El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Anduvo y habló muy pronto, a los nueve meses. En cuanto, se sostuvo sobre los pies y dominó un lenguaje muy articulado, procedió a campar por sus respetos y hacer precisamente lo que le venía en gana. No era alborotadora ni rebelde; sencillamente, estaba hecha de un metal muy duro. Meggie no sabía nada de los genes, pero, si lo hubiese sabido, habría pensado en el resultado de una mezcla de Cleary, Armstrong y O'Neill. Forzosamente tenía que ser una niña enérgica. Pero lo más desolador era la terca negativa de Justine a reír o a sonreír. Todos los habitantes de Drogheda se desvivían por hacer tonterías que le arrancasen una sonrisa, pero sin éxito. En lo tocante a solemnidad innata, superaba a su propia abuela.
El primero de octubre, cuando Justine tenía exactamente dieciséis meses, nació el hijo de Meggie, en Drogheda. Se adelantó casi cuatro semanas, cuando aún no lo esperaban. Meggie tuvo dos o tres fuertes contracciones, rompió aguas y nació la criatura. Fue ayudada en el parto por la señora Smith y Fee, pocos minutos después de telefonear éstas al médico. Meggie apenas si tuvo tiempo de dilatarse. El dolor fue mínimo, y todo ocurrió tan rápidamente que pareció que no había pasado nada; a pesar de que tuvieron que darle unos puntos, precisamente porque la cosa había sido tan precipitada, Meggie se sentía muy bien. Así como habían estado secos para Justine, sus senos estaban ahora llenos a rebosar. Esta vez, no hubo necesidad de biberones ni de botes de «Lac-togen». ¡Y el niño era tan hermoso! Largo y delgado, con un mechón de pelo rubio sobre un cráneo pequeño y perfecto, y con unos vivarachos ojos azules que no parecía que fuesen a cambiar de color. ¿Cómo podían cambiar? Eran los ojos de Ralph, como eran de Ralph las manos, la nariz y la boca, incluso los pies.'Meggie era lo bastante despreocupada para alegrarse de que Luke tuviese una complexión y un color parecidos a los de Ralph, y también cierta semejanza en las facciones. Pero las manos, las cejas, la punta de los cabellos sobre la frente, la forma de los dedos de las manos y de los pies, tenían mucho de Ralph y muy poco de Luke. Ojalá no se fijase nadie en esto.
– ¿Has decidido qué nombre le pondrás? -preguntó Fee, a quien el niño parecía fascinar.
Meggie la observó, mientras su madre sostenía al niño, y se alegró. Mamá volvería a amar; tal vez no con la intensidad que había amado a Frank.
– Voy a llamarle Dane.
– ¡Qué nombre más raro! ¿Por qué? ¿Corresponde a alguien de la familia O'Neill? Pensaba que no querías saber nada de los O'Neill.
– No tiene nada que ver con Luke. Es su nombre, y de nadie más. Odio los nombres de familia; es como querer poner algo de alguien a una persona nueva. Puse Justine a la niña, sencillamente, porque me gustó el nombre, y llamaré Dane a mi hijo por esa razón.
– Bueno, no suena mal -confesó Fee.
Meggie hizo una mueca; sus senos estaban llenos.
– Dámelo, mamá. ¡Ojalá tenga mucha hambre! Y ojalá se acuerde el viejo Bluey de traer la mamadera. En otro caso, tendrás que ir tú a buscar una.
El niño tenía hambre; chupaba con tal fuerza que su boquita desdentada le hacía daño. Mirando sus ojos cerrados de pestañas oscuras con las puntas de oro, sus pobladas cejas, las pequeñas y afanosas mejillas, Meggie le amó tanto que su amor le dolía más que los tirones en el pecho.
Con él me bastará; tiene que bastarme. No quiero más hijos. Pero por Dios, Ralph de Bricassart, por ese Dios al que amas más que a mí, que nunca sabrás lo que te he quitado. Nunca te hablaré de Dane. ¡Oh, hijo mío! Se incorporó sobre las almohadas para acomodarlo mejor en el hueco de su brazo, para ver mejor aquella carita perfecta. ¡Hijo mío! Eres hijo mío, y nunca serás de nadie más. Y menos aún de tu padre, que es cura y no puede reconocerte. ¿No es maravilloso?
