Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
Nat se dio cuenta de que en cuanto llegaba a casa por la noche, olvidaba todo lo referente al juicio, porque sus pensamientos se centraban exclusivamente en su hijo muerto. Por mucho que intentase hablar de otros temas con Su Ling, también su esposa solo pensaba en Luke.
– Si hubiese compartido mi secreto con Luke -se lamentaba la madre una y otra vez-, quizá ahora estaría con nosotros.
46
El lunes siguiente, después de que el alguacil tomara juramento al jurado, el juez Kravats invitó al fiscal a que hiciera su exposición de apertura.
Richard Ebden se levantó lentamente. Era un hombre alto, elegante, canoso, con la reputación de hechizar a los jurados. El traje azul oscuro era su atuendo habitual para el primer día de los juicios. La camisa blanca y la corbata azul transmitían una sensación de confianza.
El fiscal estaba muy orgulloso de sus éxitos, algo que resultaba un tanto irónico porque era un hombre de familia, religioso y de modales amables, que incluso cantaba como bajo en el coro local. Ebden se levantó de la silla, fue hasta el espacio que quedaba entre la mesa y el estrado del juez y se volvió para mirar al jurado.
– Miembros del jurado -comenzó-, en todos mis años como fiscal, en contadas ocasiones me he encontrado con un caso de homicidio donde no existe ninguna duda de quién fue el autor.
Fletcher se inclinó hacia Nat para susurrarle al oído:
– No se preocupe, es lo que dice siempre. Ahora viene: «Pero a pesar de esto…».
– Pero a pesar de esto, debo exponerles los hechos ocurridos durante la noche del doce al trece de febrero. El señor Cartwright -se volvió sin prisas para mirar al acusado-… participó en un programa de televisión con Ralph Elliot, una figura muy respetada y popular en nuestra comunidad y, quizá todavía más importante, el claro favorito a ganar la nominación republicana, que podría haberle llevado a ser el gobernador de nuestro querido estado. Un hombre que se acercaba a la cumbre de su carrera, a punto de recibir el más absoluto respaldo de un electorado agradecido por sus años de desinteresado servicio a la comunidad. Pero ¿cuál sería su recompensa? Acabó asesinado por su rival político.
»¿Cómo se llegó a esa lamentable tragedia? Al señor Cartwright se le preguntó si su esposa era una inmigrante ilegal, así son las cosas en los debates políticos, una pregunta que debo añadir no se mostró muy dispuesto a responder. ¿Por qué? Porque sabía que era verdad, y que la había mantenido oculta durante veinte años. Después de negarse a responder a la pregunta, ¿qué hace el señor Cartwright a continuación? Intenta descargar las culpas en Ralph Elliot. En cuanto termina el programa, comienza a insultarlo, lo llama embustero, lo acusa de un montaje y, lo que es más significativo, proclama: “Así y todo, acabaré contigo”.
»No confíen en mis palabras para condenar al señor Cartwright, porque están ustedes a punto de comprobar que no se trata de rumores, habladurías o fruto de mi mente, porque toda la conversación entre los dos rivales fue registrada para la posteridad gracias a la televisión. Me hago cargo de que no es un procedimiento habitual, su señoría, pero dadas las circunstancias, desearía que el jurado pudiese ver la grabación.
Ebden hizo un gesto en dirección a su mesa y uno de sus ayudantes apretó un botón.
Durante los doce minutos siguientes, Nat miró la pantalla que habían instalado delante de los miembros del jurado y recordó con profundo remordimiento su terrible enfado. En cuanto acabó la proyección del vídeo, Ebden continuó con su exposición.
– No obstante, sigue siendo responsabilidad del estado demostrar qué ocurrió después de que este hombre furioso y vengativo se marchara del estudio de televisión. -Ebden bajó la voz-. Regresó a su casa y descubrió que su hijo, su único hijo, se había suicidado. Todos nosotros podemos comprender muy bien los efectos que semejante tragedia puede tener en un padre. Resultó ser, miembros del jurado, que esa trágica muerte puso en marcha una cadena de acontecimientos que acabaron con el asesinato a sangre fría de Ralph Elliot. Cartwright le dijo a su esposa que, después de ir al hospital, regresaría inmediatamente a casa, pero no tenía la intención de hacerlo, porque ya había planeado dirigirse antes a la casa del señor y la señora Elliot. ¿Cuál pudo haber sido la razón para esa intempestiva visita nocturna a las dos de la mañana? Solo podía haber un propósito: el de retirar para siempre a Ralph Elliot de la carrera por la candidatura a gobernador. Lamentablemente para su familia y nuestro estado, el señor Cartwright tuvo éxito en su misión.
