Juego Del Destino
- Автор: Арчер Джеффри
- Язык: испанский
- Жанр: Современная русская и зарубежная проза
Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:
– Sí, lo hice -contestó Rebecca con un tono todavía más retador.
– Luego, cuando la despertó la detonación, comprobó la hora que era en el reloj despertador que tiene en la mesilla de noche en su lado de la cama.
– Sí, eran las dos pasadas.
– ¿No lleva un reloj de pulsera cuando se acuesta?
– No, guardo todas mis alhajas en una pequeña caja de seguridad que Ralph mandó instalar en el dormitorio. Se han producido muchos robos en aquella zona en los últimos meses.
– Una sabia medida de precaución por su parte. ¿Todavía cree que la despertó el primer disparo?
– Sí, estoy segura de que fue el primero.
– ¿Cuánto tiempo transcurrió entre el primer disparo y el segundo, señora Elliot? -Rebecca pareció pensárselo-. Tómese su tiempo, señora Elliot, porque no quiero que cometa un error que, como en muchas otras de sus declaraciones, necesite ser corregido posteriormente.
– Protesto, señoría, la testigo no…
– Sí, sí, señor Ebden, se acepta. Ese último comentario no constará en acta. -El juez miró a Fletcher-. Limítese al interrogatorio, señor Davenport.
– Lo intentaré, señoría -prometió Fletcher, pero su mirada no se desvió ni un segundo del jurado para asegurarse de que no se borraría de su mente-. ¿Ha tenido tiempo suficiente para meditar su respuesta, señora Elliot? -Esperó unos segundos antes de repetir-: ¿Cuánto tiempo transcurrió entre el primer disparo y el segundo?
– Tres, posiblemente cuatro minutos -le respondió la viuda.
Fletcher le sonrió al fiscal; acto seguido, se acercó a la mesa, recogió el cronómetro y se lo guardó en el bolsillo.
– Cuando oyó el primer disparo, señora Elliot, ¿por qué no llamó a la policía inmediatamente? ¿Por qué esperó tres o cuatro minutos, hasta que oyó el segundo disparo?
– Porque en primer lugar no estaba absolutamente segura de haberlo oído en realidad. No olvide que llevaba rato dormida.
– No lo olvido, pero usted abrió la puerta de su dormitorio y se horrorizó al escuchar que el señor Cartwright le gritaba a su marido y le amenazaba con matarlo, así que usted debió de creer que Ralph se enfrentaba a un grave peligro. En ese caso, ¿por qué no cerró la puerta y llamó a la policía inmediatamente desde el dormitorio? -Rebecca miró a Richard Ebden-. No, señora Elliot, el señor Ebden no puede ayudarla esta vez, porque no se esperaba la pregunta, cosa que, para ser justos -apuntó Fletcher-, no es culpa suya, porque usted solo le contó la mitad de la historia.
– Protesto -gritó Ebden, que se levantó como impulsado por un resorte.
– Se acepta -dijo el juez-. Señor Davenport, limítese a interrogar a la señora Elliot y no opine. Este es un tribunal de justicia, no la cámara del Senado.
– Mis disculpas, señoría, pero en esta ocasión sé la respuesta. La razón por la cual la señora Elliot no llamó a la policía fue porque supuso que había sido su marido quien había hecho el primer disparo.
– Protesto -gritó Ebden de nuevo y volvió a levantarse con brusquedad.
Al mismo tiempo, algunas personas del público comenzaron a hablar a la vez. Pasaron unos minutos antes de que el juez consiguiera imponer orden.
– No, no -negó Rebecca-. Por la manera que Nat le gritaba a Ralph estaba segura de que él había hecho el primer disparo.
– En ese caso, se lo volveré a preguntar. ¿Por qué no llamó a la policía inmediatamente? -Fletcher la miró-. ¿Por qué esperó tres o cuatro minutos hasta escuchar el segundo disparo?
– Todo ocurrió tan deprisa, que sencillamente no tuve tiempo.
– ¿Cuál es su novela preferida, señora Elliot? -preguntó Fletcher en voz baja.
– Protesto, señoría. ¿Qué importancia puede tener eso?
– No se acepta. Tengo la impresión de que nos lo van a decir, señor Ebden.
