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La Cabaña Del Tío Tom

Электронная книга - «La Cabaña Del Tío Tom». Краткое содержание книги:

De la autora abolicionista estadounidense Harriet Beecher Stowe, La Cabaña del tío Tom es una novela cuyo tema central es la esclavitud. Fue publicada en 1852, y causó gran polémica por la división de posturas que existían en el país en vísperas de la Guerra Civil. Fue la novela más vendida en el siglo XIX.
El libro narra los acontecimientos de la vida del Tío Tom, un esclavo negro del sur de Estados Unidos que pasa de unos amos a otros, construyendo anécdotas entrelazadas y que reflejan la realidad de los esclavos americanos de la época, creando un contraste entre los personajes bondadosos y el contexto de injusticia en el que viven.
Su importancia radica en que es una novela con un gran contenido sentimental que que pretende crear un retrato y establecer una denuncia. Stowe logra la identificación del lector con los personajes, y con ello la comprensión más profunda de la injusticia. Es una novela que se conserva como manifestación histórica, que si bien es exagerada, tiene un objetivo claro y bien logrado.
Es recomendable porque nos da a conocer una parte importante e interesante de la historia estadounidense. Divertida, ligera y llena de sentimientos conmovedores (Escrito por Andrea Pieck)
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– Debes llevarla así -dijo su marido, echándosela por encima de los hombros.

– Así, entonces -dijo Eliza, imitando su movimiento-; y debo pisar fuerte y dar zancadas y poner cara de insolente.

– No te esfuerces -dijo George-. De vez en cuando existe un joven recatado y creo que te sería más fácil hacer ese papel.

– ¡Y estos guantes, que Dios se apiade de nosotros! dijo Eliza-. Se me pierden las manos dentro de ellos.

– Te aconsejo que los mantengas puestos todo el tiempo -dijo George-. Tu manita fina podría delatarnos a todos. Ahora, señora Smyth, usted viene a nuestro cargo y será nuestra tía, acuérdese.

– Me he enterado -dijo la señora Smyth- de que han venido hombres a alertar a los capitanes de los paquebotes sobre un hombre y una mujer con un niño pequeño.

– ¿Ah, sí? -preguntó George-. Bien, si vemos personas así, se lo diremos.

En ese momento un coche de alquiler se detuvo en la puerta y la familia amable que había acogido a los fugitivos se agrupó en tomo a ellos para despedirlos.

Los disfraces que había adoptado el grupo iban de acuerdo con las sugerencias de Tom Loker. Afortunadamente, la señora Smyth, una mujer respetable de la colonia del Canadá adonde se dirigían, que estaba a punto de cruzar el lago para regresar allá, había consentido en hacer de tía del pequeño Harry; y para que le cogiera cariño, éste había pasado los dos últimos días bajo sus cuidados exclusivos; una cantidad enorme de mimos, junto con una ración ingente de tortas y caramelos, había cimentado un cariño muy firme por parte del joven caballero.

El coche los llevó al muelle. Los dos jóvenes caballeros, como parecían, subieron al barco por la plancha, Eliza galantemente ofreciendo el brazo a la señora Smyth y George haciéndose cargo del equipaje.

George estaba en la oficina del capitán para pagar el pasaje de su grupo cuando oyó hablar a dos hombres cerca de él.

– He mirado a todos los que han subido a bordo -dijo uno- y sé que no están en este barco.

La voz era del administrador del barco. El interlocutor a quien se dirigía era nuestro antiguo amigo Marks que, con esa perseverancia tan valiosa que le caracterizaba, se había presentado en Sandusky para ver a quien podía aniquilar.

Apenas se puede distinguir a la mujer de una blanca -dijo Marks-. El hombre es un mulato muy claro, y tiene la marca de un hierro en una mano.

La mano con la que George cogía los billetes y su vuelta tembló levemente; pero se volvió tranquilamente, fijó una mirada indiferente en el rostro del que hablaba y se encaminó lentamente a otra zona del barco, donde lo esperaba Eliza.

La señora Smyth se fue con Harry en busca de la intimidad del camarote de las señoras, donde la belleza cetrina de la niña atraía muchos comentarios halagadores de las pasajeras.

George tuvo la satisfacción, cuando sonó la campana de despedida, de ver a Marks bajar a tierra por la plancha, y dio un hondo suspiro de alivio cuando el barco había puesto entre ellos una distancia infranqueable.

Era un día magnífico. Las olas azules del lago Ene bailaban, se rizaban y rutilaban a la luz del sol. Soplaba un aire fresco desde la orilla y el barco señorial avanzaba lenta y majestuosamente.

