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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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CAPÍTULO XXXIV

LA HISTORIA DE LA CUARTERONA

Vi el llanto de los oprimidos, sin tener quien los consuele; la violencia de sus verdugos, sin quien los vengue. Felicité a los muertos que perecieron, más que a los vivos que aún viven.

Eclesiastés 4,1

Era muy tarde por la noche y Tom yacía gimiendo y sangrando a solas, en un cuartucho abandonado en la nave de los desmotadores, entre pedazos de maquinaria rota, pilas de algodón inservible y otras basuras acumuladas allí.

Era una noche húmeda y bochornosa y el aire estaba plagado de nubes de mosquitos, que aumentaban el constante tormento de sus heridas, mientras que una sed abrasadora, más tortura que todo lo demás, acrecentaba su malestar fisico al máximo.

– ¡Oh, buen Señor, mira hacia abajo, concédeme la victoria sobre todo! -rezaba el pobre Tom con angustia.

Se oyó una pisada en la habitación detrás de él y la luz de una linterna le deslumbró.

– ¿Quién anda ahí? ¡Ay, por piedad del Señor, por favor dadme un poco de agua!

La mujer Cassy, pues ella era, dejó su linterna y, vertiendo agua de una botella, le levantó la cabeza y le dio de beber. Vació una taza detrás de otra con ansia febril.

– Bebe todo lo que quieras -dijo ella-. Sabía lo que iba a suceder. No es la primera vez que salgo por la noche para llevar agua a personas en tu estado.

– Gracias, señora -dijo Tom cuando terminó de beber.

– ¡No me llames señora! ¡Soy una esclava miserable como tú, más baja de lo que tú puedas serlo nunca! -dijo con amargura-. Pero ahora -dijo, acercándose a la puerta y arrastrando un pequeño jergón, sobre el que había extendido lienzos humedecidos con agua fría-, intenta arrastrarte hasta aquí, pobre hombre.

Entumecido por sus heridas y sus magulladuras, Tom tardó mucho en llevar a cabo esta acción; pero, una vez la hubo realizado, sintió un gran alivio gracias al efecto refrescante sobre sus lesiones.

La mujer, conocedora de muchas artes curativas gracias a su larga práctica con las víctimas de la brutalidad, continuó aplicando remedios a las heridas de Tom, lo que le proporcionó bastante alivio.

– Ahora -dijo la mujer, después de apoyar la cabeza de Tom sobre un rollo de algodón de desecho que hacía las veces de almohada-, eso es lo mejor que puedo hacer por ti.

Tom le dio las gracias; y la mujer, sentándose en el suelo, encogió las rodillas, las rodeó con los brazos y se quedó mirando fijamente delante de ella, con una expresión amarga y dolorida en la cara. Su sombrero se cayó hacia atrás y largas ondas de cabello negro ciñeron su rostro singular y melancólico.

– ¡Es inútil, pobre hombre! -dijo por fin-. Lo que has estado intentando hacer no sirve de nada. Has sido valiente y tenías razón; pero es imposible que luches y no sirve de nada. ¡Estás en manos del diablo; él es el más fuerte y debes rendirte!

¡Rendirse! ¿No le habían sugerido lo mismo la debilidad humana y el dolor fisico? Tom se sobresaltó, porque la mujer amargada con sus ojos extraviados y su voz melancólica le parecía la personificación de la tentación contra la que había luchado.

– ¡Ay, Señor, ay, Señor! -gimió-. ¿Cómo puedo rendirme?

– No sirve de nada invocar al Señor: Él nunca escucha -dijo la mujer con firmeza-. Yo creo que no existe Dios, o, si existe, se ha puesto en contra de nosotros. Todo está contra nosotros, el Cielo y la Tierra. Todo nos empuja hacia el infierno. ¿Por qué no íbamos a ir?

Tom cerró los ojos y se estremeció al oír las palabras tenebrosas y ateas.

