La Fragancia De La Flor Del Café
- Автор: Veloso Ana
- Язык: испанский
- Жанр: Исторические любовные романы
Электронная книга - «La Fragancia De La Flor Del Café». Краткое содержание книги:
Ante el trasfondo del paradisíaco valle del río Paraíba y del pintoresco emporio de Río de Janeiro, de la época dorada de las plantaciones de café y de su ruina después de la abolición de la esclavitud, tienen lugar la saga de una familia de hacenderos y la historia de un gran amor…
– ¡Oh, no! -Aaron retiró la cara. Ya era bastante horrible que aquella criatura le persiguiera, pero que le pusiera el hocico en la cara de una forma tan bestial era demasiado-. ¡Siéntate!
El perro no le hizo caso. Joao Henrique contemplaba la escena sonriendo, mientras Pedro agarraba la correa e intentaba que el perro dejara en paz a Aaron. El camarero se acercó a su mesa y, con la poca dignidad que le quedaba tras el ataque de ese monstruo, les explicó que no se admitían perros en el local.
– No es un perro -dijo Joao Henrique, tartamudeando levemente-. Es un toro.
– ¡Por favor, senhor! Tampoco se admite la entrada de toros.
– Excepto en la carta -soltó Aaron, disimulando una risa.
Pedro, Aaron y Joao Henrique se miraron y se echaron a reír. El camarero hizo un esfuerzo por controlarse. No podía echar a los tres jóvenes, dos de los cuales eran clientes fijos y además pertenecían a la alta sociedad de Río, como si fueran unos alborotadores cualquiera.
Entretanto Sábado había abandonado a Aaron porque había descubierto algo más interesante: estaba sobre la mesa lamiendo unas gotas de limonada que se habían vertido de un vaso.
– Este toro es nuestro invitado. Y, como usted ve, tiene sed. Tráigale un vaso de whisky, ¿de acuerdo?
Pedro observó la cara de consternación del camarero y se echó a reír de nuevo. Sus amigos hicieron lo mismo. Sábado siguió limpiando la mesa, moviendo el rabo sin parar y olvidando su buena educación.
Nadie se dio cuenta de que Rogério acababa de entrar en el café. Como siempre, estaba buscando gente importante, con la que le gustaba lucirse para subrayar así su posición. ¡Qué suerte!, había pensado al ver a Pedro y sus amigos en un rincón. Un médico conocido, un abogado rico, un hombre de negocios noble… no era como la compañía de eminentes millonarios o actores famosos, pero era perfecta para poner de manifiesto su patriotismo. Animado, se dirigió hacia el grupo, cuando un perro al que identificó como Sábado, el perro de Vitória, pasó a su lado como una exhalación. De su correa colgaba un objeto metálico que hacía mucho ruido al chocar con los azulejos artísticamente decorados. Rogério se quedó parado en mitad del local observando el penoso espectáculo que ofrecían el perro y los tres hombres. Se dio media vuelta antes de que le vieran. Sería mejor que no le relacionaran nunca con semejantes elementos.
– ¡Rogério! -oyó gritar a Pedro, pero no hizo caso.
Pedro, Aaron y Joao Henrique vieron cómo se alejaba del café a toda prisa.
– ¿Era él o es que veo fantasmas? -preguntó Pedro a sus amigos.
– Claro que era él. Esa horrible chaqueta que él cree moderna es inconfundible -dijo Joao Henrique alzando su vaso-. ¡Por el afortunado incidente que nos ha salvado de ese tipo!
Pedro brindó con él.
– A lo mejor no quiere que le vean con unos borrachos como nosotros.
– Peor para él -opinó Joao Henrique-. Con este tumulto le habría visto todo Río en nuestra compañía y pensarían que es nuestro amigo. Es lo mejor que le podría pasar.
También Aaron alzó su vaso y brindó con Joao Henrique y Pedro.
– ¡A la salud del toro! ¡Por Sábado!
El perro dio un salto al oír su nombre, se volvió a subir encima de Aaron y no hubo quien le impidiera demostrarle su cariño. Sólo cuando los tres amigos se marcharon, seguidos por la mirada de alivio del camarero y del resto de clientes, volvió a comportarse como un perro educado y salió sujeto por la correa. Aaron podría haber jurado que en la alegre cara del perro podía verse una malvada sonrisa.