¡Qué mundo inenarrable encierra el corazón humano! ¿Quién imaginaría, al ver a George caminar arriba y abajo por la cubierta del barco de vapor con su tímido compañero a su lado, todo lo que ardía dentro de su pecho? El maravilloso bien que se aproximaba parecía demasiado bueno, demasiado hermoso para ser real, y sentía a cada momento del día un recelo horroroso de que algo pudiera arrebatárselo.

Pero el buque siguió avanzando. Pasaron veloces las horas y, por fin, se alzaron claras y plenas las benditas orillas inglesas; orillas hechizadas por una poderosa varita, un toque de la cual disolvía cada sortilegio de esclavitud, fuese cual fuese el idioma en el que se pronunciase o el poder nacional que lo sancionase.

George permaneció cogido del brazo de su esposa mientras el barco se acercaba al pequeño pueblo de Amhertsberg, en Canadá. Su respiración se hizo rápida y entrecortada; se le nublaron los ojos; apretó en silencio la pequeña mano que temblaba sobre su brazo. Sonó la campana; el barco se detuvo. Sin ver apenas lo que hacía, buscó su equipaje y reunió a su pequeño grupo. La compañía bajó a tierra. Se quedaron quietos hasta que el barco se hubiese apartado; entonces, entre lágrimas y abrazos, se arrodillaron marido y mujer, con su hijo perplejo en los brazos, y elevaron sus corazones al Señor.

«Era algo así como volver de la muerte a la vida;

de las mortajas de la tumba a los mantos del cielo;

del dominio del pecado y de las luchas de la pasión,

a la libertad pura de un alma llena de gracia;

donde se rasgan las ligaduras de la muerte y el infierno,

y el mortal se inviste de inmortalidad,

cuando la mano de la Misericordia gira la llave,

y su voz dice: “Regocíjate, que tu alma está libre.”»

La señora Smyth llevó al pequeño grupo a la casa hospitalaria de un buen misionero, que la caridad cristiana ha colocado aquí como pastor para guiar a los desterrados y a los errantes, que vienen constantemente a encontrar asilo en esta orilla.

¿Quién puede hablar de la felicidad de ese primer día de libertad? ¿No es el sentido de la libertad más hermoso y más elevado que los otros cinco? ¡Moverse, hablar, respirar… entrar y salir sin vigilancia, libres de peligro! ¿Quién puede hablar de la felicidad del descanso que emana de la almohada del hombre libre, que duerme bajo leyes que le garantizan los derechos que Dios ha dispensado a los hombres? ¡Qué bello y precioso para aquella madre el rostro de su hijo dormido, más apreciado aún por el recuerdo de los mil peligros pasados! ¡Qué imposible dormir, con la posesión exuberante de semejante felicidad! Y sin embargo, estos dos seres no tenían ni un acre de tierra, ni un techo para cubrirse; lo habían gastado todo, hasta el último dólar. No poseían más que los pájaros del aire o las flores del campo; sin embargo, la felicidad no les permitía dormir. «Oh, vosotros que quitáis la libertad a los hombres, ¿con qué palabras respondéis por ello ante Dios?»

CAPÍTULO XXXVIII

LA VICTORIA

Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria [56].

En el fatigoso camino de la vida, ¿no hemos pensado muchos de nosotros en algún momento que era mucho más fácil morir que vivir?

El mártir, incluso cuando se enfrenta a una muerte de angustia y horror corporales, encuentra en el mismo terror de su destino un fuerte estimulante y tónico. Hay una gran emoción, una excitación y un fervor que le ayudan a soportar cualquier crisis de sufrimiento que significa el inicio de la gloria y el descanso eternos.

Pero vivir, seguir adelante, día tras día, en amarga servidumbre vejatoria y vil, con cada nervio abatido y deprimido, cada sentimiento paulatinamente ahogado, este largo y agotador martirio del corazón, esta lenta sangría diaria de la vida interior, gota a gota, hora tras hora: ésta es la verdadera ordalía de lo que es un hombre o una mujer.

Cuando Tom estuvo cara a cara ante su atormentador y oyó sus amenazas y creyó en el alma que había llegado su hora, el corazón se le llenó de valor y pensó que podría aguantar tortura y fuego, cualquier cosa, con la visión de Jesús y el cielo sólo un paso más allá; pero cuando se marchó, y la excitación del momento hubo pasado, volvió el dolor de su cuerpo magullado y cansado, volvió la conciencia de su estado totalmente degradado, humillado y desamparado, y los días fueron pasando con muchas fatigas.

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[56] Primera epístola de San Pablo a los Corintios 15, 57.

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