La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Qué mezquindad! Si yo fuera un republicano convencido lucharía por alcanzar mi objetivo y no estaría cruzada de brazos esperando la muerte de un viejo debilitado.
– Sí, tú. Pero la mayoría de las personas no tiene tu… espíritu de lucha. -Esas palabras sonaron en su boca como una ofensa-. Pero lo peor -continuó- es que los militares no esperan con ansia la república porque crean en las ideas republicanas, sino porque con ella aspiran a conseguir un aumento de sueldo.
– Lo que a ti te lleva, naturalmente, a olvidar tus ideas filantrópicas y simpatizar con ellos.
– Son útiles.
¡Cielos! ¿Cómo podía haber olvidado lo oportunista, interesado y egoísta que era León? Una persona que se había casado tras haber hecho un frío cálculo, no haría cosas muy diferentes por su carrera.
– Mira, ahí viene el senhor de Mattos. Seguro que él también te resulta útil.
Vitória dio media vuelta y dejó a León con el odioso hombre que, como presidente del consejo de administración de una empresa de seguros, era muy influyente y su amistad podía resultar muy ventajosa. A Vitória le daba igual lo que el senhor de Mattos opinara de que ella se marchara de un modo tan descortés. Unos meses antes él había insistido en que fuera su marido el que firmara un documento porque ella, al ser una “mujercita”, no podría entenderlo bien. Vitória decidió entonces no volver a trabajar nunca con el senhor de Mattos.
Dio algunas vueltas por el patio saludando a algunos conocidos, tomando algunos sorbos de ponche sin alcohol y buscando a alguna persona con quien mereciera la pena charlar. Por fin encontró a alguien que respondía a sus expectativas y que, al igual que ella, parecía algo solo.
– Senhor Rebouças, ¡qué agradable sorpresa encontrarle! ¿Está solo?
– No, he venido con una amiga. Pero ella disfruta con todo este barullo y se ha mezclado con la gente.
– ¿Mientras usted se mantiene al margen y admira la bahía? ¡Qué pérdida para la fiesta!
El hombre la sonrió amablemente antes de volver a mirar a lo lejos.
– Imagínese que un día un puente uniera los dos lados de la bahía. Que no se tardara medio día en ir de Río a Niterói bordeando esta gigantesca bahía. La distancia entre los dos puntos más próximos no es tan grande…
– No, pero a pesar de todo, ¿no le parece un poco exagerada la idea de construir un puente de ese tamaño?
– Según el nuevo sistema métrico la distancia debe ser de unos cuatro mil metros. Algún día, querida senhora Castro, habrá un puente así, apostaría lo que fuera. Hoy ya se construyen puentes colgantes de casi cuatrocientos metros, piense usted en el puente de Brooklyn, en Nueva York. A la vista de lo rápido que avanza la técnica no es una fantasía pensar en un puente Río-Niterói.
Vitória seguía pensando que el ingeniero estaba loco. Aunque también sabía que la gente poco fantasiosa siempre consideraba las ideas novedosas como una locura. Precisamente ella debía prestar atención a las visiones de Rebouças, pues sabía lo que era no ser tomado en serio. Y eso que en su caso no hizo falta mucha visión de futuro para prever la ruina de los barones del café. Pensó en la arrogancia de sus amigos y su familia, y se preguntó qué otros obstáculos habría tenido que vencer Antonio Rebouças, hermano del conocido abolicionista André Rebouças. El hombre no sólo era muy inteligente, sino que además era mulato. El hecho de que a pesar de estas circunstancias agravantes y de los enormes prejuicios que existían contra los hombres de color se hubiera convertido en uno de los ingenieros más prestigiosos de su tiempo, ganándose con ello el respeto de la princesa Isabel, decía mucho a su favor. Seguro que había tenido que trabajar tres veces más y tenía diez veces más cerebro que sus colegas blancos. A Vitória le gustaban los hombres de ese tipo, fuese cual fuese el color de su piel.
En aquel momento llegó la amiga del ingeniero, y a Vitória casi se le desencaja la cara. ¡La Viuda Negra! Aquella espantosa mujer había conseguido una invitación para el baile, mientras que los padres de Vitória se habían tenido que quedar en casa.