– El caso es -dijo la mujer- que tú no sabes nada al respecto y yo sí. Llevo cinco años en este lugar, sometida cuerpo y alma bajo el pie de este hombre, ¡y lo odio por ello tanto como odio al diablo! Aquí estás, en una solitaria plantación, a diez millas de la más próxima, en mitad de los pantanos; no hay una persona blanca que pueda dar testimonio si te queman vivo, si te escaldan, te cortan en pedacitos, dejan que te coman los perros o te cuelgan y te azotan hasta matarte. Aquí no hay ley, ni de Dios ni del hombre, que te pueda ayudar a ti o a cualquiera de nosotros; y ¡este hombre! No hay nada en el mundo que no sea capaz de hacer. Podría ponerle los pelos de punta a cualquiera si contara simplemente lo que he visto y conocido aquí… ¡y no sirve de nada resistirse! ¿Quería yo convivir con él? ¿No he sido una mujer bien educada?, y él, ¡Dios mío!, ¿qué era y qué es? Y sin embargo, he convivido con él durante cinco años y he maldecido cada minuto de mi vida, noche y día. Y ahora tiene a una nueva, una jovencita de quince años y educada, según dice, piadosamente. Su buena ama le enseñó a leer la Biblia; y ha traído su Biblia… ¡que se vaya al infierno! y la mujer soltó una carcajada alocada y lastimosa, que resonó con un eco extraño y sobrenatural por todo el viejo cobertizo ruinoso.

Tom juntó las manos; todo era oscuridad y horror.

– ¡Oh, Jesús, Señor Jesús!, ¿te has olvidado de nosotros los pobres? -estalló por fin-. ¡Ayúdame, Señor, que perezco!

La mujer prosiguió con firmeza:

– ¿Y quiénes son esos miserables perros con los que trabajas, para que tú sufras por ellos? Cada uno de ellos se pondría en tu contra a la primera oportunidad. Son todos tan crueles y despiadados unos con otros que no sirve de nada que tú sufras para no hacerles daño.

– ¡Pobres criaturas! -dijo Tom-. ¿Qué es lo que los ha hecho crueles? Y si yo me rindo, me acostumbraré a ello y poco a poco me haré exactamente igual que ellos. ¡No, no, señora! Lo he perdido todo: mujer e hijos, hogar y un amo bondadoso; él me habría dejado libre si hubiera vivido sólo una semana más; lo he perdido todo en este mundo, todo se ha ido para siempre y no puedo permitirme perder también el Cielo. ¡No, no puedo volverme malvado, además de todo!

– Pero no puede ser que el Señor nos haga responsables de estos pecados -dijo la mujer-, no puede hacemos pagar por lo que nos vemos obligados a hacer, sino que lo cargará en la cuenta de quienes nos obligan a hacerlo.

– Sí -dijo Tom-; pero eso no evitará que nos volvamos malvados. Si yo me hago tan despiadado y tan malvado como ese Sambo, no importa mucho cómo; lo que importa es ser así, eso es lo que me da horror.

La mujer dirigió a Tom una mirada sobresaltada como si acabara de ocurrírsele un nuevo pensamiento; después, con un fuerte gemido, dijo:

– ¡Dios tenga piedad de nosotros! Lo que dices es verdad. ¡Ay, ay, ay! y cayó al suelo gimiendo, como una persona retorciéndose bajo el peso aplastante de la angustia mental.

Siguió un rato de silencio, durante el que se oía la respiración de ambas personas, y después dijo Tom con voz débiclass="underline"

– ¡Ay, por favor, señora!

La mujer se levantó de repente con su habitual expresión decidida y melancólica en el rostro.

– Por favor, señora, los vi arrojar mi chaqueta en ese rincón, y mi Biblia está en el bolsillo; si la señora me hace el favor de traérmela.

Cassy fue a por ella. Tom la abrió inmediatamente en un pasaje fuertemente señalado y muy gastado, sobre las últimas escenas de la vida de Aquél cuyas heridas nos salvan a nosotros.

– Si la señora tiene la bondad de leer esto, es mejor que el agua.

Cassy cogió el libro con un aire seco y altivo y miró el pasaje por encima. Después leyó con voz queda y una hermosa entonación extraña la historia conmovedora de angustia y gloria. A menudo, mientras leía, le temblaba la voz y a veces le fallaba del todo; entonces, se detenía con un aire de fría compostura hasta dominarse. Cuando llegó a las emocionantes palabras «Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen», dejó caer el libro y, escondiendo el rostro entre las pobladas masas de su cabello, empezó a sollozar con una fuerza convulsiva.

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