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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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«Como quieras», me dijo, «pero si no te comportas de forma razonable, venderé a los dos niños y no los volverás a ven». Me dijo que se había propuesto conseguirme la primera vez que me vio; que había enredado a Henry a propósito hasta que contrajera deudas para que estuviese dispuesto a venderme. Que había conseguido que se enamorara de otra mujer y que me diera cuenta de que, después de todo eso, no me iba a dejar por unas lágrimas y unos aires y cosas de ese tipo.

Me rendí, pues tenía las manos atadas. Él tenía a mis hijos; cada vez que me enfrentaba a él, hablaba de venderlos y conseguía tenerme todo lo sumisa que podía desear. ¡Qué vida aquélla! Vivía con el corazón roto, ¡día tras día, seguir amando y amando, cuando no servía de nada, y estar ligada en cuerpo y alma a uno al que odiaba! Me solía encantar leer para Henry, tocar para él, bailar con él y cantar para él; pero todo lo que hacía para éste era un absoluto engorro, pero tenía miedo de negarle nada. Era muy dominante y brusco con los niños. Elise era tímida y poca cosa, pero Henry era arrojado y fogoso como su padre y nadie lo había sometido lo más mínimo. Siempre lo censuraba y le reñía, y yo pasaba los días asustada y aterrorizada. Intentaba hacer que el muchacho le mostrara respeto; intentaba mantenerlos separados, porque me aferraba a aquellos niños con todas mis fuerzas, pero no sirvió de nada. Vendió a los dos niños. Me llevó de paseo un día y, cuando regresé a casa, ¡ellos no estaban! Me dijo que los había vendido; me enseñó el dinero, el precio de su sangre. Entonces fue como si me abandonase la razón. Maldecía y bramaba, maldije a Dios y al hombre y, durante algún tiempo, creo que me tenía miedo. Pero no se rindió así como así. Me dijo que había vendido a los niños pero el que yo volviera o no a ver sus caras dependía de él; y que, si no me callaba, ellos pagarían. Bien, puedes hacer cualquier cosa con una mujer si tienes a sus hijos. Me hizo someterme; me hizo pacífica; me ilusionaba con esperanzas de que quizás los volviese a comprar; y así fueron pasando los días durante. una semana o dos. Un día había salido de paseo y pasé delante del calabozo; vi una muchedumbre reunida en tomo a la puerta y oí la voz de un niño; de repente mi Henry se escapó de las garras de dos o tres hombres que lo sujetaban y vino corriendo y chillando a cogerse de mis faldas. Ellos se acercaron, maldiciendo de forma terrible; y un hombre, cuya cara nunca olvidaré, le dijo que así no se iba a escapar, que lo iba a acompañar dentro del calabozo donde aprendería una lección que jamás iba a olvidar. Intenté rogarle y suplicarle; ellos se rieron; el pobre niño chillaba, me miraba a la cara y se agarraba a mí hasta que, al apartarlo de allí, me arrancaron la mitad de la falda y se lo llevaron dentro gritando «¡Madre, madre, madre!». Un hombre de los que había allí parecía tenerme lástima. Le ofrecí todo el dinero que tenía si intervenía. Negó con la cabeza, diciendo que el niño había sido impertinente y desobediente desde que lo compró; y que lo iba a domesticar de una vez por todas. Me di la vuelta y salí corriendo, y me pareció oírlo gritar a cada paso del camino. Llegué a la casa sin aliento y corrí al salón, donde se encontraba Buder. Se lo conté y le rogué que fuera a intervenir. Sólo se rió y me dijo que el niño se llevaba su merecido. Tenían que domarlo, tarde o temprano y «<qué me esperaba yo?».

Me parece que en ese momento algo se rompió en mi cabeza. Me sentí mareada y furiosa. Recuerdo que vi un afilado cuchillo de caza sobre la mesa; recuerdo vagamente haberlo cogido y haberme lanzado contra él; y después todo es oscuridad y no recuerdo más, durante muchos días.

Cuando volví en mí, estaba en una bonita habitación, pero no era la mía. Una vieja mujer negra me atendía y vino un médico a verme y me cuidaban mucho. Después me enteré de que él se había marchado y me había dejado en esta casa para que me vendieran, y por eso se esmeraron tanto en cuidarme.

