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Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
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Se desató un tumulto cuando todos en la sala comenzaron a hablar al mismo tiempo. El fiscal se levantó en el acto.

– Protesto, señoría -dijo a viva voz-. No es a la señora Elliot a quien se juzga.

No obstante, no consiguió hacerse oír por encima del estruendo de los golpes que el juez daba con el mazo mientras Fletcher volvía a su mesa. Cuando el juez consiguió restablecer una apariencia de orden en la sala, Fletcher solo añadió:

– No hay más preguntas, señoría.

– ¿Tiene alguna prueba? -le susurró Nat cuando su abogado se sentó.

– Muy pocas -admitió Fletcher-, pero de una cosa estoy seguro. Si la señora Elliot asesinó a su marido, no conseguirá dormir mucho desde ahora hasta que se siente a declarar. En cuanto a Ebden, dedicará algunos días a preguntarse si sabemos algo que él no sepa.

Fletcher le sonrió al jefe Culver cuando este abandonó la tribuna de los testigos, pero la única respuesta que recibió fue un gesto desabrido.

El juez miró a los dos abogados.

– Creo que es suficiente por hoy, caballeros -les dijo-. Nos volveremos a reunir mañana por la mañana a las diez; entonces el señor Ebden podrá llamar a su siguiente testigo.

– Todos en pie.

47

A la mañana siguiente, cuando el juez entró en la sala, solo el cambio de la corbata daba una pista de que había salido del edificio en algún momento. Nat se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de que también las corbatas comenzaran a repetirse por segunda o tercera vez.

– Buenos días -saludó el juez Kravats mientras ocupaba su sitio en el estrado y miraba a la nutrida concurrencia como si fuese un paternal predicador a punto de dirigirse a sus feligreses-. Señor Ebden, puede llamar al siguiente testigo.

– Muchas gracias, señoría. Llamo a declarar al inspector Petrowski.

Fletcher observó atentamente al inspector cuando este se dirigió a la tribuna de los testigos. Levantó la mano derecha y prestó juramento. Petrowski había pasado por los pelos la talla exigida por la policía para su ingreso en el cuerpo. Su traje muy prieto indicaba más el físico de un luchador que el de alguien con sobrepeso. Tenía la mandíbula cuadrada y los ojos pequeños; las comisuras de los labios se inclinaban ligeramente hacia abajo y transmitían la impresión de que era una persona poco dada a sonreír. Uno de los miembros del equipo de Fletcher había averiguado que el nombre de Petrowski circulaba como el más firme candidato a suceder a Don Culver cuando el jefe de policía se retirara. Tenía fama de trabajar siempre de acuerdo con las normas, pero detestaba el papeleo y prefería por encima de todo presentarse en la escena del crimen a estar sentado en un despacho de la jefatura.

– Buenos días, inspector Petrowski -le saludó el fiscal con una sonrisa. Petrowski correspondió al saludo con un gesto, sin sonreír-. Por favor, para que quede constancia, díganos su nombre completo y su cargo.

– Frank Petrowski, inspector jefe del departamento de policía de Hartford.

– ¿Cuántos años hace que es inspector?

– Catorce años.

– ¿Cuándo le ascendieron a inspector jefe?

– Hace tres años.

– Después de haber establecido sus credenciales, pasemos ahora a la noche del crimen. En el informe policial consta que usted fue el primero en llegar a la escena del crimen.

– Así es -asintió Petrowski-. Yo era el oficial de servicio aquella noche, después de relevar al jefe Culver a las ocho.

– ¿Dónde se encontraba a las dos y media de la madrugada cuando recibió la llamada del jefe Culver?

– Estaba en un coche patrulla para ir a investigar un robo en unos locales de la calle Marsham, cuando un agente me llamó para decirme que el jefe quería que fuera inmediatamente a casa de Ralph Elliot en West Hartford, donde al parecer se había cometido un asesinato. Como solo me encontraba a unos minutos del lugar, me hice cargo del caso y envié a otra dotación para que se ocupara del robo.

