La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– Sinhô Pedro, sinhá Joana, ¿por qué me dais estos sustos, niños?
Los “niños” se miraron y se rieron como si hubieran hecho una travesura. ¡La conocían tan bien! Como Pedro había adelantado, se mostró encantada de poder preparar sus bolinhos de aipim, rellenos con una sabrosa pasta de carne. Pedro y Joana la observaron mientras cocinaba, y Joana apretaba la mano de Pedro como queriendo decirle que todo saldría bien.
Se comieron las pequeñas y aceitosas albóndigas de pie en la cocina; luego se chuparon los dedos y tuvieron que escuchar el sermón de Luiza sobre la pérdida de las buenas costumbres en general y la falta de respeto de los jóvenes en particular. Sabían que Luiza estaba encantada de tenerles en la cocina, y también sabían que después de comer les prepararía una taza de cremoso chocolate. El chocolate caliente era el remedio milagroso de Luiza para todo tipo de males, tanto corporales como espirituales, y de hecho la bebida caliente actuó como un bálsamo en el ánimo decaído de Pedro.
Cuando Pedro terminó de rebañar con una cuchara el chocolate dulce y espeso del fondo de la taza, abrazó a Luiza y le dio un beso en su acartonada mejilla.
– ¡Si no fuera por ti…!
– ¡Ay, Pedro, no digas tonterías! Sólo me habéis recogido por compasión. Y me hacéis trabajar, a mí, una vieja inútil, más duro que si estuviera en el campo.
Luiza solía ser muy brusca cuando se emocionaba. El buen Dios la había tratado mejor de lo que se merecía.
Cuando Eduardo y Alma da Silva se trasladaron a Río para vivir con la sinhazinha, Luiza y José les acompañaron. En esa época algunas personas se deshicieron de sus viejos esclavos, aliviados porque la nueva organización de la sociedad les liberara de la responsabilidad de ocuparse de los negros viejos, débiles y enfermos. Pero Luiza sabía que sus amos se habían portado realmente bien con ellos. A José, para el que por mucho que quisieran no había sitio en casa de Vitória, le pagaron una generosa renta vitalicia que le permitía llevar una vida sin preocupaciones. Vivía con Félix, al que habían encontrado con la ayuda de León, pero de vez en cuando iba a ver a Luiza y la cortejaba, el viejo conquistador. A ésta, que a pesar de la edad seguía siendo una persona robusta y activa, le encontraron ocupación en casa de Pedro. Luiza consideró que era una gran suerte, pues ninguna renta del mundo podía darle más satisfacción que la cara de su querido Pedro cuando probaba sus exquisiteces.
– Esta mujer es realmente una bendición -dijo Joana mientras tomaban un licor en el sofá del salón-. Aunque su chocolate me resulta demasiado dulce.
– ¿Qué dices? Puedes estar contenta de que no le ponga pimienta. Antes lo hacía, cuando yo era pequeño, pues consideraba que la pimienta era una especia muy sana y exquisita. Lo mismo decía del clavo, la canela, el cilantro, la vainilla y el laurel. Todos los platos que servía, incluso los postres, tenían el mismo sabor.
Joana sonrió a Pedro con cariño. ¡Por eso le gustaban a él tanto las mezclas fuertes de especias!
– Hasta que dona Alma contrató un día a un cocinero francés y degradó a Luiza de nuevo a la categoría de ayudante. Fue demasiado para ella. Observó al hombre sin perder detalle, consiguió incomodarle con sus pequeñas ordinarieces e imitó su arte tan bien que pudo trabajar otra vez como cocinera. Pero yo creo que ella considera todavía hoy que eran mejores sus creaciones de entonces. Sé que se pone pimienta en su taza de chocolate.
Joana se rió y le habló de las comidas infernales que les preparaba su cocinero indio en Goa. Entonces Pedro le contó la anécdota de su visita a un asentamiento indio, donde tuvo que comer con los dedos una pasta indescriptible que se servía en hojas de banano. Pasaron así al menos una hora. Intercambiaron recuerdos de la infancia en un ambiente relajado, recuerdos de una época en la que eran amigos de niños negros o mestizos, cuyas cabañas eran más interesantes que sus bonitas casas; unos años en los que estudiaban las cucarachas gigantes o los peces muertos en la orilla de un lago y volvían de sus excursiones con pájaros heridos; un tiempo que Joana relacionaría ya siempre con el olor a podrido de las redes de pesca y Pedro con el olor dulzón de los frutos del café puestos a secar.
