En El Pais De La Nube Blanca
- Автор: Lark Sarah
- Год: 2011
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «En El Pais De La Nube Blanca». Краткое содержание книги:
En el país de la nube blanca, el debut más exitoso de los últimos años en Alemania, es una novela cautivadora sobre el amor y el odio, la confianza y la enemistad, y sobre dos familias cuyo sino está unido de forma indisoluble.
– ¿Quieres ver el río? -preguntó David solícito-. Es precioso y brilla como el oro. Pero… tal vez sea mejor que permanezcas quieto…
– Me muero, Dave -repitió Lucas-. Un segundo antes o después…, por favor…
Cuando David lo irguió, el dolor era rabioso, pero pareció desaparecer de repente. Lucas no sentía nada más que el brazo del muchacho en torno a su cuerpo, su aliento y su hombro, sobre el que se inclinó. Olió su sudor, que le pareció más dulce que el jardín de rosas de Kiward Station, y oyó el sollozo que en ese momento David era incapaz de seguir reprimiendo. Lucas inclinó la cabeza hacia un lado y depositó un beso furtivo en el pecho de David. El joven no lo percibió, pero estrechó al moribundo más firmemente contra sí.
– ¡Todo irá bien! -susurró-. ¡Todo irá bien! Duerme ahora un poco y luego…
Steinbjörn meció al hombre agonizante entre sus brazos como había hecho con él su madre cuando todavía era pequeño. También él halló consuelo en ese abrazo, lo alejó del temor a ser abandonado en ese momento, solo, herido y sin refugio ni provisiones en esa playa. Al final, hundió el rostro en el cabello de Lucas buscando protección.
Lucas cerró los ojos y se abandonó a esa espléndida sensación de felicidad. Todo iba bien. Tenía lo que había deseado. Estaba en el lugar que le pertenecía.
11
George Greenwood condujo su caballo al corral de alquiler de Westport e indicó al propietario que lo alimentara bien. El hombre parecía de confianza y el recinto daba la impresión de estar relativamente cuidado. Esa pequeña ciudad en la desembocadura del río Buller no le gustaba en absoluto. Hasta entonces había sido una aldea diminuta, de apenas doscientos habitantes, pero cada vez afluían más buscadores de oro y, a la larga, también llegarían en pos del carbón. En cuanto a George, se interesaba mucho más por esta materia prima que por el oro. Los descubridores de los yacimientos de carbón buscaban inversores que se ocuparan a largo plazo de la construcción de una mina, pero que antes lo hicieran de un enlace ferroviario. Mientras no hubiera la posibilidad de transportar el carbón a buen precio, su explotación no resultaría rentable. George quería aprovechar su visita a la costa Oeste para obtener, entre otras cosas, una impresión acerca de la zona y de la posibilidad de establecer comunicaciones en ella. Siempre era positivo para un comerciante observar las condiciones que lo rodeaban y ese verano, por primera vez, su floreciente empresa le permitía viajar de una granja de ovejas a otra sin intereses comerciales inmediatos. En enero, después de esquiladas las ovejas y de que ya hubiera pasado el período agotador en que éstas parían, podía atreverse a abandonar a su propia suerte durante dos semanas el siempre problemático caso de Howard O’Keefe.