– Efectivamente, señoría -afirmó Fletcher, sin desviar la mirada de la testigo-. Señora Elliot, le aseguro que la pregunta no encierra ninguna trampa. Sencillamente, quiero que le diga al jurado cuál es su novela preferida.
– No estoy muy segura de tener alguna -contestó la viuda-. Mi autor preferido es Hemingway.
– También es el mío -dijo Fletcher, y cogió el cronómetro. Miró al juez y le preguntó-: Señoría, ¿tengo su permiso para abandonar momentáneamente la sala?
– ¿Cuál es el motivo, señor Davenport?
– Demostrar que mi cliente no efectuó el primer disparo.
– Brevemente, señor Davenport -manifestó el juez.
Fletcher puso el cronómetro en marcha, se lo guardó en el bolsillo, se dirigió por el pasillo hasta la puerta y salió de la sala.
– Señoría -dijo el fiscal, que se levantó en el acto-, protesto. El señor Davenport quiere convertir este juicio en un circo.
– Si resulta ser ese el caso, señor Ebden, censuraré severamente al señor Davenport en cuanto regrese.
– Señoría, ¿es esa una conducta justa para con la señora Elliot?
– Creo que sí, señor Ebden. Tal como el señor Davenport le recordó al jurado, su cliente se enfrenta a la pena de muerte, basada exclusivamente en la declaración de su principal testigo.
El fiscal volvió a sentarse y comenzó a consultar con su equipo, mientras se generalizaba la conversación entre el público. El juez comenzó a dar golpecitos con un lápiz y, de vez en cuando, echaba una ojeada al reloj colocado encima de la puerta.
Richard Ebden se levantó de nuevo y el juez pidió orden en la sala.
– Señoría, solicito que la señora Elliot pueda retirarse de la tribuna y que no responda a nuevas preguntas sobre la base de que el abogado defensor no puede continuar interrogándola, dado que se ha marchado de la sala sin dar más explicaciones.
– Aprobaré su petición, señor Ebden -el fiscal pareció encantado-, si el señor Davenport no consigue regresar en menos de cuatro minutos. -El juez le sonrió al señor Ebden, en la suposición de que ambos comprendían el significado de su decisión.
– Señoría, debo… -insistió el fiscal, pero se interrumpió al ver que se abría la puerta.
Fletcher entró en la sala y se dirigió directamente a la tribuna donde esperaba la testigo. Le entregó un ejemplar de Por quién doblan las campanas a la señora Elliot, antes de volverse hacia el juez.
– Señoría, ¿querría el tribunal comprobar el tiempo que he estado ausente? -preguntó, al tiempo que le daba el cronómetro al magistrado.
El juez Kravats paró el reloj y miró el tiempo que marcaban las agujas.
– Tres minutos y cuarenta y nueve segundos.
Fletcher volvió a dirigirse a la testigo de la acusación.
– Señora Elliot, he tenido tiempo suficiente para salir del edificio, ir hasta la biblioteca pública al otro lado de la calle, encontrar el estante de Hemingway, retirar un libro con mi tarjeta de socio y estar de regreso en esta sala con un margen de once segundos. Pero usted no tuvo tiempo para ir desde el rellano a su dormitorio, marcar el novecientos once y pedir ayuda cuando creía que su marido estaba en peligro mortal. La razón para que no lo hiciera es que ya sabía que su marido había disparado el primer tiro y tenía miedo de lo que pudiera haber hecho.
– Pero incluso si lo hubiese pensado -replicó Rebecca, sin preocuparse ya de mantener la compostura-, es solo la segunda bala la que importa, la que mató a Ralph. ¿Quizá ha olvidado que la primera bala acabó en el techo, o es que ahora insinúa que mi marido se mató a él mismo?
– No, en absoluto -manifestó Fletcher-; solo deseo que ahora le diga al jurado qué hizo cuando oyó el segundo disparo.
– Fui al rellano y vi al señor Cartwright que salía corriendo de la casa.
– ¿Y él no la vio a usted?
– No, solo miró un segundo en mi dirección.
– Creo que no fue así, señora Elliot. Creo que usted lo vio claramente cuando pasó por su lado sin hacerle caso en el pasillo.