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La fiebre del heno

Электронная книга - «La fiebre del heno». Краткое содержание книги:

Una agencia de detectives requiere los servicios de un astronauta norteamericano retirado para que ayude a esclarecer una serie de misteriosas muertes acaecidas en un balneario en Nápoles. Varias personas han enloquecido y algunas se han suicidado sin que se conozca motivo para ello; otras parecen haber muerto accidentalmente. Todas las víctimas eran extranjeras, viajaban solas, rondaban la cincuentena y padecían algún tipo de alergia. Tanto la policía local como la Interpol consideran que no hay pistas suficientes como para afrontar el caso con garantías, hasta que empieza a cundir la idea de que en cierto modo las muertes obedecen a algo más perverso. ¿Está sujeto el asesinato al juguetón capricho de las leyes de la probabilidad y el caos?
La nueva y premiada obra maestra del genio polaco de la ciencia ficción, Stanisław Lem: una fábula metafísica con tintes detectivescos del autor de «Solaris».
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La diferencia entre el Hilton y la Posada de las Dos Brujas era indiscutible. Me imaginé el regreso: sin anunciarme, me detengo ante la casa, o aún mejor, ante la farmacia. Voy a pie, como si viniera de dar un paseo, los chicos ya han vuelto de la escuela y me ven desde la ventana, la escalera resuena bajo sus pasos… Me incorporé de pronto, acababa de ocurrírseme que debía beber un trago de ginebra. Me apoyé en los codos y permanecí un rato dudando. La botella aún estaba en la maleta. Fui a tientas en la oscuridad desde la cama hasta la mesa, busqué bajo las camisas la botella aplanada, vertí un poco de ginebra en el tapón y, al hacerlo, me mojé el dedo. Vacié por completo el tapón de metal, nuevamente con la estúpida sensación de estar actuando en una obra de aficionados. «Hago lo que puedo», me justifiqué ante mí mismo, y volví a la cama, invisible; el torso, los brazos y las piernas desaparecieron, la piel tostada por el sol se fundió con la oscuridad; solo las caderas brillaban como franjas blanquecinas. Me acosté, el alcohol me calentaba el estómago, y propiné un puñetazo a la almohada: «¡A esto has llegado, reservista!». Me tapé hasta el cuello con la colcha —y ahora, deprisa, los ejercicios respiratorios—. Caí en un sopor cuyos débiles restos de desvelo solo es capaz de eliminar una pasividad total. Ya empezaban a rondarme las visiones del sueño. Volaba por el aire. Es interesante que soñara con volar exactamente igual que antes de mi permanencia en la estación espacial, como si las obstinadas catacumbas de mi cerebro se cerrasen ante cualquier corrección de la experiencia. Volar en sueños es algo falseado, porque mientras se vuela el cuerpo conserva su orientación normal, y porque el movimiento de brazos y piernas es tan sencillo como cuando se está despierto, aunque más fácil y fluido. En la realidad las cosas son muy diferentes. Los músculos están fuera de quicio. Si se quiere apartar algo, se empieza a volar hacia atrás, y si uno desea sentarse y lleva las piernas hasta la barbilla, con un movimiento imprudente puede incluso dejarse a sí mismo fuera de combate con las rodillas. El cuerpo se mueve como si estuviera embutido en una camisa de fuerza, y además flota, privado de la resistencia salvadora que la Tierra le ofrece por doquier.

Me desperté medio asfixiado. Algo blando, pero inflexible, me dificultaba la respiración. Me incorporé con los brazos extendidos, como si quisiera agarrar lo que me estaba estrangulando. Una vez sentado, fui comprendiendo, poco a poco y con esfuerzo, que se trataba de eliminar una capa viscosa e indeseable de mi cerebro. Por una rendija entre las cortinas se filtraba en la habitación un centelleo claro como el mercurio. Pude constatar que estaba solo. Seguía faltándome el aire, tenía la nariz totalmente tapada, la boca me ardía como el fuego y mi lengua estaba seca. Desde luego había roncado de forma espantosa, y me pareció que habían sido los ronquidos los que habían penetrado hasta la última envoltura del sueño precisamente cuando me estaba empezando a despertar.