No quería curarme y esperaba no sanar más pero, a pesar mío, se me pasó la fiebre y me puse sana y finalmente me levanté. Entonces me obligaron a vestirme todos los días; y venían caballeros y se quedaban de pie, fumaban cigarros y me miraban y hacían preguntas y debatían mi precio. Estaba tan lúgubre y callada que no me quería ninguno de ellos. Amenazaron con azotarme si no me ponía más alegre y me esforzaba por ser más amable. Por fin, un día acudió un caballero de apellido Stuart. Pareció tenerme simpatía; se dio cuenta de que había algo terrible en mi corazón y vino a verme a solas muchas veces y finalmente me persuadió para que se lo contara. Al final me compró y prometió hacer todo lo posible por localizar a mis hijos y comprarlos. Fue al hotel donde había estado mi Henry; le dijeron que lo habían vendido a un plantador del río Pearl; eso fue lo último que supe de él. Luego averiguó dónde estaba mi hija; la cuidaba una mujer vieja. Ofreció una cantidad inmensa por ella pero no quisieron venderla. Butler se enteró de que la quería comprar para mí y me mandó recado de que nunca la conseguiría. El capitán Stuart fue muy amable conmigo; tenía una magnífica plantación y me llevó allí. Al cabo de un año, di a luz a un hijo. ¡Ay, ese niño, cuánto lo quería! ¡Se parecía muchísimo a mi pobre Henry! ¡Pero había decidido que nunca más dejaría que un hijo mío viviera para hacerse adulto! Cogí al pequeño en brazos cuando tenía dos semanas y lo besé y lloré; y después le di láudano y lo estreché contra mi pecho hasta que murió en sueños. ¡Cómo lo eché de menos! Cualquiera hubiera pensado que administrarle el láudano fue un error, pero es una de las pocas cosas de las que me alegro ahora. No me arrepiento tampoco hoy; por lo menos ha dejado de sufrir. ¿Qué le podía dar mejor que la muerte, a la pobre criatura? Poco después, hubo una epidemia de cólera y se murió el capitán Stuart; morían todos los que querían vivir y yo, aunque me acercaba a la puerta de la muerte, ¡seguía viva! Después me vendieron y pasé de mano en mano hasta que me marchité y me llené de arrugas y tuve unas fiebres; luego me compró este desgraciado y me trajo aquí y ¡aquí estoy!

La mujer se calló. Había contado su historia apresuradamente con un acento bravo y apasionado; a veces parecía dirigirse a Tom y a veces hablaba para sí misma. La fuerza con la que hablaba era tan vehemente y sobrecogedora que, durante un rato, Tom olvidó incluso el dolor de sus heridas y, apoyándose en un codo, la miraba pasear inquieta de un lado a otro, con su larga melena ondulando alrededor de ella con cada movimiento.

– Tú me dices -dijo tras una pausa- que hay un Dios, un Dios que mira hacia abajo y ve todas estas cosas. Quizás sea así. Las hermanas del convento me hablaban del día del juicio, cuando todo saldrá a la luz; ¡sí que habrá venganza entonces!

Creen que lo que sufrimos no es nada; que lo que sufren nuestros hijos no es nada. Todo es poca cosa; sin embargo, me ha parecido andar por las calles con bastante dolor en mi corazón como para hundir la ciudad entera. He deseado que las casas cayeran sobre mí o que se desmoronaran las piedras bajo mis pies. Sí, y en el día del juicio ¡prestaré declaración ante Dios contra los que me han echado a perder a mí y a mis hijos!

Cuando era niña, creía ser religiosa; amaba a Dios y amaba las oraciones. Ahora soy un alma perdida, perseguida por demonios que me atormentan día y noche; me empujan siempre hacia adelante, y… ¡lo haré un día de éstos! -dijo apretando el puño, mientras se prendía una luz de locura en sus ojos oscuros-. ¡Lo enviaré al lugar donde pertenece, es poca distancia, una de estas noches, aunque me quemen viva por ello! -resonó una prolongada carcajada salvaje a través del cobertizo desierto, y terminó con un sollozo histérico; se tiró al suelo entre convulsiones de llanto y sufrimiento.

Unos instantes después, pareció haberse agotado su frenesí; se levantó despacio y se serenó.

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