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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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– ¿Qué hizo a continuación?

– De pronto sentí mucho frío y ganas de vomitar; por un momento, creí que iba a perder el conocimiento. Salí a duras penas del despacho y me desplomé en el pasillo. Lo siguiente que recuerdo es una sirena de la policía a lo lejos y un par de minutos después alguien que entró a la carrera por la puerta abierta. El policía se arrodilló a mi lado y dijo que era el inspector Petrowski. Uno de sus agentes me preparó una taza de café. Luego me pidió que le relatara lo ocurrido. Le dije todo lo que recordaba, pero mucho me temo que no fui muy coherente. Recuerdo que le señalé el despacho de Ralph.

– ¿Recuerda usted qué pasó después?

– Sí, unos minutos más tarde escuché otra sirena y entonces llegó el jefe Culver. El señor Culver estuvo mucho tiempo con el inspector Petrowski en el despacho de mi marido. Después se reunió conmigo y me pidió que le repitiera mi relato. Después de eso ya no permaneció en casa mucho más, pero le vi enfrascado en una conversación con el inspector antes de marcharse. Hasta la mañana siguiente no me enteré de que habían detenido al señor Cartwright y le habían acusado de asesinar a mi marido. -Rebecca se echó a llorar como una Magdalena.

– El detalle final en el momento preciso -comentó Fletcher por lo bajo mientras el fiscal sacaba un pañuelo y se lo ofrecía a la aparentemente desconsolada viuda-. Me pregunto cuántas horas habrán dedicado a ensayarlo -añadió con la mirada puesta en el jurado; vio que una de las mujeres de la segunda fila también lloraba.

– Lamento mucho haberle hecho pasar por esta prueba, señora Elliot -se disculpó el fiscal, y después de una pausa teatral dijo-: ¿Quiere que solicite un breve receso para que pueda recuperarse?

Fletcher se ahorró la protesta. Sabía cuál sería la respuesta, a la vista de que no se apartaban ni una letra del guión que habían preparado.

– No, en un momento estaré bien -respondió Rebecca-. Prefiero acabar con esto cuanto antes.

– Sí, por supuesto, señora Elliot. -Ebden miró al juez-. No tengo más preguntas para este testigo, señoría.

– Muchas gracias, señor Ebden -respondió el magistrado-. Su testigo, señor Davenport.

– Muchas gracias, señoría. -Fletcher sacó un cronómetro del bolsillo y lo dejó sobre la mesa. Luego se levantó pausadamente. Notaba las miradas del público como agujas que se clavaban en su nuca. ¿Cómo podía tener el atrevimiento de interrogar a esa indefensa y santa mujer? Se acercó a la tribuna de los testigos y permaneció callado durante unos segundos-. Intentaré no retenerla más tiempo del absolutamente necesario, señora Elliot, a la vista del sufrimiento que acaba de pasar -manifestó con tono compasivo-. No obstante, debo hacerle un par de preguntas, dado que mi cliente se enfrenta a una condena a muerte, basada casi exclusivamente en su testimonio.

– Sí, por supuesto -replicó Rebecca, que intentó simular un tono valiente al tiempo que se enjugaba una última lágrima.

– Le ha dicho al jurado, señora Elliot, que tenía una relación muy buena con su marido.

– Sí, nos queríamos mucho.

– ¿De verdad? -Fletcher volvió a callarse unos instantes-. ¿La única razón para que no asistiera al debate de aquella noche fue porque el señor Elliot le había pedido que permaneciera en casa y apuntara sus observaciones sobre su intervención y así poder discutirlas más tarde?

– Sí, así es.

– Comprendo su dedicación -prosiguió Fletcher-, pero me intriga saber por qué no acompañó a su marido en ninguno de sus actos públicos durante el mes anterior. -Otra pausa-. De día o de noche.

– Lo hice. Estoy segura -respondió Rebecca-. En cualquier caso debe recordar que mi principal tarea era ocuparme de la casa, y hacerle la vida lo más fácil posible a Ralph, después de las muchas horas dedicadas a la campaña.

– ¿Conserva dichas notas?

La señora Elliot vaciló.