– Aquellas hileras perfectas que se disponían en el patio siempre nos incitaban a Vita y a mí a correr entre ellas para romper su simetría. ¡No te puedes imaginar cuántos millones de moscas espantábamos así! Y cómo nos perseguía el esclavo que se encargaba de todo, Carlos, cuando nos pillaba. -Pedro miró a Joana con tristeza-. Pero todo eso se ha acabado. Para siempre. Si algún día tenemos descendencia, nuestros hijos no sabrán nunca lo que es jugar al escondite en un cafetal.
– ¿Es eso lo que te preocupa tanto últimamente? ¿Qué no tengamos hijos?
Joana vio enseguida que era el momento oportuno para hablar con su marido sobre sus preocupaciones. Le había preguntado varias veces qué le atormentaba, pero él siempre había respondido con evasivas. Ahora que la melancolía se había adueñado de él, el alcohol le había soltado la lengua y su ánimo estaba algo más tranquilo gracias al chocolate, hablaría.
– Claro que me gustaría tener niños, quizás incluso más que a ti. Pero eso puede esperar. Será mejor que no los tengamos todavía. Bastantes preocupaciones tenemos ya.
– ¿Ah, sí?
– Ese horrible trabajo. Mi ridículo sueldo. Nuestra dependencia de Vita. Mis padres deprimidos. Esta casa con sus muebles, que me producen pesadillas y no podemos venderlos porque no nos pertenecen. Frustraciones como las que hemos visto en el caso de Rogério. La creciente violencia en las calles de Río, donde ya no se está seguro por los esclavos liberados. Y, para colmo, las indecentes actividades de Vita, que hacen que nos miren mal. ¡Es demasiado!
– Estás cansado de tanto trabajar. Cuando te asciendan y ganes más dinero trabajando menos, volverás a ver las cosas mejor.
– No, no lo creo.
– ¿A qué viene ese pesimismo? Estamos sanos, tenemos un techo sobre nuestras cabezas y suficiente comida. Más que suficiente… -Joana le dio unos golpecitos a Pedro en la barriga-. Y nos tenemos el uno al otro. Todo lo demás no cuenta.
Pedro sacudió la cabeza. Ella no le entendería nunca. A veces tenía la sospecha de que Joana incluso se alegraba de llevar ahora una vida más modesta que antes. Nunca había estado familiarizada con el sutil lenguaje secreto de la alta sociedad, con sus intrigas y refinamientos, y así no tenía necesidad de aprenderlos. Joana, con aquel espíritu libre que al principio de su matrimonio tanto admiraba, era incapaz de ponerse en la situación de otros, y por eso no podría valorar nunca los daños que causaban los rumores malintencionados.
– ¡Claro que lo demás cuenta! Yo al menos no quiero perder mi buen nombre además de mi herencia. Los rumores sobre Vita nos afectan. Y no creo que su fortuna le dé derecho a influir de ese modo en la vida de los demás. ¿Tenemos que aguantar todo esto sólo porque somos pobres? Sabes, Joana, todo esto apesta.
– Todos parecéis olvidar lo joven que es Vita todavía. Y creo que ella lo olvida también. Debería salir más a bailar, a divertirse, a coquetear. En lugar de eso carga con la responsabilidad de toda la familia, aguanta estoicamente el mal humor de dona Alma y el senil afán de juego de vuestro padre. Tiene que soportar las maldades de León y, además, los reproches de su propia familia. Me parece admirable que no haya hecho ya las maletas y haya emprendido un viaje por Europa… sola, naturalmente. Se merece que todos le concedamos unas vacaciones.
– Con eso quedaría totalmente arruinada su reputación. Todos pensarían que estaría divirtiéndose con un conde polaco en la Riviera, gastándose alegremente su dinero en el casino.