La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
Quien se lo podía permitir escapaba en esa estación a zonas de montaña. El lugar de vacaciones preferido seguía siendo Petrópolis, sede de la antigua residencia de verano del emperador. También Itaipava, Teresópolis y otros lugares en torno a las caprichosas montañas de la Serra dos Órgaos despertaban el interés de un número creciente de visitantes. Pero Vitória se quedó en Río, contenta de no tener que oír hablar más de ondas de radio o bodas nobiliarias. Sus padres estarían todo enero en las montañas, y León había viajado al sur del país para echar un vistazo a su fazenda. Fue hasta las playas más alejadas, a Copacabana o incluso a zonas intactas situadas más al sur, donde sabía que estaba sola y se atrevía a dar paseos por la arena, descalza y con la falda remangada hasta la rodilla, tirando palos a Sábado para que los recogiera. Subió a la cumbre del Corcovado y sintió en la cara el aire algo más fresco, aunque todavía muy caliente. Y los días en que a causa del insoportable calor no tenía ganas de hacer nada, se acercaba dando un breve paseo hasta la iglesia de Nossa Senhora da Gloria, cuyos gruesos muros de piedra conservaban el interior a la misma temperatura durante todo el año. Eso es lo que hizo el 20 de enero, el día del patrón de Río de Janeiro, Sao Sebastiao. Vitória se acercó con Isaura y Sábado a la iglesia cuando la misa había terminado y sólo quedaban algunos fieles sentados en los bancos. La criada se quedó fuera y se puso a la sombra bajo el tejadillo de la entrada, lamentándose de que precisamente ese día, el día de Oxóssi, tuviera que cargar con aquel perro que en ese momento perseguía furioso un insecto por la plaza. Mientras tanto Vitória, sentada en un banco y, con una expresión en su rostro que los demás fieles interpretaron como devoción, se puso a leer atentamente la carta que había recibido aquella mañana.
Sao Luíz, 5 de enero de 1890
Querida Vita:
Espero que hayas pasado unas bonitas fiestas de Navidad y Año Nuevo en compañía de tus seres queridos. Por desgracia, no puedo decir lo mismo de mí. Los días de fiesta no fueron ni bonitos ni felices, y “mis seres queridos” no fueron muy buenos conmigo. Dona Iolanda, la vieja bruja, me obliga a recoger mangos, maracuyás y guayabas para luego secarlos o cocerlos. Además tengo que lavar la ropa y hacer las camas. ¿Puedes imaginártelo, Vita? ¿Yo, Eufrasia Soares Peixoto, con un tosco delantal trajinando en la cocina o destrozándome las manos con el jabón y la lejía? A la vieja no le importa que yo tenga que ocuparme de mi hija y no pueda realizar esas tareas propias de los negros. No tiene perdón. Desde que se marcharon los esclavos tenemos que salir a flote nosotros solos, y todos colaboramos. ¡Es horrible, Vita! Arnaldo labra la tierra como un esclavo para que dispongamos de maíz, mandioca, patatas y alubias. Dona Iolanda da de comer a las gallinas, se ocupa de las colmenas y limpia el polvo en la casa, y mi suegro, Otávio, ordeña las vacas y mata los cerdos. Mi hija pequeña tampoco me facilita mucho las cosas. Es igual que Arnaldo y ya se comporta de un modo tan tiránico como dona Iolanda, una combinación fatal.
Vita, mi más querida amiga, perdona que te escriba esta carta tan llena de lamentaciones. Estoy entre montañas de ropa, gritos de niños, pucheros hirviendo, botas llenas de barro seco que tengo que limpiar (¡eso ya lo veremos!), por lo que no se me ocurren muchas palabras bonitas. En breve te contaré todo personalmente. Tengo que salir de aquí, de lo contrario me moriré. Y hace mucho tiempo que te debo una visita. Llegaré el 22 de enero y estoy muy contenta de poder volver a verte.
