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El arca de la redención [Redemption Ark - es]

Электронная книга - «El arca de la redención [Redemption Ark - es]». Краткое содержание книги:

Estamos a comienzos del siglo XXVII. Hace cincuenta años, el hombre puso en marcha un antiguo sistema alienígena que detectaba el nacimiento de formas de vida inteligentes. Los inhibidores llevan mucho tiempo esperando, pero ahora se preparan para volver…
Mientras tanto, una fuerza desconocida ha sembrado el terror en el Sanctasanctórum de los combinados. A medida que la naturaleza de la nueva amenaza se vuelve más clara, Clavain, uno de sus guerreros, empieza a plantearse que es hora de volver al combate. En Resurgam se ha descubierto un cargamento de armas devastadoras que podrían ser utilizadas para el bien de la Humanidad, pero alguien ya ha logrado hacerse con su control…
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—La están impulsando hacia abajo —dijo Thorn—, pero allí no hay nada. Solo un montón de gas.

—No todo el rato —informó Vuilleumier—. El gas se convierte en hidrógeno líquido unos cientos de kilómetros más abajo. Y más allá hay hidrógeno metálico. Y en algún lugar por debajo de todo eso hay un núcleo rocoso.

—Ana, si quisieran despedazar un planeta como este para llegar a esa materia rocosa, ¿tienes alguna idea de cómo se dispondrían a hacerlo?

—No lo sé. Pero puede que estemos a punto de descubrirlo.

Golpearon el límite transónico. Durante un instante, Thorn pensó que la nave iba a partirse, que finalmente le habían exigido demasiado. El casco ya había crujido antes y en esos momentos, durante un instante, lo oyó gritar de verdad. La consola llameó en rojo, parpadeó y se apagó. Durante unos terribles segundos todo estuvo en silencio. Entonces asomaron al otro lado, flotando en aire calmo. La consola volvió indecisa a la vida y un coro de voces admonitorias comenzó a chillar desde las paredes.

—Hemos logrado pasar —dijo Vuilleumier—. Pero no abusemos de la suerte.

—Estoy de acuerdo. Pero ya que hemos llegado tan lejos… bueno, sería una bobada no mirar un poco más abajo, ¿verdad?

—No.

—Si queréis que os ayude, tengo que saber en qué me estoy metiendo.

—La nave no podrá soportarlo.

Thorn sonrió.

—Acaba de resistir mucha más mierda de la que dijiste que podría soportar. Deja de ser tan pesimista.

La representante demarquista entró en la sala de espera blanca y lo miró. Detrás de ella permanecían tres policías de Ferrisville, los mismos a los que se había rendido en la terminal de embarques, junto a cuatro soldados demarquistas. Estos últimos habían entregado sus armas de fuego, pero lograban seguir pareciendo ominosos con sus ígneas armaduras rojas de energía. Clavain se sintió viejo y frágil, y sabía que estaba por completo a merced de sus nuevos anfitriones.

—Soy Sandra Voi —dijo la mujer—. Y usted debe de ser Nevil Clavain. ¿Por qué ha hecho que me llamen, Clavain?

—Estoy en proceso de desertar.

—No me refiero a eso. ¿Por qué yo en particular? Según los agentes de la convención, preguntó específicamente por mí.

—Pensé que usted me concedería un juicio imparcial, Sandra. Verá, hace tiempo conocí a uno de sus parientes. ¿Qué hubiera sido, su bisabuela? En estos tiempos ya me cuesta seguir las generaciones.

La mujer adelantó la otra silla blanca y se sentó en ella, frente a Clavain. Los demarquistas fingían que su sistema político convertía los rangos en un concepto superado. En vez de capitanes tenían navegantes, en lugar de generales tenían especialistas en planificación estratégica. Como era natural, tales especializaciones requerían identificadores visuales, pero Voi hubiese fruncido el ceño ante cualquier sugerencia de que las numerosas barras y franjas de color sobre el pecho de su túnica indicaban exactamente lo mismo que un anticuado estatus militar.

—No ha habido otra Sandra Voi, en cuatrocientos años —dijo.

—Lo sé. La última murió en Marte, durante un esfuerzo por negociar la paz con los combinados.

—Eso es ya historia antigua.

—Lo que no significa que deje de ser cierto. Voi y yo éramos miembros de la misma misión para mantener la paz. Yo me pasé a los combinados poco después de que ella muriera, y desde entonces estoy en su bando.