¡George suspiraba sólo de pensar en el esposo sin remedio de Helen! Gracias a su apoyo, a los valiosos animales de cría y al asesoramiento intensivo, la granja de O’Keefe daba por fin algún beneficio; pero Howard seguía siendo un candidato incierto. El hombre tendía a encolerizarse y beber y no escuchaba consejos de buen grado, y si los aceptaba, sólo tenían que proceder del mismo George, no de sus subordinados, y ni hablar de Reti, el antiguo discípulo de Helen que, paulatinamente, se había ido convirtiendo en la mano derecha de George. Cada conversación, cada exhortación, por ejemplo a conducir de una vez las ovejas en abril para no perder ningún animal con la llegada brusca del invierno, exigía una cabalgada de Christchurch a Haldon. Y por mucho que George y Elizabeth disfrutaran de la compañía de Helen, el exitoso y joven comerciante tenía otras cosas que hacer que arreglar los asuntos de un pequeño granjero. Además, le molestaba la obstinación de Howard y el modo en que trataba a Helen y Ruben. Ambos atraían siempre la cólera del respectivo esposo y padre, paradójicamente porque, según la opinión de Howard, Helen se ocupaba demasiado de los intereses de la granja y Ruben demasiado poco. Ya hacía tiempo que la mujer había comprendido que la ayuda de George era la única que no sólo podía salvar su existencia económica, sino mejorar en lo sucesivo, de forma drástica, sus condiciones de vida: estaba en disposición, contrariamente a su marido, de entender las sugerencias de George y sus motivos. Ella siempre instaba a Howard a llevarlas a la práctica, lo que a él lo encolerizaba de inmediato. La relación empeoraba cuando George salía en defensa de ella. Asimismo, la evidente admiración del pequeño Ruben por «tío George» era como un incordio para O’Keefe. Greenwood era generoso suministrando al joven los libros que deseaba, y le había regalado una lupa y un contenedor de muestras botánicas para fomentar sus intereses científicos. Howard, por el contrario, opinaba que eso era absurdo: Ruben tenía que hacerse cargo de la granja y para ello bastaba con los conocimientos básicos de lectura, escritura y cálculo. Ruben, de todos modos, no se interesaba en absoluto por los quehaceres de la granja y sólo, de forma limitada, por la flora y la fauna. A este respecto era más bien su pequeña amiga Fleur quien emprendía tales «investigaciones». Ruben compartía más las dotes intelectuales de su madre. Ya leía a los clásicos en sus lenguas originales y su marcado sentido de la justicia lo predestinaban para el sacerdocio o también para la carrera de Derecho. George no se lo imaginaba como granjero: se preveía un conflicto fuerte entre padre e hijo. Greenwood temía que incluso su propia colaboración con O’Keefe fracasara con el tiempo y ni quería plantearse las consecuencias que ello tendría para Helen y Ruben.
Pero ya se ocuparía más tarde de ello. Su excursión actual a la costa Oeste constituía para él una especie de vacaciones: quería conocer la isla Sur más de cerca y descubrir nuevos mercados. Además, le motivaba otra tragedia entre un padre y un hijo: aunque no se lo había confesado a nadie, George iba en busca de Lucas Warden.
Ya había pasado más de un año desde que el heredero desapareciera de Kiward Station y las habladurías en Haldon se habían apaciguado mucho. Los rumores acerca del hijo de Gwyneira se habían acallado, se aceptó en general que el esposo estaba en Londres. Dado que de todos modos la gente del lugar no había llegado a ver a Lucas Warden, no lo echaron en falta. Además, el banquero local no era el más discreto, por lo que siempre circulaban noticias de los inmensos logros financieros de Lucas en la madre patria.
La gente de Haldon aceptó de forma natural que Lucas ganaba ese dinero pintando nuevos cuadros. De hecho, sin embargo, las galerías compraban en la capital las obras que ya existían largo tiempo atrás. Accediendo a los ruegos de George, Gwyneira había enviado una tercera selección de acuarelas y óleos a Londres, donde cada vez aumentaban de valor, y George participaba en las ganancias; otra razón, junto a la curiosidad, para seguir las huellas del artista perdido.
No obstante, la curiosidad desempeñaba también una función. En opinión de George Greenwood las pesquisas de Gerald tras su hijo habían sido demasiado superficiales. Se preguntaba por qué el viejo Warden no había enviado al menos a mensajeros para que buscaran a Lucas o por qué no se había puesto él mismo en camino, lo que no hubiera constituido ningún problema dado que Gerald conocía la costa Oeste como la palma de su mano y Lucas probablemente no había pensado en muchos otros «escondites». Si Lucas no había conseguido en algún lugar documentación falsa (lo que George consideraba improbable), no había abandonado la isla Sur, pues las listas de pasajeros de los barcos eran fiables y el nombre de Lucas no constaba en ellas. En cualquier caso, no se encontraba en las granjas de ovejas de la costa Este, porque se habría hablado al respecto. Y para refugiarse en una tribu maorí, Lucas era, sencillamente, demasiado inglés. No podría haberse adaptado a la forma de vida indígena y no hablaba ni una palabra de la lengua autóctona. Así que la costa Oeste era el lugar, y allí sólo había un puñado de colonias. ¿Por qué Gerald no las había investigado a fondo? ¿Qué había pasado antes para que fuera obvio que el viejo Warden estuviera contento de haberse librado de su hijo? ¿Y por qué había reaccionado primero con tanto retraso y casi de forma forzada ante el nacimiento de su nieto? George quería saberlo, y Westport era la tercera colonia en la que pensaba preguntar por Lucas. ¿Pero a quién? ¿Al propietario del establo? Por algún sitio había que empezar.