Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне

Электронная книга - «Juego Del Destino». Краткое содержание книги:

Jeffrey Archer, con su habitual maestría narrativa, presenta en su última novela una apasionante historia marcada por un insólito cruce de destinos: dos hermanos gemelos separados al nacer y que desconocían la existencia del otro, se reencuentran treinta años más tarda como rivales políticos. Ambos pertenecen a familias de distinta extracción social y credo ideológico, pero el azar propiciará que sea Fletcher quien defienda a su hermano Nat, acusaso del asesinato de su rival en las elecciones a gobernador. Cuando Fletcher sufra un accidente y sea necesario conseguir sangre de un grupo muy extraño se desvelará el parentesco. Una trama perfectamente urdida en torno a las sorpresas que puede deparar el destino, al podeer político, al juego sucio, a la pérdida y al reencuetro, que ha hecho las delicias de miles de lectores en Inglaterra y Estados Unidos.
1 ... 106 107 108 109 110 111 112 113 114 ... 128
Перейти на страницу:

– ¿Qué le respondió usted?

– Le dije que no tocara nada, que me reuniría con ella en el tiempo que tardara en llegar allí.

– ¿A qué hora recibió la llamada?

– A las dos y veintiséis -contestó el jefe, después de verificarlo en la libreta.

– ¿A qué hora llegó a casa de los Elliot?

– Llegué a las tres y diecinueve. Primero tuve que llamar a la comisaría para ordenarles que enviaran al inspector de mayor rango que estuviese de servicio a la residencia de los Elliot. Luego tuve que vestirme, así que cuando por fin llegué al lugar, ya estaban allí dos agentes de un coche patrulla, claro que ellos no habían tenido que vestirse.

Una vez más, se oyeron las carcajadas en la sala.

– Por favor, descríbale al jurado con la mayor precisión lo que vio al llegar.

– La puerta principal estaba abierta y la señora Elliot se encontraba sentada en el suelo del vestíbulo, con las rodillas recogidas contra el pecho y la barbilla apoyada en ellas. Le hice saber que había llegado y a continuación me reuní con el inspector Petrowski en el despacho de la víctima. El señor Petrowski -añadió el jefe Culver- es uno de los inspectores más respetados de la policía, con una gran experiencia en homicidios, y como parecía tener la investigación muy bien encarrilada le dejé para que continuara con su trabajo, mientras yo volvía a reunirme con la señora Elliot.

– ¿La interrogó?

– Por supuesto -contestó el jefe Culver.

– ¿No lo había hecho antes el inspector Petrowski?

– Sí, pero a menudo es útil tomar dos declaraciones para compararlas más tarde y ver si hay diferencias en algún punto esencial.

– Señoría, dichas declaraciones no son más que suposiciones -intervino Fletcher.

– No lo son.

– Protesto -insistió Fletcher.

– Denegada, señor Davenport. Tal como ya se ha señalado, ha tenido usted acceso a esos documentos desde hace varias semanas.

– Gracias, señoría -dijo Ebden-. Quisiera que les diga al jurado qué hizo después, jefe.

– Propuse que fuéramos a sentarnos en la sala, para que la señora Elliot estuviese más cómoda. Luego le pedí que me explicara todo lo que había pasado aquella noche. La dejé que lo hiciera a su manera, porque muchas veces a los testigos les molesta que les hagan las mismas preguntas dos o tres veces. Después de tomar una taza de café, la señora Elliot declaró que dormía en su habitación cuando la despertó la primera detonación. Encendió la luz, se puso una bata y se acercó al rellano. Entonces oyó el segundo disparo. Luego vio cómo el señor Cartwright salía corriendo del despacho en dirección a la puerta, que estaba abierta. Se volvió por un momento, pero no pudo verla en la oscuridad del rellano, aunque ella le reconoció inmediatamente. A continuación corrió escaleras abajo y entró en el estudio, donde se encontró a su esposo tendido en el suelo en medio de un charco de sangre. Por último, me llamó sin perder ni un segundo.

– ¿Continuó interrogándola?

– No, dejé a una agente con la señora Elliot mientras yo me dedicaba a verificar la declaración original. Después de consultarlo con el inspector Petrowski, fui al domicilio del señor Cartwright en compañía de dos agentes y lo detuve por el asesinato de Ralph Elliot.

– ¿Se había ido a la cama?

– No, vestía las mismas prendas que llevaba en el programa de televisión aquella noche.

– No hay más preguntas, señoría.

– Su testigo, señor Davenport.

Fletcher se acercó a la tribuna de los testigos con una sonrisa en el rostro.

