La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
– ¿Puedo hacer algo más por ti, pobre hombre? -preguntó, acercándose a donde yacía Tom-. ¿Te doy más agua?
Había una dulzura tierna y compasiva en su voz y sus modales cuando dijo esto que contrastaba de manera extraña con su locura anterior.
Tom bebió el agua y miró intensa y compasivamente su rostro.
– ¡Ay, señora, ojalá acudiera usted a Él, que le puede dar el agua de la vida!
– ¡Acudir a Él! ¿Quién es? ¿Dónde está? -preguntó Cassy.
– Aquél del que me ha leído usted: el Señor.
– Solía ver un cuadro de Él sobre el altar cuando era una niña -dijo Cassy, cuyos ojos adoptaron una expresión de ensueño nostálgico-; pero Él no está aquí. ¡No hay nada más aquí que el pecado y una larga, larguísima desesperación! ¡Ay! y se puso la mano sobre el pecho y suspiró, como para quitarse un peso muy grande.
Parecía que Tom iba a decir algo más, pero ella le interrumpió con un gesto cortante.
– No hables, pobre amigo. Intenta dormir, si puedes y, tras dejar agua a su alcance y disponer todas las pequeñas comodidades que se le ocurrieron, Cassy salió del cobertizo.
CAPÍTULO XXXV
Con todo, pueden ser pequeñas las cosas que devuelvan al corazón el peso que pretende quitarse para siempre; puede ser un sonido, una flor, el viento, el océano lo que herirá la oscura cadena eléctrica que nos ata.
Peregrinaje de Childe Harold, Canto 4
El salón de la casa de Legree era una habitación larga y ancha con una gran chimenea. Una vez había estado decorado con un papel caro y vistoso, que ahora caía en jirones mohosos de las húmedas paredes. El lugar tenía ese peculiar olor insalubre y nauseabundo causado por una mezcla de humedad, mugre y podredumbre, que a menudo se nota en las viejas casas abandonadas. El papel de la pared también estaba manchado de salpicaduras de cerveza y vino o engalanado con apuntes y largas sumas escritos con tiza, como si alguien se hubiera dedicado a hacer ejercicios de aritmética. En el hogar había un brasero lleno de carbón candente, porque, aunque no hacía frío, las tardes eran siempre húmedas y frescas en aquel gran aposento y además Legree lo quería para poder encenderse los cigarros y calentar el agua para el ponche. El fulgor rojizo de las brasas iluminaba el aspecto confuso y desordenado de la habitación: sillas de montar, bridas, varias clases de arnés, fustas de montar, abrigos y diferentes prendas de vestir yacían caóticamente dispersos por todo el salón; y los perros, de los que hemos hablado anteriormente, se habían instalado a sus anchas donde mejor les había parecido entre ellos.
Legree se está preparando un vaso de ponche en este momento, vertiendo el agua caliente de una jarra agrietada y sin pitorro y refunfuñando al mismo tiempo:
– ¡Maldito sea ese Sambo por meter cizaña entre yo y los nuevos braceros! ¡Ese tipo no estará en condiciones de trabajar durante una semana, y eso que estamos en el momento de más trabajo de la temporada!
– Sí, es típico de ti -dijo una voz que provenía de detrás de su sillón. Era Cassy, que le había sorprendido en pleno soliloquio.
– ¡Ajá, bruja! Conque has vuelto, ¿eh?
– Sí -dijo ella con aplomo-, y he venido para hacer lo que me dé la gana, además.
– ¡No es verdad, zorra! Yo cumpliré mi palabra. O te comportas debidamente o te quedas en los barracones y vives y trabajas como los demás.
– ¡Prefiero diez mil veces -dijo la mujer- vivir en el agujero más inmundo de los barracones que estar bajo tu pezuña! -Pero, te guste o no, estás bajo mi pezuña -dijo él, dirigiéndole una mueca bestial- y eso es un consuelo. Así que siéntate aquí en mi regazo, querida, y escucha la voz de la razón -dijo él, cogiéndola por la muñeca.