– ¡Oh, la famosa sinhá Vita! -interrumpió la Viuda Negra a su amigo, que quería presentar a las dos mujeres.
– Senhora Vitória Castro da Silva, por favor. Sólo mis amigos me llaman Vita.
La Viuda Negra echó la cabeza hacia atrás y se rió. Era una mujer realmente bella, eso Vita tenía que admitirlo. Su pelo había sido cuidadosamente alisado y llevaba un postizo, de forma que apenas se notaba su origen africano. Podría haber sido una belleza de los mares del sur o una mujer oriental. Vitória se preguntó cuál sería su nombre verdadero. Siempre se hablaba de la Viuda Negra, y habían pasado años desde su primer y único encuentro. El mejor modo de no meter la pata sería guardar silencio.
La solución no tardó en llegar.
– ¡Claro! La querida Cordélia es una vieja amiga de su marido.
Vitória no sabía muy bien a qué se refería, pero cuando oyó el nombre de Cordélia no se pudo aguantar.
– Sí, es verdad, la querida Cordélia. Una vieja amiga. Ahora las prefiere más jóvenes.
Antonio Rebouças le había dado pie para aquella inaudita insolencia contra la Viuda Negra. Pero sólo un segundo más tarde lamentó que la ocasión le hubiera llevado a manchar también el nombre de León. Aunque su matrimonio fuera catastrófico y ella despreciara a León, algunos problemas se resolvían en privado. En público acababan transformándose en basura.
A la Viuda Negra se le reflejaba en la cara el triunfo que acaba de obtener con la respuesta de Vitória, cuando se acercó una pareja conocida y reclamó toda su atención.
Vitória se retiró discretamente.
León estaba sorprendido de la actitud de Vitória. Se había acercado a él cuando se encontraba con un grupo de dignatarios y sus esposas y, por deseo de éstos, les contaba una anécdota de sus años de libertador de esclavos en la que reflejaba con cierta exageración detalles desagradables y aspectos moralmente edificantes. Normalmente Vita se habría puesto colorada de rabia, como le ocurría siempre que oía hablar de sus “heroicidades”. Pero aquella tarde se acercó a él como un gatito. Le tomó del brazo, le quitó con cariño una pelusa de la manga, le escuchó como si nunca hubiera oído nada tan interesante y le sonreía sin asomo de ironía. ¿Habría comido algo que la había aplacado?
– Debe estar muy orgullosa de su marido -dijo una corpulenta senhora de cara amable y mofletuda.
– ¡Oh, sí, mucho!
«Sobre todo por haberme robado a Félix, cuya desaparición me produjo horribles pesadillas», añadió Vitória para sus adentros. Pero sus pensamientos no se reflejaron en la expresión de su rostro.
– Esas pobres criaturas… quién sabe cuánto habrían tenido que sufrir en las senzalas sin el valor y la decisión de su marido.
Ya fuese por el brillo en la mirada de Vitória o porque la senhora recordó de pronto el origen de Vita, el caso es que la mujer se llevó la mano a la boca, se ruborizó y tragó saliva.
– ¡Oh, yo…, eh…, oh cielos, discúlpeme!
Vitória mantuvo la compostura. No estaba enfadada con la mujer. La gente como ella no sabía toda la verdad si sólo escuchaba las historias de terror que les contaban León y sus maridos.
– ¡Ah, no importa! -dijo Vitória amablemente, como si le hablara a un niño-. A mí tampoco me gusta la imagen de los esclavos medio muertos de hambre y encadenados unos a otros. Pero sepa que esos salvajes sólo entendían al látigo.
Vitória sintió cómo se estremecía León. ¡Cielos! ¿Qué le ocurría ahora? Siempre que intentaba ser amable con León, su lengua viperina y su impetuosidad frustraban el intento. Si allí, ante la crème de la crème de Río, daba una imagen de sí misma que confirmaba las peores ideas sobre los propietarios de esclavos, no favorecía ni a León ni a su propia familia.