La Cabaña Del Tío Tom
- Автор: Stowe Harriet Beecher
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
Se apartó deprisa y se encaminó a una puerta trasera, subió una escalera y llamó a la puerta de Emmeline.
CAPÍTULO XLVI
Cassy entró en la habitación y encontró a Emmeline sentada, pálida de miedo, en el rincón más apartado. Cuando entró, la muchacha se sobresalto con nerviosismo; pero, al ver quién era, se abalanzó sobre ella y la cogió del brazo, diciendo:
– Oh, Cassy, eres tú. ¡Me alegro tanto de que hayas venido! Tenía miedo de que fuese… ¡Ay, no sabes qué ruidos más horribles ha habido toda la noche allí abajo!
– Ya puedo saberlo -dijo Cassy secamente-. Lo he oído bastantes veces.
– Oh, Cassy, dime, ¿no podremos escaparnos de este lugar? ¡No me importa adónde… a los pantanos entre serpientes, a cualquier sitio! ¿No podemos escapamos a algún sitio lejos de aquí?
– A ninguno excepto a nuestras tumbas -dijo Cassy.
– ¿Lo has intentado alguna vez?
– He visto intentarlo bastantes veces, y he visto cómo acaba -dijo Cassy.
Yo estaría dispuesta a vivir en los pantanos y roer la corteza de los árboles. ¡No me dan miedo las serpientes! ¡Prefiero tener a una serpiente cerca que a él! -dijo Emmeline con vehemencia.
– Aquí ha habido muchas personas de la misma opinión que tú -dijo Cassy-; pero no podrías quedarte en los pantanos: te perseguirían los perros y te traerían de vuelta, y entonces… entonces…
– ¿Qué haría? -preguntó la muchacha, mirándole la cara y conteniendo el aliento.
– ¡Qué es lo que no haría, deberías preguntar! -dijo Cassy-. Aprendió bien su oficio entre los piratas de las Antillas. No dormirías mucho si yo te contara las cosas que he visto, las cosas que cuenta a veces, como broma. He oído gritos aquí que no he podido quitarme de la cabeza durante semanas y semanas. Hay un sitio allá abajo, cerca de los barracones, donde se ve un árbol negro y destrozado y todo el suelo cubierto de cenizas negras. Pregunta a cualquiera qué ocurrió allí, a ver si se atreven a contártelo.
– ¡Oh! ¿Qué quieres decir?
– No te lo diré. No soporto pensarlo. Y ya te digo, sólo el Señor sabe lo que veremos mañana, si ese pobre sigue como ha empezado.
– ¡Es horrible! -dijo Emmeline, cuyo rostro se quedó exangüe al oírlo-. ¡Oh Cassy, dime lo que he de hacer!
– Lo que he hecho yo. Lo mejor que puedas… haz lo que debas, y compénsalo odiando y maldiciéndolo.
– Pretendía que bebiera un poco de su asqueroso brandy dijo Emmeline- y lo odio tanto…
– Más te valdría beberlo -dijo Cassy-. Yo también lo odiaba, y ahora no sé vivir sin él. Una debe tener algo; las cosas no parecen tan terribles cuando tomas eso.
– Mi madre me decía que no tomara nada parecido -dijo Emmeline.
– ¡Te lo decía tu madre!-dijo Cassy, poniendo amargo y conmovedor énfasis en la palabra «madre»-. ¿De qué sirve que las madres nos digan nada? A todos nos venden y pagan por nosotros con dinero, y nuestras almas pertenecen al que nos compra. Así son las cosas. Conque yo te digo que bebas brandy; bebe todo lo que puedas, y te hará más fáciles las cosas.
– ¡Ay, Cassy, compadécete de mí!
– ¡Compadecerme de ti! ¿Acaso no te compadezco? ¿No tengo una hija… Dios sabe dónde está y de quién es ahora… que irá por el mismo camino que fue su madre antes que ella, supongo, y por el que irán sus hijas después? ¡No acabará la maldición, jamás!
– ¡Ojalá no hubiera nacido! -dijo Emmeline, retorciéndose las manos.
– Ése es un viejo deseo mío -dijo Cassy-. Ya me he acostumbrado a desear eso. Me moriría si me atreviese -dijo, mirando afuera a la oscuridad con la expresión de tranquila desesperación que era la habitual de su cara en reposo.
