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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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Debemos dejar a Tom un rato en manos de sus torturadores mientras nos volvemos para seguir las aventuras de George y su esposa, a los que dejamos en manos amigables en una granja al borde del camino.

Dejamos a Tom Loker revolviéndose y gruñendo en una inmaculada cama cuáquera, bajo la supervisión maternal de la tía Dorcas, quien le encontraba un paciente tan dócil como si fuera un bisonte enfermo.

Imaginaos a una mujer alta, decorosa y espiritual con un limpio gorro de muselina posado encima de las ondas de su cabello plateado, partidas en medio de una frente despejada debajo de la cual asoman unos ojos grises y pensativos. Un níveo pañuelo de gasa está pulcramente plegado sobre su pecho; su vestido de lustrosa seda marrón susurra pacíficamente mientras se desliza de un lado a otro en el dormitorio.

– ¡Diablos! -dijo Tom, apartando la ropa de cama con brusquedad.

– Debo pedirte, Thomas, que no utilices semejante lenguaje -dijo la tía Dorcas, arreglando tranquilamente la cama.

– Pues no lo utilizaré, abuela, si puedo evitarlo -dijo Tom-; pero hace tanto maldito calor que es difícil no renegar.

Dorcas quitó una colcha y volvió a ordenar la ropa de cama, que remetió hasta conseguir que Tom pareciera una especie de crisálida, comentando al mismo tiempo:

– Me gustaría, amigo, que dejaras de jurar y blasfemar y enmendaras tus modales.

– ¿Por qué demonios -preguntó Tom- iba a pensar en mis modales? Es lo último en lo que quisiera pensar, ¡maldita sea!

Y Tom se sacudió, revolviendo y desordenando la cama, dejándola toda de una forma espantosa de contemplar.

– Ese tipo y esa muchacha están aquí, supongo -dijo él hoscamente tras una pausa.

– Así es -dijo Dorcas.

– Más vale que se larguen al lago -dijo Tom-; cuanto antes, mejor.

– Probablemente lo hagan -dijo la tía Dorcas, tejiendo serenamente.

– Y óyeme -dijo Tom-, tenemos asociados en Sandusky que vigilan los barcos por nosotros. Ahora no me importa contarlo. Espero que se escapen, aunque sólo sea para fastidiar a Marks, ¡condenado perro, maldita sea su estampa!

– ¡Thomas! -dijo Dorcas.

– Te digo, abuela, que si me atas demasiado corto, reventaré -dijo Tom-. Pero en cuanto a la muchacha: diles que la vistan de otra forma para cambiarle de aspecto. Han publicado su descripción en Sandusky.

– Nos encargaremos de ese asunto -dijo Dorcas con su habitual compostura.

Como nos vamos a despedir aquí de Tom Loker, diremos que, después de pasar tres semanas en casa de los cuáqueros, postrado con fiebres reumáticas además de sus otros males, Tom se levantó de la cama algo más triste y más sabio; y, en lugar de atrapar a esclavos, se instaló en una de las nuevas colonias, donde dedicó sus talentos con mejor fortuna a la caza de osos, lobos y otros habitantes del bosque, actividad que le valió una gran reputación en toda la zona. Tom siempre habló de los cuáqueros con respeto.

– Buena gente -solía decir-; quisieron convertirme, pero no lo consiguieron. Pero te diré, forastero, cuidan de maravilla a los enfermos, y ésa es la pura verdad. Hacen los mejores caldos y chucherías del mundo.

Como Tom les había advertido que estarían buscando al grupo en Sandusky, pensaron que sería prudente dividirse. Jim se adelantó solo con su anciana madre, y una noche o dos después llevaron a George y Eliza con su hijo a Sandusky, y los alojaron en un hospital antes de embarcarlos en el lago para el último tramo del viaje.

La noche estaba muy adelantada y la estrella matutina de la libertad se alzaba ante sus ojos -¡palabra eléctrica! ¿Qué tendrá? ¿Es más que un nombre o un recurso retórico? ¿Por qué, hombres y mujeres de Estados Unidos, se os estremece la sangre en el corazón al oír esta palabra, por la que dieron vuestros padres su sangre y vuestras madres estuvieron dispuestas a perder a los más nobles y mejores de los suyos?

