Sus opiniones no me interesan en lo más mínimo.
Petrowski asintió en silencio. Fletcher se volvió hacia Nat.
– Esa última declaración me suena a que fue escrita en el despacho del fiscal. -Guardó silencio un momento, miró la hoja que tenía delante y comentó que el testigo había dicho «puntos esenciales», «abrogación» y «asaltante» como si lo hubiera aprendido de memoria-. Petrowski no tendrá la oportunidad de contestarme con respuestas preparadas cuando lo interrogue.
– Muchas gracias, inspector -dijo Ebden-. No tengo más preguntas para el inspector Petrowski, señoría.
– ¿Quiere usted interrogar al testigo? -le preguntó el juez a Fletcher, atento a otra maniobra táctica.
– Sí, por supuesto, señoría. -Fletcher permaneció sentado mientras pasaba una hoja de su libreta-. Inspector Petrowski, le ha dicho usted al jurado que las huellas dactilares de mi cliente estaban en el arma, ¿no es así?
– No solo las huellas dactilares, sino también la huella de la palma en la culata tal como consta en el informe pericial.
– ¿No le ha dicho también al jurado que, de acuerdo con su experiencia, los criminales a menudo intentan dejar pruebas contradictorias con la intención de engañar a la policía?
Petrowski asintió, sin abrir la boca.
– ¿Sí o no, inspector?
– Sí -respondió Petrowski.
– ¿Describiría usted al señor Cartwright como un tonto?
Petrowski vaciló mientras intentaba deducir hacia dónde quería llevarlo Fletcher.
– No, diría que es un hombre muy inteligente.
– ¿Diría usted que dejar las huellas dactilares y de la palma de la mano en el arma homicida son rasgos de un hombre muy inteligente?
– No, pero el señor Cartwright no es un asesino profesional y no piensa como ellos. Los aficionados a menudo se dejan dominar por el pánico y entonces es cuando cometen los errores más tontos.
– ¿Como dejar el arma en el suelo, con sus huellas dactilares, y salir corriendo de la casa sin preocuparse de cerrar la puerta principal?
– Efectivamente. Es algo que no me sorprende, a la vista de las circunstancias.
– Usted dedicó muchas horas a interrogar al señor Cartwright, inspector. ¿Le parece la clase de hombre que se deja dominar por el pánico y se da a la fuga sin más?
– Protesto, señoría -dijo Ebden y se levantó-. ¿Cómo puede el inspector Petrowski responder a esa pregunta?
– Señoría, el inspector Petrowski ha estado más que dispuesto a dar su opinión sobre los hábitos de los asesinos aficionados y los profesionales; por tanto, no veo cómo le puede incomodar responder a la pregunta.
– No se acepta, abogado. Continúe.
Fletcher agradeció la decisión con un gesto, se puso de pie y caminó hasta la tribuna de los testigos, donde se detuvo delante del inspector.
– ¿Había huellas dactilares de alguien más en el arma?
– Sí -manifestó Petrowski, que no pareció en absoluto impresionado por la presencia de Fletcher-. Había huellas parciales del señor Elliot, pero estas están justificadas porque él cogió el arma del cajón para defenderse.
– ¿Las huellas estaban en el arma?
– Sí.
– ¿Verificó usted si había residuos de pólvora debajo de las uñas?
– No -respondió el policía.
– ¿Por qué no? -preguntó Fletcher.
– Porque se necesita tener unos brazos muy largos para dispararse a uno mismo desde una distancia de un metro.
El público se echó a reír y Fletcher esperó a que cesaran las carcajadas.
– Así y todo, bien pudo disparar la primera bala que acabó en el techo.
– También pudo ser la segunda -contraatacó Petrowski.
Fletcher se apartó de la tribuna de los testigos para acercarse al jurado.
– Cuando le tomó declaración a la señora Elliot, ¿cómo iba vestida?
– Llevaba una bata. Explicó que estaba durmiendo cuando oyó el primer disparo.
– Ah, sí, lo recuerdo -manifestó Fletcher antes de dirigirse a su mesa. Recogió una hoja de papel y leyó en voz alta-: «Entonces la señora Elliot oyó el segundo disparo, salió del dormitorio y corrió hasta el rellano».
Petrowski asintió.
– Por favor, responda a la pregunta, inspector, ¿sí o no?
– No recuerdo la pregunta -dijo Petrowski, con tono irritado.
– «Entonces la señora Elliot oyó el segundo disparo, salió del dormitorio y corrió hasta el rellano.»
– Sí, eso fue lo que nos dijo.
– «Se quedó allí y observó cómo el señor Cartwright salía corriendo por la puerta principal.» ¿También esto es correcto? -preguntó Fletcher, que miró directamente al inspector.
– Sí, lo es -contestó Petrowski, con un visible esfuerzo por mantener la calma.
– Inspector, le ha dicho al jurado que entre los profesionales que llamó para ayudarle había un fotógrafo.
– Sí, es la práctica habitual en estos casos; todas las fotos que se tomaron aquella noche han sido presentadas como pruebas.
– Por supuesto -admitió Fletcher. Cogió un sobre de gran tamaño y vació las fotos sobre la mesa. Escogió una y se acercó a la tribuna de los testigos-. ¿Es esta una de las fotos?
Petrowski la observó con mucha atención y después miró el sello en el reverso.
– Sí, así es.
– ¿Puede describírsela al jurado?
– Es una foto de la puerta principal de la casa de los Elliot, tomada desde el camino de entrada.
– ¿Por qué se escogió esta foto en particular para presentarla como prueba?
– Porque demostraba que la puerta estaba abierta cuando el asesino se dio a la fuga. También muestra el largo pasillo que lleva hasta el despacho del señor Elliot.
– Sí, por supuesto, tendría que haberme dado cuenta -comentó Fletcher. Guardó silencio un momento-. ¿La figura acurrucada en el pasillo, es la señora Elliot?
El inspector volvió a mirar la foto.
– Sí, lo es. En aquel momento parecía tranquila, así que decidimos no molestarla.
– Muy considerado de su parte -dijo Fletcher-. Permítame que le haga una última pregunta, inspector. ¿Le dijo usted al fiscal que no llamó a una ambulancia hasta dar por concluida la investigación?
– Así es. El personal de las ambulancias a veces se presenta en la escena del crimen antes de que llegue la policía y tienen fama de contaminar las pruebas.
– ¿Es eso cierto? -replicó Fletcher-. Pero no fue así en esta ocasión, porque usted fue la primera persona en presentarse después de la llamada de la señora Elliot al jefe Culver.
– Sí.
– Una rapidez sorprendente -apuntó Fletcher-. ¿Tiene idea de cuánto tardó en llegar a casa de la señora Elliot en West Hartford?
– Cinco o seis minutos.
– Sin duda no respetó los límites de velocidad para conseguirlo -dijo Fletcher, y sonrió.
– Puse la sirena en marcha, pero como eran las dos de la mañana, apenas había coches.
– Le agradezco la explicación. No haré más preguntas, señoría.
– ¿Adónde quería llegar? -murmuró Nat cuando el abogado se sentó.