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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– Señor Ebden, a la vista de la decisión de la defensa, ¿querrá llamar a su primer testigo? -preguntó con tono neutro.

Ebden se levantó; evidentemente había perdido parte de su confianza al descubrir el juego de Fletcher.

– Señoría, creo que a la vista de las circunstancias solicitaré un receso.

– Protesto, señoría -gritó Fletcher, que se levantó de un salto-. El estado ha tenido varios meses para preparar el caso. ¿Hemos de entender que ahora no son capaces de presentar ni a un solo testigo?

– ¿Es ese el caso, señor Ebden? -preguntó el juez-. ¿No puede llamar a su primer testigo?

– Efectivamente, señoría. Nuestro primer testigo es el señor Don Culver, jefe de policía de la ciudad, y no queríamos apartarlo de sus importantes obligaciones hasta que fuese absolutamente necesario.

Fletcher se levantó de nuevo.

– Es absolutamente necesario, señoría. Es el jefe de policía y este es un juicio por asesinato. Por tanto, solicito que el caso sea sobreseído dado que no hay disponible ningún testimonio de la policía para presentar ante este tribunal.

– Buen intento, señor Davenport, pero no colará -replicó el juez-. Señor Ebden, le concedo el receso que ha pedido. El juicio se reanudará inmediatamente después de la hora de la comida; si para ese momento el jefe de policía no está con nosotros, declararé nulo su testimonio.

El fiscal asintió sin poder disimular lo violento que se sentía.

– Todos en pie -anunció el alguacil, cuando el juez Kravats se levantó y consultó el reloj antes de abandonar la sala.

– Creo que hemos ganado el primer asalto -comentó Tom, mientras el fiscal y los suyos se retiraban apresuradamente.

– Es posible -admitió Fletcher-, pero necesitamos algo más que victorias pírricas para triunfar en la batalla final.

Nat detestaba rondar por los pasillos, así que volvió a la mesa de la defensa mucho antes de que acabara el descanso para comer. Miró hacia la mesa de la fiscalía, donde también Richard Ebden estaba en su sitio, y comprendió que no volvería a cometer el mismo error una segunda vez. Sin embargo, ¿había deducido las razones de Fletcher para arriesgar aquella jugada? Fletcher le había explicado durante el receso que, a su juicio, la única manera de ganar el caso consistía en minar el testimonio de Rebecca Elliot; por consiguiente, no podía permitir que se relajara ni un instante. Después de la advertencia del juez, Ebden se vería obligado a tenerla esperando en el pasillo, quizá durante días, antes de ser llamada a declarar.

Fletcher se sentó junto a Nat solo unos segundos antes de que el juez entrara en la sala.

– El jefe Culver está en el pasillo con un humor de mil demonios y la señora Elliot está sentada sola en un rincón, sin nada más que hacer que morderse las uñas. Mi propósito es tenerla esperando durante varios días -añadió cuando el alguacil anunció:

– Todos en pie. Preside el juez Kravats.

– Buenas tardes -dijo el juez y después miró al fiscal-. ¿Tiene un testigo para nosotros, señor Ebden?

– Sí, señoría. El estado llama al jefe de policía Don Culver.

Nat observó mientras Don Culver ocupaba su asiento en la tribuna de los testigos y repetía el juramento. Había algo raro en el jefe de policía y no conseguía averiguar qué era. Entonces vio cómo se curvaban el dedo índice y medio de la mano derecha de Culver y se dio cuenta de que era la primera vez que lo veía sin el puro, que era su marca de fábrica.

– Señor Culver, ¿puede decirle al jurado cuál es el cargo que desempeña?

– Soy el jefe de policía de la ciudad de Hartford.

– ¿Desde cuándo ocupa dicho cargo?

– Hace poco más de catorce años.

– ¿Cuánto tiempo lleva en la policía?

– Treinta y seis años.

– Por tanto, podemos decir que tiene una gran experiencia en los casos de homicidio, ¿no es así?

– Supongo que así es, efectivamente -respondió Culver.

– ¿Ha tenido ocasión de tratar con el acusado?

– Sí, en varias ocasiones.

– Está robándome algunas de mis preguntas -le susurró Fletcher a Nat-, aunque todavía no sé el motivo.

– ¿Tiene usted una opinión formada de él?

– Sí, la tenía, era un ciudadano respetable y cumplidor de la ley, hasta que asesinó…

– Protesto, señoría -dijo Fletcher, que se levantó en el acto-. Le corresponde al jurado decidir quién asesinó al señor Elliot, no al jefe de policía. Aún no vivimos en un estado policial.

– Se acepta -asintió el juez.

– Todo lo que puedo decir -prosiguió Culver- es que hasta el momento de producirse el asesinato, tenía decidido votarle.

Se escucharon algunas risas en la sala.

– Cuando yo haya acabado con Culver -susurró Fletcher-, estoy seguro de que tampoco me votará a mí.

– En ese caso, sin duda tendrá usted alguna duda sobre la posibilidad de que un sobresaliente ciudadano sea capaz de cometer un asesinato.

– Ninguna en absoluto, señor Ebden -respondió Culver-. Los asesinos no son delincuentes del montón.

– ¿Podría explicarnos a qué se refiere, jefe?

– Por supuesto -afirmó Culver-. Los homicidios habituales suelen ser una cuestión doméstica, por lo general dentro del entorno familiar, y a menudo cometidos por alguien que nunca había cometido un crimen antes y que probablemente no lo volverá a hacer nunca más. En cuanto se les detiene, se muestran mucho más dóciles que el vulgar ratero.

– ¿Cree usted que el señor Cartwright entra en esa categoría?

– Protesto -exclamó Fletcher, esta vez sin levantarse-. ¿Cómo puede el jefe Culver saber la respuesta a esa pregunta?

– Porque llevo tratando con criminales desde hace treinta y seis años -replicó Don Culver.

– Que no conste en acta -decidió el juez-. La experiencia puede estar muy bien, pero el jurado solo debe basarse en las pruebas de este caso en particular.

– Muy bien, entonces pasemos a una pregunta que sí trata de las pruebas de este caso en particular -manifestó el fiscal-. ¿Cómo se vio implicado en este caso, jefe Culver?

– Recibí en mi casa una llamada de la señora Elliot en la noche del doce al trece de febrero.

– ¿Le llamó a su casa? ¿Es una amiga personal?

– No, pero todos los candidatos a cargos públicos pueden ponerse en contacto conmigo directamente. A menudo son objeto de amenazas, reales o imaginarias, y no es ningún secreto que el señor Elliot había recibido varias amenazas de muerte desde que se presentó a las elecciones.

– Cuando la señora Elliot lo llamó, ¿tomó usted nota exacta de sus palabras?

– Por supuesto -afirmó el jefe Culver-. Estaba histérica y no dejaba de gritar. Recuerdo que tuve que apartar el auricular; gritaba tanto que despertó a mi esposa. -De nuevo se escucharon algunas risas dispersas y Culver esperó a que se hiciera el silencio-. Escribí sus palabras exactas en una libreta que tengo junto al teléfono.

Abrió la libreta y Fletcher se levantó.

– ¿Es admisible? -preguntó.

– Consta en la lista de documentos aprobados, señoría -señaló Ebden-, como estoy seguro de que sabe el señor Davenport. Ha tenido semanas para considerar si era admisible además de importante.

El juez miró al jefe de policía y le hizo un gesto.

– Prosiga -le dijo mientras Fletcher se sentaba.

– «Le acaban de disparar a mi marido en el despacho, por favor, venga lo antes posible» -leyó el jefe Culver.

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