– No, una vez que las discutíamos, se las daba a Ralph.

– En esta ocasión, le dijo al jurado que tenía sus propias opiniones respecto a determinados temas.

– Sí, así es.

– ¿Puedo preguntarle cuáles eran esos temas, señora Elliot?

Rebecca volvió a titubear.

– No los recuerdo exactamente. -Guardó silencio un momento-. Han pasado varios meses.

– Sin embargo, fue el único acto público que le interesó durante toda su campaña, señora Elliot, así que cualquiera creería que al menos podría recordar uno o dos de esos temas que le preocupaban. Después de todo, su marido quería ser gobernador y usted, por decirlo de alguna manera, primera dama.

– Sí, no, sí. Creo que la salud pública.

– Entonces tendrá que volver a intentarlo, señora Elliot -señaló Fletcher mientras se acercaba a su mesa y recogía uno de los blocs de notas-. Yo también seguí el debate con algo más que un interés pasajero y me sorprendió un tanto ver que no se planteaba el tema de la salud pública. Quizá quiera reconsiderar la última respuesta, dado que tengo un registro detallado de todos los temas que se debatieron aquella noche.

– Protesto, señoría. El abogado de la defensa no está aquí como testigo.

– Se acepta. Limítese al interrogatorio, abogado.

– Sin embargo, sí que había algo que le interesó mucho, ¿no es así, señora Elliot? -continuó Fletcher-. El intempestivo ataque a su marido cuando el señor Cartwright dijo por televisión: «Así y todo, acabaré contigo».

– Sí, fue terrible que dijera eso cuando lo veía todo el mundo.

– Pero no lo estaba viendo todo el mundo, señora Elliot, de lo contrario yo lo hubiese visto. No se dijo hasta después de finalizado el programa.

– Entonces tuvo que decírmelo mi marido durante la cena.

– No lo creo, señora Elliot. Sospecho que usted ni siquiera vio el programa, de la misma manera que nunca asistió a ninguno de sus mítines.

– Sí que lo hice.

– Así pues, quizá pueda decirle al jurado dónde se celebró cualquiera de los mítines a los que asistió durante la larga campaña de su marido, señora Elliot.

– ¿Cómo puede suponer que podría recordarlo cuando la campaña de Ralph comenzó hace más de un año?

– Me conformaré con uno solo -dijo Fletcher con la mirada puesta en el jurado.

Rebecca estalló en un sentido llanto, pero esta vez no era el momento más oportuno y no había nadie para ofrecerle un pañuelo.

– Ahora consideremos las palabras: «Así y todo, acabaré contigo», dichas una vez finalizado el programa la noche antes de las elecciones. -Fletcher continuó mirando al jurado-. El señor Cartwright no dijo: «Te mataré», algo que podría ser condenatorio; lo que dijo fue: «Así y todo, acabaré contigo», y todos los presentes dieron por hecho que se refería a las elecciones que se celebrarían al día siguiente.

– Mató a mi marido -gritó la señora Elliot, que levantó la voz por primera vez.

– Todavía quedan algunas preguntas que requieren una respuesta antes de que llegue a quién mató a su marido, señora Elliot. Pero primero permítame volver a los acontecimientos de aquella noche. Después de ver un programa que no recuerda y cenar con su marido para discutir en detalle temas que no recuerda, usted se fue a la cama mientras su marido iba a su despacho para dar los últimos retoques a su discurso como candidato vencedor.

– Sí, eso fue exactamente lo que pasó -afirmó Rebecca, que miró a Fletcher con una expresión desafiante.

– No obstante, y a la vista de que las encuestas de intención de voto lo situaban en clara desventaja, ¿por qué perder el tiempo con un discurso que nunca llegaría a pronunciar?

– Estaba absolutamente convencido de la victoria, especialmente después del estallido del señor Cartwright, y…

– ¿Y? -repitió Fletcher, pero Rebecca se mantuvo en silencio-. Entonces quizá ustedes dos sabían algo que el resto de nosotros ignoramos, pero llegaré a ese punto dentro de unos momentos. Dijo que se fue a la cama sobre la medianoche.

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