La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¡No me traigas más de esas cosas vuestras endemoniadas! -dijo, amenazando con el puño a Sambo, que se retiró apresuradamente hasta la puerta; y, cogiendo el dólar de plata, lo lanzó a través del cristal de la ventana a la oscuridad de fuera.
Sambo se alegró de marcharse de allí. Cuando se hubo ido, Legree parecía estar un poco avergonzado de su sobresalto. Se sentó con terquedad en su sillón y se puso a sorber taciturno su vaso de ponche.
Cassy consiguió salir sin que la observara y se escabulló afuera para atender al pobre Tom, tal como ya hemos contado.
¿Y qué le ocurriría a Legree? ¿Qué había en un simple rizo de cabello para horrorizar a ese hombre brutal, conocedor de toda clase de crueldades? Para contestar a esto, debemos transportar al lector hacia atrás en su historia. Por duro y vicioso que pareciera ahora el hombre impío, hubo un momento en el que su madre lo mecía contra su seno, al ritmo de himnos y plegarias, mientras su frente ahora surcada era rociada con las aguas del santo bautismo. En su tierna infancia, al sonar la campana, lo llevaba una mujer rubia a la iglesia a rezar. Allá lejos en Nueva Inglaterra, aquella madre había educado a su único hijo con un cariño constante e imperecedero y pacientes oraciones. Nacido de un padre hosco, en el que esa tierna mujer había derrochado una infinidad de amor desdeñado, Legree había seguido los pasos de su padre. Violento, ingobernable y tiránico, desoía los consejos de ella y despreciaba sus reprimendas; aún joven, se alejó de ella para buscar fortuna en la mar. Sólo volvió a casa una vez después. En esa ocasión, su madre, con el anhelo de un corazón que tiene que amar a alguien y no tiene a nadie más a quien amar, se aferró a él e intentó, con apasionados ruegos y súplicas, apartarlo de una vida depravada para la salvación eterna de su alma.
Fue el día de gracia de Legree; lo llamaban los ángeles buenos; casi lo convencieron y la piedad le cogió de la mano. Su corazón se arrepintió… hubo un conflicto… pero el pecado ganó la victoria y él enfrentó toda la fuerza de su hosca naturaleza contra las creencias de su conciencia. Bebía y juraba… se volvió más alocado y brutal que antes. Y una noche, cuando su madre, en un último intento desesperado, estaba arrodillada a sus pies, la rechazó, la dejó sin sentido en el suelo y, con fieras palabrotas, huyó a su barco. La siguiente noticia que Legree tuvo de su madre fue una noche, mientras corría una juerga con unos compañeros borrachos, cuando le pusieron una nota en la mano. La abrió, y salió un mechón largo y rizado de cabello, que se le enroscó entre los dedos. La carta le informaba que su madre había muerto y que, en su lecho de muerte, lo perdonó y bendijo.
Existe una profana y aterradora necromancia del mal que convierte las cosas más dulces y sagradas en fantasmas de horror y espanto. Aquella pálida y amante madre con sus últimas plegarias y su amor misericordioso sólo estimuló una sentencia condenatoria en ese corazón pecaminoso, junto con una terrible búsqueda de juicio y una fiera indignación. Legree quemó el mechón de cabello y quemó la carta, y, cuando los vio chisporrotear y sisear en el fuego, se estremeció pensando en el fuego eterno. Intentó borrar el recuerdo con la bebida, la juerga y la blasfemia; pero a menudo, en la profundidad de la noche, cuando la quietud solemne incita al alma en pena a comunicarse consigo misma, había visto a su pálida madre alzarse junto a su cama y había sentido enroscarse el suave cabello en sus dedos hasta que el sudor frío caía a chorro por su rostro y saltaba espantado de la cama. Los que os habéis maravillado al leer, en el evangelio mismo, que Dios es amor y que Dios es un fuego que consume, ¿no veis que, para un alma resuelta a hacer el mal, el amor perfecto es el peor tormento, el sello y la sentencia de la más absoluta desesperación?