– ¿Fue usted directamente a casa de los Elliot?

– Sí, pero de camino llamé a la jefatura para pedir que me enviaran a un equipo forense y al mejor fotógrafo que pudieran sacar de la cama a esas horas.

– ¿Qué se encontró cuando llegó a casa de los Elliot?

– Me sorprendió comprobar que la puerta principal estaba abierta y la señora Elliot acurrucada en un rincón del vestíbulo. Me dijo que había encontrado el cadáver de su marido en el despacho y señaló hacia el otro extremo del pasillo. Añadió que el jefe Culver le había advertido que no tocara nada, razón por la cual la puerta principal continuaba abierta. Fui directamente al despacho y después de verificar que el señor Elliot estaba muerto, volví al vestíbulo y le tomé declaración a la esposa. Las copias de la declaración las tiene el tribunal.

– ¿Qué hizo a continuación?

– En su declaración, la señora Elliot dijo que estaba durmiendo cuando oyó dos disparos procedentes de la planta baja, así que yo y otros tres agentes volvimos al despacho para buscar los casquillos.

– ¿Los encontraron?

– Sí. El primero fue fácil de localizar porque, después de atravesar el corazón del señor Elliot, el proyectil acabó incrustado en un panel de madera detrás del escritorio. Con el segundo tardamos un poco más, pero al final lo descubrimos alojado en el techo encima de la mesa del señor Elliot.

– ¿Los dos proyectiles pudieron ser disparados por la misma persona?

– Es posible -respondió Petrowski-, si el asesino intentó simular que se había producido un forcejeo o que la víctima se había disparado a sí misma.

– ¿Es esto algo frecuente en los casos de homicidio?

– En más de una ocasión, el criminal intenta dejar pruebas contradictorias.

– ¿Pudieron probar que ambos proyectiles fueron disparados con la misma arma?

– Lo confirmaron las pruebas de balística efectuadas al día siguiente.

– ¿Había huellas dactilares en el arma?

– Sí -respondió Petrowski-, la huella de una palma en la culata y la de un dedo índice en el gatillo.

– ¿Pudieron identificar más tarde a quién correspondían dichas huellas?

– Sí. -El inspector hizo una pausa-. Ambas coincidían con las huellas del señor Cartwright.

Se escuchó un fuerte murmullo entre los espectadores sentados detrás de Fletcher. Este intentó no parpadear mientras observaba la reacción de los jurados ante esa información. Al cabo de un momento, escribió unas líneas en su libreta. El juez descargó varios golpes con el mazo para llamar al orden, antes de que el fiscal pudiese continuar.

– Por el punto de entrada del proyectil en el cuerpo, y las quemaduras de pólvora en el pecho, ¿pudieron calcular la distancia a la que se encontraba el asesino de su víctima?

– Sí -manifestó Petrowski-. Los forenses estimaron que el atacante se encontraba a un metro o menos delante de la víctima y por el ángulo de entrada del proyectil, pudieron demostrar que los dos hombres estaban de pie.

– Protesto, señoría -dijo Fletcher, que se levantó-. Aún tenemos que demostrar que fue un hombre quien efectuó uno de los dos disparos.

– Se acepta.

– Después de recoger todas las pruebas -prosiguió el fiscal, como si no le hubiesen interrumpido-, ¿fue usted quien tomó la decisión de detener al señor Cartwright?

– No. Para entonces ya había llegado el jefe y aunque era mi caso, le pregunté si él también le tomaría declaración a la señora Elliot, para asegurarse de que su relato no presentaba ninguna modificación.

– ¿Encontraron alguna?

– No, era coherente en todos los puntos esenciales.

Fletcher subrayó la palabra «esencial» porque la habían utilizado Petrowski y el jefe Culver. Se preguntó si sería una coincidencia o si se habrían puesto de acuerdo para declarar lo mismo.

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