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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– ¿Fue entonces cuando decidió detener al acusado?

– Sí, fue a recomendación mía, pero la decisión final la tomó el jefe.

– ¿No estaban asumiendo un gran riesgo al detener a un candidato en plena campaña electoral?

– Sí, por supuesto, y discutí el problema con el jefe. A menudo hemos comprobado a nuestra costa que las primeras veinticuatro horas son las más importantes en cualquier investigación y teníamos un cadáver, dos balas y un testigo del crimen. Consideré que sería una abrogación de mi deber si no detenía al presunto asaltante sencillamente porque tenía amigos muy influyentes.

– Protesto, señoría, es una manifestación de prejuicio -manifestó Fletcher.

– Se acepta -dijo el juez-. Que no conste en la transcripción. -Miró al inspector y añadió-: Por favor, aténgase a los hechos, inspector. Sus opiniones no me interesan en lo más mínimo.

Petrowski asintió en silencio. Fletcher se volvió hacia Nat.

– Esa última declaración me suena a que fue escrita en el despacho del fiscal. -Guardó silencio un momento, miró la hoja que tenía delante y comentó que el testigo había dicho «puntos esenciales», «abrogación» y «asaltante» como si lo hubiera aprendido de memoria-. Petrowski no tendrá la oportunidad de contestarme con respuestas preparadas cuando lo interrogue.

– Muchas gracias, inspector -dijo Ebden-. No tengo más preguntas para el inspector Petrowski, señoría.

– ¿Quiere usted interrogar al testigo? -le preguntó el juez a Fletcher, atento a otra maniobra táctica.

– Sí, por supuesto, señoría. -Fletcher permaneció sentado mientras pasaba una hoja de su libreta-. Inspector Petrowski, le ha dicho usted al jurado que las huellas dactilares de mi cliente estaban en el arma, ¿no es así?

– No solo las huellas dactilares, sino también la huella de la palma en la culata tal como consta en el informe pericial.

– ¿No le ha dicho también al jurado que, de acuerdo con su experiencia, los criminales a menudo intentan dejar pruebas contradictorias con la intención de engañar a la policía?

Petrowski asintió, sin abrir la boca.

– ¿Sí o no, inspector?

– Sí -respondió Petrowski.

– ¿Describiría usted al señor Cartwright como un tonto?

Petrowski vaciló mientras intentaba deducir hacia dónde quería llevarlo Fletcher.

– No, diría que es un hombre muy inteligente.

– ¿Diría usted que dejar las huellas dactilares y de la palma de la mano en el arma homicida son rasgos de un hombre muy inteligente?

– No, pero el señor Cartwright no es un asesino profesional y no piensa como ellos. Los aficionados a menudo se dejan dominar por el pánico y entonces es cuando cometen los errores más tontos.

– ¿Como dejar el arma en el suelo, con sus huellas dactilares, y salir corriendo de la casa sin preocuparse de cerrar la puerta principal?

– Efectivamente. Es algo que no me sorprende, a la vista de las circunstancias.

– Usted dedicó muchas horas a interrogar al señor Cartwright, inspector. ¿Le parece la clase de hombre que se deja dominar por el pánico y se da a la fuga sin más?

– Protesto, señoría -dijo Ebden y se levantó-. ¿Cómo puede el inspector Petrowski responder a esa pregunta?

– Señoría, el inspector Petrowski ha estado más que dispuesto a dar su opinión sobre los hábitos de los asesinos aficionados y los profesionales; por tanto, no veo cómo le puede incomodar responder a la pregunta.

– No se acepta, abogado. Continúe.

Fletcher agradeció la decisión con un gesto, se puso de pie y caminó hasta la tribuna de los testigos, donde se detuvo delante del inspector.

– ¿Había huellas dactilares de alguien más en el arma?

– Sí -manifestó Petrowski, que no pareció en absoluto impresionado por la presencia de Fletcher-. Había huellas parciales del señor Elliot, pero estas están justificadas porque él cogió el arma del cajón para defenderse.