– Sería malvado matarse -dijo Emmeline.
– No sé por qué; no más malvado que las cosas que vemos y hacemos día tras día. Pero las hermanas me contaban cosas, cuando estuve en el convento, que me hacen temer la muerte. Si fuera el final de todo, pues entonces…
Emmeline se dio la vuelta y escondió el rostro entre las manos.
Mientras tenía lugar esta conversación en el dormitorio, Legree, vencido por la parranda, se había quedado dormido abajo en el salón. Legree no era un borracho habitual. Su burda y fuerte naturaleza ansiaba y aguantaba un estímulo constante, que habría destrozado y enloquecido completamente una naturaleza más delicada. Pero un espíritu profundamente arraigado de prudencia impedía que sucumbiese a menudo a sus ansias de beber tanto como para perder el control de sí mismo.
Esta noche, sin embargo, en los esfuerzos febriles por desterrar de su mente aquellos temidos elementos de pena y remordimiento que se habían despertado en su interior, se había abandonado más de lo habitual, de manera que, cuando despidió a sus negros asistentes, cayó pesadamente sobre un sofá del salón y se quedó profundamente dormido.
¡Ay! ¿.Cómo se atreve el alma malvada a entrar en el tenebroso mundo de los sueños? ¿En esa tierra cuyos oscuros confines están tan temiblemente cerca de la mística escena de la retribución? Legree soñaba. En su sueño pesado y febril, una figura envuelta en velos se erguía a su lado y le puso la fría y suave mano encima. Le pareció saber quién era y se estremeció con un horror creciente, aunque la cara estaba oculta. Entonces le pareció sentir aquel mechón enroscarse en sus dedos, y después deslizarse alrededor de su cuello y tensarse cada vez más hasta no permitirle respirar; y después creyó que unas voces le susurraban palabras que le helaban de espanto. Luego le pareció que estaba en el borde de un abismo terrible, sujetándose y luchando con un terror mortal, mientras oscuras manos se extendían para llevarlo abajo; y Cassy se le acercó por detrás, riéndose, y lo empujó. Y después se irguió la solemne figura tapada y levantó el velo. Era su madre; y le volvió la espalda y él se cayó abajo, abajo, entre un confuso ruido de chillidos y gemidos y carcajadas demoníacas… y Legree despertó.
La luz rosácea de la aurora se filtraba dentro de la habitación. La estrella matutina miraba al hombre pecador con su solemne ojo sagrado desde el cielo del amanecer. ¡Ay, con qué frescura, con qué solemnidad y belleza, nace cada nuevo día!, como si dijera al hombre insensato «¡Mira, tienes otra oportunidad! ¡Lucha por conseguir la gloria inmortal!». No hay palabras ni lenguaje donde no se oiga esta voz, pero el hombre vil y malvado no la oyó. Se despertó con un juramento y una blasfemia. ¿Qué le importaba a él el oro y la púrpura, el milagro cotidiano del amanecer? ¿Qué le importaba a él la santidad de la estrella elegida por el Hijo de Dios como su propio emblema? Como una bestia, veía sin percibir; adelantándose a trompicones, se sirvió un vaso de brandy y se bebió la mitad de un trago.
– ¡He pasado una noche del infierno! -le dijo a Cassy, que entraba en ese momento por una puerta que estaba enfrente.
– ¡Pasarás muchas noches de ésas, dentro de poco! -dijo ella secamente.
– ¿Qué quieres decir, zorra?
– Ya te enterarás un día de éstos -replicó Cassy con el mismo tono-. Bien, Simon, tengo un consejo que darte.
– ¡No me digas!
– Mi consejo es -dijo Cassy serenamente, mientras arreglaba unas cosas de la habitación- que dejes en paz a Tom.
– ¿Y por qué te importa a ti?
– ¿Que por qué me importa? Desde luego, no se me ocurre el porqué. Si tú quieres pagar mil doscientos por un tipo y dejarlo inservible en plena temporada, sólo por despecho, no es asunto mío; yo he hecho lo que he podido por él.
– ¿Ah, sí? ¿Y con qué derecho te entrometes en mis asuntos?