– Buenas tardes, jefe. No lo retendré mucho, dado que soy muy consciente de lo ocupado que está, pero así y todo tengo tres o cuatro preguntas que reclaman una respuesta. -El jefe no respondió a la sonrisa de Fletcher-. En primer lugar, me gustaría saber cuánto tiempo pasó desde que recibió en su casa la llamada de la señora Elliot hasta que procedió a la detención del señor Cartwright.

Los dedos del jefe Culver se movieron involuntariamente mientras pensaba en la pregunta.

– Dos horas, dos horas y media como mucho -respondió finalmente.

– Cuando llegó usted a casa del señor Cartwright, ¿cómo iba vestido?

– Ya se lo he dicho al jurado; exactamente con las mismas prendas que llevaba en el programa de televisión aquella noche.

– Por tanto, ¿no le abrió la puerta en pijama y bata como si acabara de levantarse de la cama?

– No, la verdad es que no -contestó el jefe Culver, intrigado.

– ¿No cree que un hombre que acaba de cometer un crimen quizá se quitaría la ropa y se metería en la cama a las dos de la mañana, de forma tal que si la policía se presenta intempestivamente en la puerta de su casa, pueda al menos dar la impresión de que estaba durmiendo?

El jefe de policía frunció el entrecejo.

– Estaba consolando a su esposa.

– Me lo imagino -dijo Fletcher-. El asesino estaba consolando a su esposa. Ya puestos, jefe, permítame otra pregunta. ¿En el momento de detener al señor Cartwright, hizo alguna declaración?

– No -replicó Culver-. Manifestó que primero quería hablar con su abogado.

– ¿No dijo absolutamente nada que usted pudiese consignar en su muy fiable libreta?

– Sí -admitió Culver; pasó algunas hojas de la libreta hasta que encontró lo que buscaba y lo leyó atentamente-. Sí -repitió con una sonrisa-. Cartwright dijo: «Pero todavía estaba vivo cuando lo dejé».

– «Pero todavía estaba vivo cuando lo dejé» -manifestó Fletcher como un eco-. No son precisamente las palabras de un hombre que intenta ocultar el hecho de que había estado allí. No se desvistió, no se fue a la cama y confesó abiertamente haber estado antes en casa de Elliot. -El jefe de policía permaneció en silencio-. Cuando le acompañó a la comisaría, ¿le tomó usted las huellas dactilares?

– Sí, por supuesto.

– ¿Realizó usted algunas otras pruebas? -preguntó Fletcher.

– ¿En qué está pensando? -replicó Culver.

– No juegue conmigo -dijo Fletcher y esta vez en su voz se insinuó un tono cortante-. ¿Realizó usted algunas otras pruebas?

– Sí -asintió Culver-. Verificamos si debajo de las uñas había algún rastro de que hubiese disparado un arma.

– ¿Encontraron algún rastro de que el señor Cartwright hubiese disparado un arma? -preguntó Fletcher, que recuperó el tono amable.

– No encontramos residuos de pólvora en las manos o debajo de las uñas -declaró el jefe de policía después de un leve titubeo.

– No había residuos de pólvora en las manos o debajo de las uñas -repitió Fletcher, que miró al jurado.

– Sí, pero tuvo un par de horas para lavarse las manos y frotarse las uñas con un cepillo.

– Claro que sí, jefe, y también tuvo un par de horas para desvestirse, acostarse, apagar las luces de la casa y pensar en algo más convincente que decir sencillamente: «Pero todavía estaba vivo cuando lo dejé». -La mirada de Fletcher no se desvió en ningún momento del jurado.

De nuevo, el jefe Culver permaneció en silencio.

– Mi última pregunta, señor Culver, se refiere a algo que me ha estado incordiando desde que acepté el caso, sobre todo cuando pienso en sus treinta y seis años de experiencia, catorce de ellos como jefe de policía. -Miró de nuevo a Culver-. ¿En algún momento se le pasó por la cabeza que quizá el crimen lo hubiese cometido otra persona?

– No había ninguna señal de que alguien más hubiese entrado en la casa aparte del señor Cartwright.

– Sin embargo, ya había alguien más en la casa.

– Tampoco encontramos ninguna prueba que indicara que la señora Elliot pudiese estar implicada.

– ¿Ninguna prueba de ningún tipo? -insistió Fletcher-. Confío y deseo, jefe, que encuentre tiempo en su apretada agenda para venir aquí y escuchar las preguntas que formularé a la señora Elliot; así el jurado podrá decidir si no había ninguna prueba que indicara que la señora Elliot pudiese estar implicada en este crimen.

1 ... 106 107 108 109 110 111 112 113 114 ... 128
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)