¿Tiene algo de glorioso y querido para una nación que no lo sea también para el hombre? ¿Qué es la libertad de una nación sino la libertad de los individuos que viven en ella? ¿Qué es la libertad para aquél joven allí sentado, con los brazos cruzados sobre el ancho pecho, el tinte de sangre africana en su rostro y sus oscuros fuegos en sus ojos? ¿Qué es la libertad para George Harris? Para vuestros padres, la libertad era el derecho de una nación a ser nación. Para él, es el derecho de un hombre a ser hombre, y no bestia; el derecho a llamar esposa a su esposa y protegerla de la violencia sin ley; el derecho a proteger y educar a su hijo; el derecho a tener casa propia, religión propia, personalidad propia y no supeditada a la voluntad de otro. Todos estos pensamientos se revolvían y bullían en el pecho de George mientras apoyaba la cabeza en la mano y miraba a su esposa ajustar a su bonito cuerpo esbelto las prendas de hombre que consideraron que debía vestir para tener mayor seguridad al escapar.

Vamos allá -dijo, colocándose ante el espejo y soltando los abundantes rizos de su cabello negro-. Oye, George, es casi una lástima, ¿verdad? -dijo, levantando juguetona un mechón-, es una lástima que lo tenga que perder, ¿eh?

George sonrió tristemente pero no contestó.

Eliza se volvió hacia el espejo y las tijeras centellearon mientras separaba mechón tras mechón de su cabeza.

– Bueno, ya está bien -dijo, cogiendo un cepillo-; ahora le daré unos toques de fantasía. Bien, ¿no soy un chico muy guapo? -preguntó, volviéndose hacia su marido, vendo y ruborizándose a la vez.

– Siempre serás guapa, hagas lo que hagas -dijo George.

– ¿Por qué estás tan serio? -preguntó Eliza, apoyándose sobre una rodilla y poniendo su mano sobre la de él-. Dicen que estamos a sólo veinticuatro horas del Canadá. ¡Sólo un día y una noche en el lago, y después… ah, después!

– ¡Oh, Eliza! -dijo George, estrechándola en sus brazos-; ¡eso es! Mi destino se ha reducido a un punto fino. ¡Estar tan cerca, casi verlo, y luego perderlo todo! Nunca lo superaría, Eliza.

– No temas -dijo su esposa, esperanzada-. El buen Señor no nos habría dejado llegar tan cerca si no pensara llevarnos hasta el final. Me parece sentir que Él está con nosotros, George.

– ¡Eres una mujer bendita, Eliza! -dijo George, abrazándola con fuerza-. Pero, dime, ¿puede ser para nosotros tan gran misericordia? ¿Pueden acabar tantos años de sufrimiento? ¿Seremos libres?

– Estoy segura, George -dijo Eliza, mirando hacia arriba con lágrimas de esperanza y entusiasmo brillando entre sus largas pestañas negras-. Siento dentro de mí que el Señor nos va a liberar de la esclavitud este mismo día.

Te creo, Eliza -dijo George, levantándose de repente-. Quiero creer; venga, vámonos. Pues, desde luego -dijo, apartándola un poco para mirarla con admiración-, eres un tipo guapo. Esa mata de rizos cortos te favorece bastante. Ponte la gorra, así, un poco ladeada. Nunca te he visto tan guapa. Pero ya casi es la hora del carruaje; me pregunto si la señora Smyth tiene a Harry preparado.

Se abrió la puerta y entró una mujer respetable de mediana edad llevando de la mano al pequeño Harry, vestido con ropas de niña.

– ¡Qué niña más guapa es! -dijo Eliza, haciéndole darse la vuelta-. Le llamaremos Hamet, ¿eh? ¿No le va muy bien el nombre?

El muchacho se quedó muy serio mirando a su madre con su atuendo nuevo y extraño, manteniendo un silencio profundo y suspirando hondamente de vez en cuando al mirarla a hurtadillas a través de sus oscuros rizos.

– ¿No conoces a mamá, Harry? -dijo Eliza, extendiendo los brazos hacia él.

El niño se agarraba tímidamente a la mujer.

– Vamos, Eliza, ¿por qué intentas hacerle mimos si sabes que hay que mantenerlo alejado de ti?

– Sé que es tonto -dijo Eliza-, pero no soporto ver que me rechace. Pero, vamos, ¿dónde está mi capa? Aquí está. ¿Cómo os ponéis la capa los hombres, George?

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