Recibe un abrazo y mil besos
Tu Eufrasia
Pasado mañana, pensó Vitória horrorizada. ¡Pasado mañana estaría Eufrasia allí!
Capítulo veintiocho
Eufrasia sólo había cambiado exteriormente. Su forma de ser continuaba siendo la misma. Vitória pensó que el aspecto de su amiga se correspondía ahora más con su carácter que antes. Aquella cara dulce enmarcada por un pelo rubio oscuro no encajaba bien con la falta de sentimientos de Eufrasia. Sus ojos color ámbar habían transmitido siempre una impresión de desamparo, su pequeña boquita de piñón le daba un aspecto infantil. Pero ahora su semblante desvelaba todos los defectos de su carácter, tanto su estrechez de miras como su egoísmo. La maternidad, la pobreza y la amargura la habían hecho envejecer prematuramente. Su piel estaba bronceada, lo que destacaba las feas arrugas que se habían formado en torno a sus ojos y su boca. El trabajo al aire libre había convertido su pelo antes suave y brillante en paja, con algunos mechones más claros y estropeados, y sus dientes habían sufrido con el embarazo tanto como su figura. Vitória estaba impresionada.
Aunque estaba decidida a reducir la duración de la visita al mínimo, el aspecto de Eufrasia le hizo sentir compasión.
– Vamos a arreglarlo -le dijo-. Tais hace una mezcla de yema de huevo, cerveza, zumo de limón y miel que, dejándola actuar quince minutos, deja el pelo suave y sedoso otra vez. Los baños en leche mejorarán tu piel, y en tus uñas quebradizas aplicaremos todos los días aceite de oliva.
– Vita, no soy un pastel de carne que haya que condimentar. ¡Cerveza en el pelo, santo cielo!
– Espera un poco. Pronto estarás de nuevo para comerte.
Eufrasia se mostró conforme, aunque hubiera preferido bañarse en agua de rosas y aplicar una crema de camomila en sus uñas. Pero los poco ortodoxos tratamientos cosméticos hicieron un gran efecto, lo mismo que las horas de lectura a la sombra, la estimulante compañía de Vitória y los elegantes vestidos que ella le prestó. También el hecho de que los criados se ocuparan de su hija pequeña y ésta no estuviera dando vueltas alrededor de su madre todo el rato contribuyó a la mejoría de Eufrasia. Dos semanas más tarde se sentía de nuevo persona, y todas las privaciones y los maltratos que al parecer había sufrido en Sao Luíz habrían sido olvidados si Vitória no se los recordara continuamente.
– Eufrasia, no puedes eludir tus responsabilidades eternamente. Te necesitan allí.
– ¿Para qué me necesitan? ¡Para tener a quien molestar!
Después de todo lo que le había contado Eufrasia, Vitória había llegado a otra conclusión diferente. La familia Peixoto luchaba por todos los medios por la conservación de su fazenda, y dona Iolanda, la suegra de Eufrasia, era la artífice principal de que la familia se mantuviera a flote. Aquella vieja cabra, ¡quién lo habría pensado! Con mano de hierro obligaba a su inútil familia a trabajar, con el resultado de que la fazenda los alimentaba a todos. Tenían fruta, verdura, cereales y legumbres, habían plantado caña de azúcar y café, les sobraban la carne, el pescado, la leche, los huevos y la miel. Destilaban sus propios licores, preparaban jabones, lana, queso y mantequilla. Realmente había cosas peores que autoabastecerse en un enorme territorio tan mimado por el clima que en él todo crecía y nadie pasaba frío.
– Pero producimos muy poco y apenas vendemos nada. Casi no tenemos dinero, y cada vez que hay que comprar papel o unos zapatos se discute durante horas. Naturalmente, siempre se imponen las rústicas ideas de dona Iolanda. Piensa que adquirir semillas es más urgente que comprar un bonito traje de bautizo para Ifigénia, lo que nunca podré perdonarle. Tuvimos que bautizar a la pequeña con un traje que yo le hice, y encima con un párroco casi analfabeto que viene cada dos semanas a vernos.