– ¡Simon Legree, ten cuidado! -dijo la mujer, con un rápido destello de los ojos, una mirada tan salvaje y alocada que daba miedo--. Me tienes miedo, Simon -dijo deliberadamente-, ¡y con razón! ¡Ten cuidado, porque tengo el diablo dentro de mí!
Susurró las últimas palabras con un acento sibilante junto a su oído.
– ¡Vete! ¡Verdaderamente creo que es cierto! -dijo Legree, apartándola y mirándola con inquietud-. Después de todo, Cassy -dijo-, ¿por qué no puedes ser mi amiga como antes?
– ¡Como antes! -dijo ella amargamente. Se detuvo, porque le impidió hablar una oleada de sentimientos ahogados que acudió a su corazón.
Cassy siempre había ejercido sobre Legree ese tipo de influencia que una mujer fuerte y apasionada puede ejercer sobre el hombre más brutal; pero últimamente se había ido poniendo cada vez más irritable y desasosegada bajo el odioso yugo de su servidumbre y su irritabilidad se convertía a veces en locura desenfrenada; y este hecho la convertía en objeto de espanto a los ojos de Legree, que tenía el horror supersticioso a los locos que se ve frecuentemente entre las mentes burdas y sin instrucción. Cuando Legree llevó a Emmeline a la casa, todos los rescoldos agonizantes de solidaridad femenina se reavivaron en el cansado corazón de Cassy, que se puso de parte de la muchacha, y, en consecuencia, hubo una feroz riña entre ella y Legree. Este, furioso, juró que la pondría a trabajar en el campo si no se tranquilizaba. Cassy, con altivo desprecio, declaró que quería ir al campo. Y fue a trabajar un día allí, como ya hemos visto, para demostrar la poca mella que le hacía la amenaza.
En secreto, Legree se sintió inquieto todo el día, puesto que Cassy tenía una influencia sobre él de la que era incapaz de librarse. Cuando presentó su cesta para que la pesaran, él esperaba alguna concesión, por lo que se dirigió a ella con un tono medio conciliatorio, medio despectivo; ella le había respondido con total desprecio.
El ultrajante tratamiento al fue sometido el tío Tom la indignó aun más, así que siguió a Legree hasta la casa sin otro propósito que echarle en cara su brutalidad.
– ¡Ojalá te comportaras de forma decente, Cassy! -dijo Legree.
– ¡Y tú hablas de comportarse con decencia, tú, que ni siquiera tienes bastante sensatez como para no echar a perder a uno de tus mejores trabajadores en temporada alta, sólo por tu mal genio!
– He sido idiota, ésa es la verdad, para permitir que surgiera semejante disputa -dijo Legree-, pero una vez que se puso terco el muchacho, había que domesticarlo.
– No creo que consigas domesticarlo.
– ¿Que no? -preguntó Legree, levantándose apasionado-. ¡Ya veremos si lo domestico! ¡Sería el primer negro que me pudiera a mí! ¡Le romperé cada hueso del cuerpo, pero se someterá!
En ese momento, se abrió la puerta y entró Sambo. Se acercó, hizo una reverencia y le tendió un envoltorio de papel.
– ¿Qué es eso, perro? -preguntó Legree.
– ¡Es una cosa de brujas, amo!
– ¿Una qué?
– Una cosa que los negros sacan a las brujas. Evita que sufran cuando los azotan. El lo llevaba atado al cuello con una cuerda negra.
Legree, como la mayoría de los hombres crueles y descreídos, era supersticioso. Cogió el papel y lo desdobló con cautela.
Salieron a la luz un dólar de plata y un largo y lustroso rizo de cabello rubio, que se enredó entre los dedos de Legree como si tuviera vida propia.
– ¡Maldita sea! -gritó, con saña repentina, pataleando y tirando furiosamente del cabello como si le quemase-. ¿De dónde ha salido esto? ¡Quítamelo! ¡Quémalo, quémalo! -aullaba, arrancándoselo y tirándolo sobre las ascuas-. ¡.Por qué me has traído eso?
Sambo se quedó con la pesada boca abierta de par en par, estupefacto de asombro; y Cassy, que estaba disponiéndose a salir de la habitación, se detuvo y lo miró con total incredulidad.