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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– No pudo pasar por mi lado en el pasillo porque yo me encontraba en el rellano.

– Estoy de acuerdo en que pudo haberla visto si usted hubiese estado en el rellano -admitió Fletcher mientras volvía a la mesa y seleccionaba una fotografía; acto seguido, volvió junto a la tribuna de los testigos. Le entregó la foto a la mujer-. Como verá por esta foto, señora Elliot, no se puede ver desde el rellano a nadie que salga del despacho de su marido, camine por el pasillo y abandone la casa por la puerta principal. -Hizo una pausa para que los jurados captaran el significado de esta afirmación-. No, la verdad es, señora Elliot, que usted no se encontraba en el rellano, sino en el vestíbulo cuando el señor Cartwright salió del despacho de su marido, y si quiere que le solicite al juez un receso para que el jurado pueda visitar su casa y comprobar la veracidad de su declaración, estaré encantado de hacerlo.

– Bueno, quizá había bajado algunos escalones.

– Usted ni siquiera estaba en las escaleras, señora Elliot, ni tampoco vestía, como también declaró, una bata, sino el vestido azul que llevaba en la recepción a la que había asistido unas horas antes, que fue el motivo para que no viera el debate.

– Llevaba puesta una bata, hay una foto mía para probarlo.

– Desde luego que la hay -asintió Fletcher, que de nuevo se acercó a la mesa para buscar la fotografía mencionada-, y me complace presentarla como prueba; está marcada con el número ciento veintidós, señoría.

El juez, el equipo de la fiscalía y el jurado comenzaron a buscar en sus carpetas mientras Fletcher le entregaba su copia a la señora Elliot.

– Ya lo ve -dijo la mujer-, es tal como le dije. Estoy sentada en el vestíbulo con la bata.

– Por supuesto, señora Elliot; la foto fue tomada por el fotógrafo de la policía y nosotros hemos procedido a ampliarla para ver todos los detalles con mayor claridad. Señoría, solicito que se considere esta fotografía ampliada parte de las pruebas.

– Protesto, señoría -intervino Ebden, que se levantó en el acto-. No hemos tenido la oportunidad de ver antes esa fotografía.

– Es una prueba de la fiscalía, señor Ebden, y ha estado en su posesión desde hace semanas -le recordó el juez-. No se admite la protesta.

– Por favor, observe la fotografía cuidadosamente -dijo Fletcher mientras se apartaba de la señora Elliot y le entregaba al fiscal una copia de la fotografía ampliada. Un funcionario le entregó una a cada miembro del jurado. Fletcher volvió a mirar a Rebecca-. Por favor, dígales al jurado qué ve.

– Es una foto mía sentada en el vestíbulo vestida con la bata.

– Lo es, pero ¿qué lleva en la muñeca izquierda y alrededor del cuello? -preguntó Fletcher, antes de volverse hacia el jurado, cuyos miembros observaban en esos momentos la fotografía atentamente.

El rostro de Rebecca se quedó sin sangre.

– Creo que lleva usted su reloj de pulsera y el collar de perlas -prosiguió Fletcher como respuesta a su propia pregunta-. ¿Lo recuerda? -Guardó silencio unos instantes-. ¿Los objetos que siempre guarda en la caja de caudales antes de irse a la cama porque se han cometido muchos robos en aquella zona en los últimos meses? -El abogado se volvió para mirar al jefe Culver y al inspector Petrowski, que estaban sentados en la primera fila-. Como el inspector Petrowski nos recordó a todos, son los pequeños errores los que siempre desenmascaran al aficionado. -Entonces se giró para mirar directamente a Rebecca antes de añadir-: Quizá se olvidó de quitarse el reloj y el collar, pero puedo decirle que hay algo que no olvidó quitarse: su vestido. -Fletcher apoyó las manos en la barandilla del estrado de los jurados antes de manifestar con voz pausada y sin expresión-: Porque no se lo quitó hasta después de haber matado a su marido.

Fueron muchos los espectadores que se levantaron a la vez y el juez comenzó a dar golpes con el mazo hasta conseguir que se restaurara el orden.

– Protesto -gritó el fiscal-. ¿Cómo puede la presencia del reloj de pulsera demostrar que la señora Elliot asesinó a su marido?

– Estoy de acuerdo con usted, señor Ebden -manifestó el juez, que a continuación miró a Fletcher y añadió-: Es una deducción un tanto fantástica, abogado.

