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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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¡Drogheda, Drogheda! Los eucaliptos y los adormilados pimenteros gigantes, poblados de zumbidos de abejas. Corrales y edificios amarillos de piedra arenisca, el extraño prado verde alrededor de la casa grande, flores de otoño en el jardín, alhelíes y zinnias, maravillas y caléndulas, crisantemos, rosas, rosas. La gravilla del patio de atrás, la señora Smith. mirando boquiabierta y, después, riendo, llorando; Minnie y Cat, corriendo, sus viejos y fibrosos brazos como cadenas alrededor de su corazón. Porque Drogheda era el hogar, y aquí estaba su corazón, para siempre.

Fee salió a ver qué significaba todo aquel jaleo.

– Hola, mamá. He vuelto a casa.

Los ojos grises no cambiaron, pero el alma más despierta de Meggie comprendió. Mamá estaba contenta; sólo que no sabía cómo demostrarlo.

– ¿Has dejado a Luke? -preguntó Fee, dando por descontado que la señora Smith y las doncellas tenían tanto derecho a saber como ella misma.

– Sí. Nunca volveré a su lado. Él no quería un hogar, ni a sus hijos, ni a mí.

– ¿A sus hijos?

– Sí. Voy a tener otro.

Ohs y ahs de las criadas, y Fee expresando su juicio con voz mesurada, que ocultaba su satisfacción:

– Si él no te quiere, has hecho bien en volver a casa. Nosotros podernos cuidar de ti.

Su vieja habitación, que daba al Home Paddock, a los jardines. Y un cuarto contiguo para Justine y para el otro hijo cuando viniese. ¡Oh! ¡Era bueno estar en casal! Bob también se alegró de verla. Cada día más parecido a Paddy, andaba un poco encorvado y mostraba una complexión fibrosa, como si el sol hubiese tostado su piel y secado sus huesos. Tenía la misma fuerza amable de carácter, pero, tal vez porque nunca había sido padre de familia numerosa, carecía del empaque de Paddy. Y también se parecía a Fee. Tranquilo, reservado, era incapaz de revelar sus sentimientos y sus opiniones. Debía de tener cerca de los treinta y cinco años, pensó Meggie, súbitamente sorprendida, y todavía no se había casado. Después entraron Jack y Hughie, dos facsímiles de Bob, pero sin su autoridad, y le dieron la bienvenida a casa con tímidas sonrisas. Por eso deben ser tan tímidos, pensó ella; por la tierra, pues la tierra no exige locuacidad ni cortesías sociales. Sólo necesita lo que ellos le dan: un amor sin palabras y una lealtad total.

Todos los varones Cleary estaban aquella noche en casa, para descargar un camión de maíz que Jims y Patsy habían traído de la AMI & F de Gilly.

– Nunca vi una sequía tan grande, Meggie -dijo-

Bob-. No ha caído una gota de agua desde hace dos años. Y los conejos son una plaga peor que los canguros; comen más hierba que los corderos y los canguros juntos. Tratamos de alimentar nosotros a los corderos; pero ya sabes cómo son.

Demasiado sabía Meggie cómo eran los corderos. Idiotas, incapaces de comprender siquiera los rudimentos de la supervivencia. El poco seso que pudieran tener los animales primitivos brillaba por su ausencia en estos lanudos aristócratas. Los corderos sólo querían comer hierba, o matas arrancadas de su medio natural. Pero faltaban manos para cortar éstas en cantidad suficiente para más de cien mil corderos.

– ¿Quiere esto decir que puedo ayudaros?

– ¡Ya lo creo que puedes! Dejarás a un hombre libre para esta, labor, si eres capaz de galopar por la dehesa como solías hacer.