Pedro llevó a sus amigos en su coche de caballos a pesar de sus protestas y de que con ello debía dar un gran rodeo. No le movía el altruismo, sino el más puro egoísmo: Pedro disfrutó del pequeño lujo de viajar solo desde el sur de la ciudad hasta Sao Cristóvao. Después de dejar a Aaron y Sábado en Flamengo y a Joao Henrique en Catete, se asomó por la ventanilla y aspiró el aire fresco de la tarde. Había empezado a lloviznar. El olor de los adoquines mojados se mezcló con el de los árboles y la brisa del mar. Pedro cerró los ojos. ¡Qué agradable el aire en la cara! ¡Y qué bien tener un par de minutos para él solo! Pero esa deliciosa sensación no duró mucho. La conciencia del deber se impuso de nuevo por encima de todo. Joana se preocuparía si llegaba a casa oliendo a alcohol y con el pelo mojado. Metió la cabeza, se secó la cara con un pañuelo y buscó en su cartera las pastillas a las que recurría siempre en ocasiones como aquélla.
Joana no se dejó engañar, pero se ahorró cualquier comentario. Desde hacía meses venía observando en Pedro una transformación que no le gustaba en absoluto. Cada vez estaba más irritable y en alguna ocasión incluso se enfurecía con los criados. Se enfadaba por cualquier pequeñez que antes ni siquiera habría notado, como que el asado estaba ligeramente quemado o que Maria do Céu no llevaba el delantal bien almidonado. Entonces no era injusto ni ofensivo, y en comparación con otros hombres Pedro seguía siendo un ejemplo de serenidad. Pero a Joana no se le escapaban las pequeñas señales del cambio. Pensó, al igual que Joao Henrique, que la causa era el trabajo de Pedro, ya que sabía que él lo odiaba.
– Hoy tengo ganas de comer algo contundente -le dijo a Joana cuando Maria do Céu sirvió el almuerzo, que consistía en un consomé y verdura-. Ya no puedo ver esta “comida ligera de verano”, como tú la llamas. Me apetecen más unas salchichas con patatas fritas, puré de mandioca, jamón asado. Al fin y al cabo no estamos en verano.
– Por supuesto, como el señor diga.
Joana miró a Pedro con cierto desprecio. Había empezado a salirle una pequeña barriga, y si seguía comiendo y bebiendo tanto -era evidente que cada vez tomaba más alcohol-, pronto tendría el mismo aspecto que el senhor Alves.
– ¡Ay, Joana, no me mires así! Ese trabajo me está matando, mis nervios necesitan un poco de grasa. Cuando hayamos superado esta fase volveré a valorar tu “comida ligera de verano”.
Pero en su fuero interno Pedro sabía que no se trataba de una fase difícil que pronto estaría superada. Cuando tenía la idea de que en el futuro sería un acaudalado barón del café, no le importó trabajar duramente con el comissionista Ferreira. Había sido una excéntrica distracción, un spleen, como lo llamaba Charles Witherford. Era fácil aguantar en oficinas asfixiantes si se sabía que era un trabajo provisional, que en el futuro estaría en amplios salones bien ventilados y a lomos de un pura sangre. Había sido una experiencia muy aleccionadora trabar amistad con colegas que tenían menos formación y dinero que él, pero resultaba desalentador pensar en pasar el resto de su vida diez horas diarias con hombres que no veían la diferencia entre un Sauternes y un Sancerre. Le había resultado divertido demostrar su talento para los negocios, pero no era un trabajo que quisiera seguir desarrollando durante los treinta años siguientes, sobre todo cuando los beneficios acababan en el bolsillo de su patrón.
– Ven -dijo, tomando a Joana de la mano-, vamos a buscar algo apetitoso en la cocina. Luiza se alegrará de tener un motivo para regañarnos. Y también se alegrará de que alguien disfrute con sus grasientas albóndigas de aipim.
Luiza, la vieja cocinera de Boavista, se sorprendió al ver a sus señores entrar en la cocina cuando ella iba a prepararse ya la pipa que siempre se fumaba en el patio al terminar de trabajar.