– Será un placer para mí explicárselo punto por punto al señor fiscal, señoría. -El juez asintió-. Cuando el señor Cartwright llegó a la casa, oyó la discusión que mantenían el señor y la señora Elliot y, después de llamar, fue el señor Elliot quien le abrió, mientras que la señora Elliot desaparecía de la vista. Estoy dispuesto a aceptar que ella corrió escaleras arriba para así poder escuchar lo que se decía sin ser observada, pero en el momento que se efectuó el primer disparo, bajó al pasillo y oyó la violenta discusión entre su marido y mi cliente. Tres o cuatro minutos más tarde, el señor Cartwright salió tranquilamente del despacho y pasó junto a la señora Elliot en el pasillo, antes de abrir la puerta principal. Volvió la cabeza para mirar a la señora Elliot, cosa que explica que más tarde pudiera decir, en respuesta a las preguntas de la policía, que llevaba un vestido azul escotado y un collar de perlas alrededor del cuello. Si los miembros del jurado observan la fotografía de la señora Elliot, y yo no estoy equivocado, verán que lleva el mismo collar de perlas que luce ahora. -Rebecca acercó una mano al collar en un movimiento involuntario mientras Fletcher añadía-: No tenemos por qué basarnos exclusivamente en las palabras de mi cliente, cuando disponemos de su propia declaración, señora Elliot. -Buscó la página correspondiente y leyó-: «Lo primero que vi fue a mi marido tumbado en el rincón más alejado, con un hilo de sangre que le resbalaba de la boca, así que sin perder ni un segundo cogí el teléfono y llamé al jefe Culver a su casa».

– Sí, eso fue exactamente lo que hice -gritó Rebecca.

Fletcher esperó unos segundos antes de volverse hacia el jurado.

– Si yo me encuentro a mi esposa tumbada en un rincón, con un hilo de sangre que le resbala de la boca, lo primero que haría sería comprobar si todavía está viva y si lo está, llamaría a una ambulancia. A usted no se le ocurrió en ningún momento llamar a una ambulancia, señora Elliot. ¿Por qué? Porque ya sabía que su marido estaba muerto.

Una vez más, se oyó en la sala un coro de voces y los reporteros que no eran lo bastante mayores como para saber taquigrafía tuvieron que emplearse a fondo para registrar todas y cada una de las palabras.

– Señora Elliot -continuó Fletcher, cuando el juez impuso orden en la sala-, permítame que repita las palabras que dijo hace solo unos momentos en respuesta a una de las preguntas del fiscal. -Se acercó a la mesa, cogió una de las libretas y comenzó a leer-: «De pronto sentí mucho frío y ganas de vomitar; por un momento, creí que iba a perder el conocimiento. Salí a duras penas del despacho y me desplomé en el pasillo». -Fletcher arrojó la libreta sobre la mesa, miró a la viuda y añadió-: Aún no se había molestado en comprobar si su marido continuaba con vida, pero no necesitaba hacerlo porque ya sabía que estaba muerto; después de todo, era usted quien lo había matado.

– Si es así, ¿por qué no encontraron residuos de pólvora en mi bata? -gritó Rebecca para hacerse oír por encima de los golpes que daba el juez con el mazo.

– Porque cuando usted le disparó a su marido, señora Elliot, no llevaba puesta la bata sino el mismo vestido azul que había llevado en la recepción. Hasta después de matar a Ralph no corrió escaleras arriba para quitarse el vestido y ponerse el camisón y la bata. Desafortunadamente para usted, el inspector Petrowski puso en marcha la sirena de su coche, se saltó los límites de velocidad y consiguió aparecer en la casa seis minutos más tarde; ese fue el motivo por el que corrió escaleras abajo, sin recordar que debía quitarse el reloj y el collar. Para colmo y más condenatorio todavía, no tuvo tiempo para cerrar la puerta principal. Si, como usted afirma, el señor Cartwright mató a su marido y huyó después de la casa, lo primero que debía haber hecho usted era cerrarla para que no tuviera la oportunidad de hacerle ningún daño. Pero el inspector Petrowski, concienzudo como es, llegó antes de lo que usted esperaba, e incluso comentó su sorpresa al encontrarse con la puerta abierta. Los aficionados se asustan y es entonces cuando cometen errores tontos -repitió en voz muy baja-. Pero la verdad es que en cuanto el señor Cartwright pasó por su lado en el pasillo, usted corrió al despacho, cogió el arma y se dio cuenta de que tenía la oportunidad perfecta para librarse de su marido, al que despreciaba desde hacía años. El disparo que el señor Cartwright escuchó cuando ya estaba en el coche y se alejaba fue efectivamente el que mató a su marido, pero no fue el señor Cartwright quien apretó el gatillo, sino usted. Lo único que hizo el señor Cartwright fue servirle en bandeja la coartada perfecta y una solución a todos sus problemas. -Fletcher se calló unos instantes y, al tiempo que se apartaba del jurado, puntualizó-: Si tan solo hubiese recordado quitarse el reloj y el collar de perlas antes de bajar las escaleras, cerrar la puerta y luego llamar para que enviaran una ambulancia, en vez de telefonear al jefe de policía, hubiese cometido el crimen perfecto y mi cliente se enfrentaría ahora a la pena de muerte.

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