»Se presentó sin ser invitado en la casa de la familia Elliot a las dos de la mañana. El propio señor Elliot, que se encontraba en su despacho ocupado en redactar su discurso de aceptación, le abrió la puerta. El señor Cartwright irrumpió en la casa y le asestó un puñetazo en la nariz al señor Elliot, que a punto estuvo de derribarlo. El señor Elliot se recuperó a tiempo de ver que su adversario pretendía seguir con el ataque y echó a correr hacia su despacho, donde cogió un arma que guardaba en el cajón de su escritorio. Se volvió en el instante en que Cartwright saltaba sobre él y le arrebataba el arma, con lo que privó así al señor Elliot de toda defensa. Cartwright empuñó el arma, apuntó a su víctima, tumbada en el suelo, y le descerrajó un tiro que le atravesó el corazón. Luego efectuó un segundo disparo contra el techo para simular que se había producido un forcejeo. Muerto su rival, Cartwright dejó caer el arma, salió de la casa por la puerta principal que seguía abierta, subió a su coche y regresó rápidamente a su casa. Sin que lo supiera, había dejado atrás a un testigo de todo lo ocurrido: la esposa de la víctima, la señora Rebecca Elliot. En el momento en que se oyó el primer disparo, la señora Elliot salió de su dormitorio en el primer piso para asomarse por encima de la balaustrada del rellano e instantes después de escuchar la segunda detonación, vio horrorizada cómo Cartwright escapaba del domicilio. De la misma manera que las cámaras de televisión registraron todos los detalles del programa, la señora Elliot les describirá a ustedes con la misma precisión todos los detalles de lo que ocurrió la noche de autos.
El fiscal desvió la mirada del jurado para mirar directamente a Fletcher.
– Dentro de unos momentos, el abogado defensor se levantará de la silla y, con todo su encanto y oratoria, intentará que ustedes lloren mientras hace todo lo posible por cambiar la realidad de lo sucedido. Pero lo que no podrá cambiar es el cadáver de un hombre inocente, asesinado a sangre fría por su adversario político. Tampoco podrá cambiar sus palabras registradas por las cámaras de televisión: «Así y todo, acabaré contigo». Lo que no podrá borrar es la existencia de un testigo del asesinato, la viuda del señor Elliot, Rebecca.
Ebden miró entonces a Nat.
– Puedo comprender que sientan cierta compasión por este hombre, pero después de que escuchen todos los testimonios y vean todas las pruebas, creo que ninguno de ustedes tendrá la más mínima duda de la culpabilidad del señor Cartwright, por lo que no tendrán más alternativa que cumplir con su deber con el estado y la sociedad y declararlo culpable.
Un silencio siniestro reinó en la sala cuando Richard Ebden volvió a su mesa. Varias cabezas asintieron, incluso una o dos entre los miembros del jurado. El juez Kravats escribió una nota en el papel que tenía delante y a continuación miró hacia la mesa de la defensa.
– ¿Va usted a responder, abogado? -preguntó, sin preocuparse en disimular el tono irónico en su voz.
Fletcher se puso de pie y le respondió sin vacilar:
– No, muchas gracias, señoría. La defensa no tiene la intención de hacer una exposición inicial.
Nat y Fletcher permanecieron sentados, en silencio, y con la mirada al frente, en medio del tumulto que se desató en la sala. El juez golpeó insistentemente con su mazo, dispuesto a imponer orden y continuar con la sesión. Fletcher miró de reojo hacia la mesa de la fiscalía y vio cómo Richard Ebden mantenía una intensa discusión con los otros miembros de su equipo. El juez procuró disimular una sonrisa en cuanto advirtió la astuta maniobra táctica que había realizado el abogado defensor y que había conseguido desorientar al fiscal y a su gente. Miró una vez más al fiscal.