Los ojos de la nueva Sandra Voi se vidriaron unos momentos. Los implantes de Clavain detectaron el correteo de tráfico de datos dentro y fuera de su cráneo. Clavain estaba impresionado. Desde la plaga, pocos demarquistas se atrevían a adentrarse en el terreno de la mejora neuronal.

—Nuestros registros no concuerdan.

Clavain arqueó una ceja.

—¿No?

—No. Nuestro espionaje indica que Clavain no vivió más de siglo y medio tras su deserción. No es posible que seáis la misma persona.

—Abandoné el espacio humano en una expedición interestelar y no he regresado hasta hace poco. Por eso últimamente no hay muchos registros sobre mí. ¿Pero acaso importa? La convención ya ha verificado que soy un combinado.

—Podría tratarse de una trampa. ¿Por qué ibas a querer desertar?

De nuevo lo había sorprendido.

—¿Y por qué no iba a hacerlo?

—Puede que hayas prestado demasiada atención a nuestros periódicos. Si es así, tengo noticias importantes para ti: tu bando está a punto de ganar la guerra. La deserción aislada de una araña no va a suponer ya ninguna diferencia.

—Nunca pensé que lo hiciera —dijo Clavain.

—¿Entonces?

—No deserto por eso.

Descendieron más y más, siempre por delante de la onda de choque transónica de la maquinaria inhibidora. La mancha de la pantalla del radar pasivo, esa cosa que los seguía a una distancia de treinta mil kilómetros, seguía presente. A veces perdía claridad y luego la recobraba, pero nunca los abandonaba por completo. La luz del día cada vez se oscurecía más, hasta que el cielo en lo alto apenas fue una pizca más claro que las indiferentes profundidades negras de debajo. Ana Khouri apagó la iluminación de la cabina de la nave, con la esperanza de que así el exterior pareciera más brillante, pero la mejora fue insignificante. La única fuente de luz era la cuchilla de color rojo cereza de la cuña frontal del tubo, e incluso esa era más apagada que antes. Ahora el tubo solo se movía a veinticinco kilómetros por segundo respecto a la atmósfera. Su descenso era allí más empinado, y caía casi en picado hacia las zonas de transición donde la atmósfera se espesaba hasta formar hidrógeno líquido.

Ana se estremeció cuando se disparó otra alarma de presión.

—No podemos bajar mucho más. Te lo estoy diciendo en serio. Nos aplastará, ya hay cincuenta atmósferas en el exterior y esa cosa sigue pegada a nuestra cola.

—Solo un poquito más cerca, Ana. ¿Podemos alcanzar la zona de transición?

—No —dijo ella con énfasis—, no con esta nave. Toma aire para volar. Se ahogará en el hidrógeno líquido, y en ese momento caeremos y seremos aplastados por una implosión del casco. No es un bonito modo de morir, Thorn.

—Pero al tubo no parece afectarle la presión, ¿no? Probablemente descienda mucho más. ¿Cuánto crees que han depositado ya? Un kilómetro cada cuatro segundos, ¿no era eso? Viene a ser algo menos de mil kilómetros a la hora. A estas alturas ya debe de haber suficiente para dar la vuelta al planeta unas cuantas veces.

—No sabemos si es eso lo que está sucediendo.

—No, pero podemos hacer una suposición a partir de la información de que disponemos. ¿Sabes en qué no dejo de pensar, Ana?

—Seguro que vas a contármelo.

—En un bobinado. Como en un motor eléctrico. Pero podría equivocarme, por supuesto. —Thorn le sonrió.

De pronto se movió. Ella no se lo esperaba y por un momento, pese a su entrenamiento como soldado, se quedó paralizada de la sorpresa. Él se levantó del asiento y se arrojó sobre ella a través de la cabina. Tenía algo de peso, ya que se desplazaban a una velocidad mucho menor de la orbital, pero pese a todo pudo llegar hasta ella con facilidad, con movimientos fluidos y planeados de antemano. Suavemente, la apartó del puesto del piloto. Ella se resistió, pero Thorn era mucho más fuerte y sabía lo bastante como para rechazar sus movimientos defensivos. Ana no había olvidado su adiestramiento, pero la técnica no daba tanta ventaja, en especial contra un oponente de idéntica habilidad.

—Tranquila, Ana, tranquila. No voy a hacerte ningún daño.

Antes de comprender lo que estaba sucediendo, Thorn ya la había empujado al asiento del pasajero. La obligó a apoyarse sobre las manos y entonces arrastró con fuerza la red anticolisión sobre su pecho. Le preguntó si podía respirar y luego la cerró con más fuerza. Ella se debatió, pero la red se contraía muy ceñida y la retenía contra la silla.

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