El barco atracó en Genova a primeros de abril. El arzobispo Ralph desembarcó en Italia, en plena primavera mediterránea, y tomó un tren con destino a Roma. Si lo hubiese pedido, habría ido a buscarle un automóvil del Vaticano para llevarle a Roma; pero temía ver de nuevo cerrarse la Iglesia alrededor de él; quería retrasar todo lo posible este momento. La Ciudad Eterna. Era realmente esto, pensó, contemplando a través de las ventanillas del taxi los campanarios y las cúpulas, las plazas pobladas de palomas, las lujosas fuentes, las columnas romanas de bases enterradas en los siglos. Bueno, para él, todo esto era superfluo. Lo que le importaba era la parte de Roma llamada Vaticano, sus suntuosas salas públicas, sus nada suntuosas habitaciones privadas.
Un fraile dominico de hábito negro y crema le condujo a lo largo de altos pasillos de mármol, entre estatuas de bronce y de piedra dignas de un museo, entre grandes pinturas al estilo del Giotto, de Rafael, de Botticelli, de Fra Angélico. Estaba en las salas de audiencia de un gran cardenal, y sin duda la rica familia Contini-Verchese había contribuido mucho a adornar el ambiente de su augusto vastago.
En una habitación de marfil y oro, animada por los colores de los tapices y los cuadros, alfombrada y amueblada a estilo francés, con toques carmesíes en todas partes, se hallaba sentado Vittorio Scarbanza, cardenal Di Contini-Verchese. La pequeña y delicada mano, en la que relucía el rubí del anillo, se extendió hacia el recién llegado para darle la bienvenida; el arzobispo Ralph, contento de tener los ojos bajos, cruzó la estancia, hizo una genuflexión y tomó la mano para besar el anillo. Y apoyó la mejilla en aquella mano, sabiendo que no podría mentir, aunque había pensado hacerlo hasta el momento en que sus labios tocaron aquel símbolo de poder espiritual y de autoridad temporal.
El cardenal Vittorio apoyó la otra mano en el hombro inclinado, despidiendo al fraile con un movimiento de cabeza, y, al cerrarse la puerta sin ruido, la mano subió del hombro a los cabellos, se detuvo en su negra espesura y los apartó afectuosamente de la ladeada frente. Habían cambiado; pronto no serían ya negros, sino de color acero. La doblada columna vertebral se puso rígida, los hombros se echaron atrás, y el arzobispo miró directamente a la cara de su superior.
¡Ah, cómo había cambiado Ralph! La boca se había encogido, el hombre conocía el dolor y era más vulnerable; sus ojos, tan bellos de forma v de color, eran por completo diferentes de los que recordaba el cardenal, aunque físicamente seguían siendo los mismos. El cardenal Vittorio había tenido siempre la caprichosa idea de que los ojos de Jesús eran azules y parecidos a los de Ralph: tranquilos, alejados de lo que Él veía y, por ello mismo, capaces de abarcarlo y comprenderlo todo. Pero tal vez había sido una fantasía errónea. ¿Cómo se podía sufrir por la Humanidad y por uno mismo, sin mostrarlo en los ojos?
– Bueno, Ralph, siéntese.
– Quiero confesar, Eminencia.
– ¡Más tarde, más tarde! Primero tenemos que hablar, y en inglés. Estos días, hay oídos que acechan en todas partes, pero, gracias a Dios, no oídos que entiendan el inglés. Siéntese, Ralph, por favor. ¡Cuánto me alegro de verle! He echado en falta sus prudentes consejos, su lógica, su perfecto compañerismo.
No tengo a nadie a quien aprecie como a usted.
Ralph pudo sentir que su cerebro se adaptaba de nuevo al ritual, sentir que incluso sus pensamientos se revestían en su mente de una fraseología más reposada; pocas personas sabían, como Ralph tic Bricassari, la manera en que uno cambiaba según la compañía, cómo cambiaba incluso su lenguaje. El Huido y campechano inglés no se había hecho para estos oídos. Se sentó no muy lejos y precisamente en trente del delgado personaje revestido de escarlata, de un color que cambiaba y no cambiaba, de una calidad que hacía que sus bordes se confundiesen con el medio en vez de destacar de él.
El desesperado cansancio que había sentido durante semanas pareció pesar menos sobre sus hombros; se preguntó por qué había temido tanto este encuentro, si sabía en el fondo de su corazón que sería comprendido, perdonado. Pero no era esto, no era esto en absoluto. Era su propio sentimiento de culpabilidad por haber caído, por ser menos de lo que aspiraba a ser, por defraudar a un hombre que se había interesado por él, que había sido enormemente amable, que era un verdadero amigo. Su remordimiento, al enfrentarse con un hombre puro, cuando él había dejado de serlo.