Fieles a su palabra, los gemelos habían vuelto a casa para bien. A los catorce años, habían abandonado Riverview para siempre y les había faltado tiempo para volver a las negras llanuras. Parecían ya jóvenes Bobs, Jacks y Hughies, en el sentido de que sustituían gradualmente el anticuado uniforme de sarga gris y de franela de los ganaderos del Gran Noroeste, por los pantalones blancos de algodón, la camisa blanca, un sombrero de fieltro gris de copa plana y ala ancha, y unas botas de montar con elástico a los lados, que les llegaban al tobillo y con tacones planos. Sólo el puñado de aborígenes de media casta que vivían en el sector de barracas de Gilly imitaban a los vaqueros del Oeste americano, llevando botas de fantasía de tacón alto y grandes sombreros «Stetson». Para el hombre corriente de las llanuras negras, este atuendo era una afectación inútil, parte de una cultura diferente. No se podía caminar entre los matorrales con botas de tacón alto y con frecuencia había que andar entre ellos. Y los grandes «Stetson» daban mucho calor y eran pesados.

La yegua castaña y el capón negro habían muerto; la caballeriza estaba vacía. Meggie insistió en que le bastaba uno de los caballos que usaban los ganaderos, pero Bob fue a ver a Martin King y le compró un par de rocines de media casta: una yegua de color crema con la crin y el rabo negros, v un capón castaño y patilargo. Por alguna razón, la pérdida de la yegua castaña dolió mas a Meggie que la despedida de Ralph; una reacción tardía, como si esto confirmase más claramente la marcha de él. Pero era buena cosa salir de nuevo a la dehesa, cabalgar seguida de los perros, comer el polvo entre los balidos de un rebaño de corderos, observar los pájaros, el cielo, la Tierra. La sequía era terrible. Meggie recordaba que la hierba había durado siempre más que la sequía, pero ésta era diferente. La hierba estaba ahora seca, y, entre sus tallos, se veía la tierra negra, resquebrajada en una red de grietas que se abrían como bocas sedientas. Lo cual había que agradecer sobre todo a los conejos. En los cuatro años de su ausencia, se habían multiplicado inconmensurablemente, aunque ella pensaba que representaba ya una plaga desde muchos años antes. Sólo que ahora, casi de la noche a la mañana, su número había rebasado con mucho el grado de saturación. Estaban en todas partes y también ellos se comían la preciosa hierba.

Aprendió a poner trampas a los conejos, aunque le afligía ver a los dulces animalitos triturados por dientes de acero, pero, como buena campesina, no vacilaba en hacer lo que debía hacerse. Matar en nombre de la supervivencia no era una crueldad.

– ¡Maldito sea el nostálgico patán que trajo los primeros conejos de Inglaterra!

– comentaba. Bob.

Los conejos no eran originarios de Australia, y su importación sentimental había trastornado por completo el equilibrio ecológico del continente, cosa que no habían hecho los corderos y los bueyes, que habían sido apacentados científicamente desde el momento de su introducción. En Australia no había predadores naturales que controlasen la proliferación de los conejos, y los zorros importados no se aclimataron bien. El hombre debía hacer de predador artificial; pero había pocos hombres y demasiados conejos.

Cuando Meggie engordó demasiado para montar a caballo, pasaba los días en la casa, mientras la señora Smith, Minnie y Cat, cosían o hacían labor de ounto para el pequeño ser que se agitaba en su seno. Él (siempre pensaba que sería varón) era más parte de ella de lo que jamás había sido Justine; no padecía mareos ni depresión, y esperaba con ansiedad el momento de traerlo al mundo. Tal vez Justine tenía inconscientemente la culpa de algo de esto; ahora que la criaturita de ojos pálidos se estaba transformando de necio bebé en niña sumamente inteligente, Meggie se sentía fascinada por el cambio de la chiquilla. Du rante mucho tiempo, había sentido indiferencia por Justine, y ahora quería verter amor sobre su hija, estrecharla en sus brazos, besarla, reír con ella. Verse cortésmente rechazada resultaba muy doloroso, pero esto era lo que hacía Justine siempre que ella quería mostrarse afectuosa.

Cuando Jims y Patsy salieron de Riverview, la señora Smith había pensado que volvería a tenerlos bajo sus alas protectoras, pero pronto descubrió, contrariada, que pasaban la mayor parte del tiempo en la dehesa. Por eso, la señora Smith se volvió a la pequeña Justina, y se encontró con que era tan reservada como Meggie. Parecía como si Justine no quisiera que la abrazasen, la besaran o la hiciesen reír.

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