– ¿Las huellas estaban en el arma?

– Sí.

– ¿Verificó usted si había residuos de pólvora debajo de las uñas?

– No -respondió el policía.

– ¿Por qué no? -preguntó Fletcher.

– Porque se necesita tener unos brazos muy largos para dispararse a uno mismo desde una distancia de un metro.

El público se echó a reír y Fletcher esperó a que cesaran las carcajadas.

– Así y todo, bien pudo disparar la primera bala que acabó en el techo.

– También pudo ser la segunda -contraatacó Petrowski.

Fletcher se apartó de la tribuna de los testigos para acercarse al jurado.

– Cuando le tomó declaración a la señora Elliot, ¿cómo iba vestida?

– Llevaba una bata. Explicó que estaba durmiendo cuando oyó el primer disparo.

– Ah, sí, lo recuerdo -manifestó Fletcher antes de dirigirse a su mesa. Recogió una hoja de papel y leyó en voz alta-: «Entonces la señora Elliot oyó el segundo disparo, salió del dormitorio y corrió hasta el rellano».

Petrowski asintió.

– Por favor, responda a la pregunta, inspector, ¿sí o no?

– No recuerdo la pregunta -dijo Petrowski, con tono irritado.

– «Entonces la señora Elliot oyó el segundo disparo, salió del dormitorio y corrió hasta el rellano.»

– Sí, eso fue lo que nos dijo.

– «Se quedó allí y observó cómo el señor Cartwright salía corriendo por la puerta principal.» ¿También esto es correcto? -preguntó Fletcher, que miró directamente al inspector.

– Sí, lo es -contestó Petrowski, con un visible esfuerzo por mantener la calma.

– Inspector, le ha dicho al jurado que entre los profesionales que llamó para ayudarle había un fotógrafo.

– Sí, es la práctica habitual en estos casos; todas las fotos que se tomaron aquella noche han sido presentadas como pruebas.

– Por supuesto -admitió Fletcher. Cogió un sobre de gran tamaño y vació las fotos sobre la mesa. Escogió una y se acercó a la tribuna de los testigos-. ¿Es esta una de las fotos?

Petrowski la observó con mucha atención y después miró el sello en el reverso.

– Sí, así es.

– ¿Puede describírsela al jurado?

– Es una foto de la puerta principal de la casa de los Elliot, tomada desde el camino de entrada.

– ¿Por qué se escogió esta foto en particular para presentarla como prueba?

– Porque demostraba que la puerta estaba abierta cuando el asesino se dio a la fuga. También muestra el largo pasillo que lleva hasta el despacho del señor Elliot.

– Sí, por supuesto, tendría que haberme dado cuenta -comentó Fletcher. Guardó silencio un momento-. ¿La figura acurrucada en el pasillo, es la señora Elliot?

El inspector volvió a mirar la foto.

– Sí, lo es. En aquel momento parecía tranquila, así que decidimos no molestarla.

– Muy considerado de su parte -dijo Fletcher-. Permítame que le haga una última pregunta, inspector. ¿Le dijo usted al fiscal que no llamó a una ambulancia hasta dar por concluida la investigación?

– Así es. El personal de las ambulancias a veces se presenta en la escena del crimen antes de que llegue la policía y tienen fama de contaminar las pruebas.

– ¿Es eso cierto? -replicó Fletcher-. Pero no fue así en esta ocasión, porque usted fue la primera persona en presentarse después de la llamada de la señora Elliot al jefe Culver.

– Sí.

– Una rapidez sorprendente -apuntó Fletcher-. ¿Tiene idea de cuánto tardó en llegar a casa de la señora Elliot en West Hartford?

– Cinco o seis minutos.

– Sin duda no respetó los límites de velocidad para conseguirlo -dijo Fletcher, y sonrió.

– Puse la sirena en marcha, pero como eran las dos de la mañana, apenas había coches.

– Le agradezco la explicación. No haré más preguntas, señoría.

– ¿Adónde quería llegar? -murmuró Nat cuando el abogado se sentó.

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