Me levanté, algo vacilante, pues, aunque los sentidos ya me funcionaban, el sueño seguía abrumándome como un peso inmóvil. Me incliné cautelosamente sobre la maleta y en la oscuridad busqué en el bolsillo lateral que contenía el frasco de Piribensamin. Las gramíneas debían de estar en flor también en Roma. En el sur sus capullos empiezan tiñéndose de un amarillo que se extiende hacia latitudes más elevadas, lo cual es bien sabido por todos aquellos que sufren de la fiebre del heno durante toda su vida. Las dos. Algo preocupado, me pregunté si mis amigos saltarían del coche cuando vieran en el osciloscopio los repentinos latidos de mi corazón; así pues, me acosté de nuevo, con la cabeza de lado sobre la almohada, ya que de este modo cede con más rapidez la inflamación de las membranas mucosas. Permanecí quieto, escuchando con un oído para asegurarme de que no se acercaba la ayuda no solicitada. Paulatinamente, el corazón recobró su ritmo normal.

No volví a la imagen del hogar; no lo deseaba, tal vez porque creía que no debía mezclar a los niños en este asunto. ¡Solo faltaría que no pudiera dormir sin ayuda de mis hijos! Tendrían que bastar los ejercicios de yoga que el doctor Sharp y sus asistentes habían recomendado especialmente para los astronautas. Los dominaba a la perfección, y los ejecuté con tanto éxito que enseguida la nariz silbó con acento conciliador y dejó pasar algo de aire, y el Piribensamin, privado de su aditamento, me instiló en el cerebro su característica somnolencia, turbia y algo impura, y no sé siquiera cuándo me quedé profundamente dormido.

ROMA-PARÍS

A las ocho de la mañana fui a ver a Randy, de muy buen humor porque había empezado el día con un Plimasin y, pese al calor seco, la nariz no me goteaba. El hotel de Randy no le llegaba al Hilton ni a la suela del zapato. Estaba en una callejuela de empedrado romano, repleta de coches, no lejos de la escalinata de la Plaza de España. Ya no recuerdo el nombre. Mientras esperaba en el estrecho pasillo que hacía las veces de vestíbulo, recepción y café, hojeé el Herald que me había comprado por el camino. Me interesaban las negociaciones entre el Gobierno y Air France, pues la perspectiva de quedarme inmovilizado en Orly no me atraía demasiado. El personal de tierra del aeropuerto estaba en huelga, pero de momento seguían aterrizando aviones en París.

Randy no tardó en aparecer y, considerando que había pasado la noche en blanco, su estado de ánimo no era malo, aunque parecía algo deprimido; desde luego el fracaso era bien evidente. Solo nos quedaba París como única tabla de salvación. Randy quería acompañarme él mismo al aeropuerto, pero me negué a ello; tenía que dormir. Afirmó que eso era imposible en su habitación, y entonces subí con él. En la estancia entraba el sol a raudales, y del cuarto de baño abierto de par en par no venía aire fresco, sino el olor de la colada puesta a hervir.

Por suerte teníamos la alta presión atmosférica de las Azores, predominantemente seca, así que recurrí a mis conocimientos profesionales: corrí las cortinas, mojé la parte baja para que el aire circulase mejor, abrí un poco todos los grifos, y tras esta misericordiosa operación me despedí y le aseguré que le llamaría en cuanto supiera algo concreto. Fui al aeropuerto en un taxi, después de recoger mi equipaje en el Hilton a toda prisa, y poco antes de las once ya estaba empujando un carrito con las maletas. Era la primera vez que me encontraba en el nuevo edificio del aeropuerto romano, y empecé a buscar los tan elogiados dispositivos técnicos de seguridad sin adivinar la exactitud con que llegaría a conocerlos.

La prensa había hecho una gran propaganda de la inauguración de este aeropuerto, porque se suponía que con él se pondría fin a todos los atentados. Solo la sala acristalada de la aduana tenía un aspecto normal. Por todo el edificio, que desde arriba parecía un tambor, se extendía una red de escaleras mecánicas y cintas transportadoras en las que la gente podía ser radiografiada sin que nadie se diera cuenta. En los últimos tiempos se habían llegado a pasar de contrabando granadas y armas de fuego desmontadas que después volvían a montarse en el lavabo del avión, y por ello los italianos fueron los primeros en renunciar al magnetómetro. Ahora se examinaban los cuerpos y las ropas de los pasajeros durante su paso por las escaleras mecánicas, mediante ultrasonidos. Un computador daba inmediatamente los resultados de este control invisible y designaba a las personas sospechosas. Se decía que este sistema descubría hasta los empastes de las muelas y las hebillas de los cinturones; ni siquiera una carga explosiva no metálica le pasaba desapercibida.

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