«¡Maldita sea!» dijo Legree para sí al beber su licor. «¿De dónde habrá sacado eso? Si no se pareciera tanto a… ¡vaya! creía haber olvidado aquello. ¡Que me condenen si creo que es posible olvidar alguna cosa, maldita sea! ¡Me siento solo! Voy a llamar a Em. Me odia, ¡la muy díscola! No me importa, ¡la obligaré a venir!»
Legree salió a un gran recibidor que daba a una escalera, antaño magnífica, que describía una amplia curva; pero el corredor estaba sucio y melancólico, lleno de cajas y desperdicios. La escalera, sin alfombra, parecía conducir a oscuras a no se sabía dónde. La pálida luz de la luna entraba a través del montante roto de encima de la puerta; el aire era insalubre y gélido, como el de una cripta.
Legree paró al pie de la escalera y escuchó una voz que cantaba. Le pareció extraña y fantasmal en aquella vieja casa lúgubre, quizás por el estado alterado de sus nervios. ¡Escuchad! ¿Qué es?
Una voz patética y salvaje entonaba un himno popular entre los esclavos:
«Oh, habrá llanto, llanto, llanto,
oh, habrá llanto en el trono deljuicio de Cristo.»
– ¡Maldita sea la muchacha! -dijo Legree-. La voy a estrangular. ¡Em, Em! -gritó con fiereza; pero sólo le respondió el eco burlón desde los muros. La dulce voz siguió cantando:
«¡Los padres y los hijos se separarán allí!
¡Los padres y los hijos se separarán allí,
y no se verán jamás!»
Y el estribillo resonó claro y fuerte en las habitaciones vacías:
«¡Oh, habrá llanto, llanto, llanto,
Oh habrá llanto en el trono del juicio de Cristo!»
Legree se detuvo. Le habría dado vergüenza reconocerlo, pero grandes gotas de sudor le resbalaban por la frente y el corazón le latía pesada y temerosamente; incluso creyó ver algo blanco elevarse y helar en la oscuridad delante de sus ojos y le horrorizaba pensar qué haría si la figura de su difunta madre fuera a aparecer de pronto ante él.
«Una cosa está clara», se dijo al volver dando traspiés para sentarse en el salón; «¡dejaré en paz a ese hombre después de esto! ¿Por qué he tenido que fisgar en su maldito papel? ¡Desde luego, creo que estoy embrujado! ¡No hago más que temblar y sudar desde entonces! ¿De dónde sacaría ese pelo? ¡No podía serlo… yo quemé aquello, estoy seguro! ¡Sería una buena broma si el cabello pudiera volver del más allá!».
¡Ay, Legree, ese mechón de oro estaba embrujado verdaderamente; cada cabello tenía un hechizo de terror y remordimiento para ti, y los utilizó un poder más fuerte para atarte las manos crueles y evitar que infligieras la maldad más terrible a los desvalidos!
– ¡Eh! -dijo Legree, pataleando y silbando a los perros-. ¡Despertaos vosotros y hacedme compañía! -pero los perros sólo abrieron un ojo somnoliento para mirarlo y lo volvieron a cerrar.
«Traeré a Sambo y a Quimbo aquí para que canten y. bailen uno de sus bailes del infierno y espanten estas horribles ideas», dijo Legree; y, poniéndose el sombrero, salió al porche e hizo sonar el cuerno con el que solía llamar a sus dos capataces negros.
Cuando se hallaba de humor festivo, Legree acostumbraba a convocar a estos dos caballeros a su salón y, después de calentarlos con whisky, se divertía haciéndoles cantar, bailar o pelear, según su talante.
Era entre la una y las dos de la madrugada cuando regresaba Cassy de socorrer al pobre Tom y oyó el sonido de alocados gritos, alaridos y cantos provenientes del salón, mezclados con los ladridos de los perros y otros síntomas de alboroto general.
Subió los escalones del porche y miró adentro. Legree y los dos supervisores, muy borrachos, cantaban, voceaban, derribaban sillas e intercambiaban toda clase de horrendas y ridículas muecas.
Apoyó la pequeña mano en la persiana de la ventana y los observó fijamente; había infinidad de angustia, desprecio y feroz amargura en sus ojos negros mientras miraba. «¿.Sería pecado librar al mundo de semejante desgraciado?» se preguntaba.