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El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)

Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:

En la Australia casi salvaje de los primeros años delsiglo XX, se desarrolla una trama de pasión ytragedia que afecta a tres generaciones. Una historia de amor ¿la que viven Maggie y el sacerdote Ralph de Bricassart? que se convierte en renuncia, dolor y sufrimiento, y que marca el altoprecio de la ambición y de las convenciones sociales. Una novela que supuso un verdadero fenómeno y que ha alcanzado la categoría de los clásicos.
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Meggie se sobresaltó al oír su llamada, saltó de la cama y se dirigió a la puerta.

– ¿Quién es? -preguntó.

– Luke -contestó él.

Ella hizo girar la llave, entreabrió la puerta y se colocó detrás de ésta al abrirla Luke de par en par Cuando estuvo dentro, ella la cerró de golpe y se le quedó mirando. Él la miró a su vez; sus formas más llenas, más redondas, más atractivas que nunca. Si hubiese necesitado algún estímulo, éste habría sido más que suficiente; alargó los brazos, la levantó y la llevó a la cama.

Al amanecer, ella no había dicho aún una palabra, aunque su contacto había despertado en él un deseo febril que nunca había experimentado antes de ahora. Pero ahora ella yacía apartada de él, curiosamente divorciada de él.

Luke se estiró satisfecho, bostezó y carraspeó.

– ¿Qué te ha traído a Ingham, Meg? -preguntó.

Ella volvió la cabeza; le miró con ojos muy abiertos, despectivos.

– Bueno, ¿a qué has venido? -insistió él, un poco confuso.

Silencio; sólo aquella mirada fija, punzante, como si ella no quisiera molestarse en responder. Lo cual era ridículo, después de esta noche.

Por fin, ella abrió los labios, sonriendo.

– He venido a decirte que me marcho a casa, a Drogheda -dijo.

De momento, él no la creyó; después, observó su cara más de cerca y vio que había hablado en serio.

– ¿Por qué? -preguntó.

– Ya te dije lo que pasaría si no me llevabas a Sydney -dijo ella.

El asombro de Luke era absolutamente sincero.

– ¡Pero, Meg! ¡Esto fue hace dieciocho meses! ¡Y te di unas vacaciones! Cuatro semanas en Atherton, ¡que me costaron muy caras! ¡No podía llevarte a Sydney, después de aquello!

– Desde entonces has estado dos veces en Sydney, y las dos sin mí -insistió ella tercamente-. Comprendo que fuese así la primera vez, pues esperaba a Jus-tine. Pero sabe Dios cuánto necesitaba unas vacaciones en el pasado enero.

– ¡Jesús!

– Eres muy avaro, Luke -siguió diciendo ella, con voz suave-. Tienes veinte mil libras mías, un dinero que legalmente es mío, y me regateas el puñado de libras que te habría costado llevarme a Sydney. ¡Tú y tu dinero! ¡Me dais asco!

– No lo he tocado -declaró él débilmente-. Todo está allí, hasta el último penique, y lo he aumentado.

– Sí, eso es verdad. Está en el Banco, y allí estará siempre. Porque no tienes intención de gastarlo, ¿verdad? Quieres adorarlo, como a un becerro de oro. Confiésalo, Luke: eres tacaño. Y, además, ¡un idiota imperdonable! Tratas a tu mujer y a tu hija como no tratarías nunca a un par de perros; prescindes de su existencia, ¡por no hablar de sus necesidades! ¡Eres un satisfecho, orgulloso y egoísta bastardo!.

Pálido, tembloroso, Luke buscó en vano las palabras para hacerle frente. Que Meggie se volviese contra él, sobre todo después de esta noche, era como ser mordido mor taimen te por una mariposa. La injusticia de sus acusaciones le horrorizaba, pero, por lo visto, no había manera de hacerle comprender la pureza de sus motivos. Como mujer que era, sólo veía lo que saltaba a la vista; no podía apreciar el gran proyecto que se ocultaba detrás de esto.

Por consiguiente, dijo, en tono de asombro, desesperanza y resignación:

– ¡Oh, Meg! -Y añadió-: Yo nunca te he maltratado. No, ¡seguro que no! No hay nadie que pueda decir que he sido cruel contigo. ¡Nadie! No te ha faltado comida, ni un techo bajo el que cobijarte; has tenido calor…

– ¡Oh, sí! -le interrumpió ella-. Esto sí que es cierto. Jamás había pasado tanto calor en mi vida. -Meneó la cabeza y se echó a reír-. Pero es inútil. Es como hablarle a una pared.

– ¡Lo mismo podría decir yo!

– Pues dilo -repuso Meggie, con voz helada, saltando de la cama y empezando a vestirse-. No voy a divorciarme de ti -dijo-. No quiero casarme otra vez. Si tú quieres el divorcio, ya sabes dónde encontrarme. Técnicamente hablando, yo soy la culpable, ¿no? Yo soy quien te abandona… o, al menos, así lo considerarían los tribunales de este país. Tú y el juez podréis lamentaros juntos de la perfidia y la ingratitud de las mujeres.

– Yo nunca te abandoné -afirmó él.

– Puedes quedarte con mis veinte mil libras, Luke. Pero no obtendrás de mí un penique más. Mis futuras rentas servirán para la manutención de Justine… y tal vez de otro hijo, si la suerte me acompaña.

– ¡Conque era eso! -dijo él-. Todo lo que buscabas era otro maldito hijo, ¿eh? Por eso viniste aquí…, para el canto del cisne y para llevarte a Drogheda otro regalito mío. Otro hijo, ¡no yo! Yo nunca te importé, ¿verdad? ¡Para ti, no soy más que un semental! ¡Vaya un papel, Dios mío!

– Eso es lo que son la mayoría de los hombres para las mujeres -replicó ella, irónicamente-. Tú me incitas a lo peor, de un modo que nunca comprenderás. Pero, ¡alégrate! En los últimos tres años y medio, te he dado más dinero que la caña de azúcar. Si viene otro hijo, no tienes por qué preocuparte. A partir de este momento, no quiero volver a verte en mi vida.

Había acabado de vestirse. Recogió su bolso y su pequeña maleta y, al llegar a la puerta, se volvió, con la mano apoyada en el tirador.

– Deja que te dé un pequeño consejo, Luke. Para el caso de que tengas otra mujer, cuando seas demasiado viejo gestes demasiado cansado para seguir dedicándote a la caña de azúcar. No beses como un bruto. Abres demasiado la boca, como si fueses a tragarte de un bocado a la mujer. La saliva es buena, pero no a raudales. -Se frotó los labios con la mano-. Me das asco, Luke O'Neill, ¡el engreído! ¡No eres nada!

Cuando se hubo marchado, él se sentó en el borde de la cama y permaneció largo rato mirando la puerta cerrada. Después, se encogió de hombros y empezó a vestirse. Una rápida operación, en North Oueensland. Sólo unos pantalones cortos. Si se daba prisa, podría volver a los barracones con Arne y los muchachos. El bueno y viejo Arne. El viejo amigo. Los hombres eran tontos. El sexo era una cosa, pero los amigos eran algo muy distinto para un hombre.

CINCO

1938-1953

FEE

14

Deseosa de que su regreso pasara inadvertido, Meg-gie se trasladó a Drogheda en el camión del correo, con el viejo Bluey Williams, llevando a Justine en una cesta sobre el asiento, a su lado. Bluey estaba encantado de verla y ansioso de saber lo que había estado haciendo en los últimos cuatro años; pero, al acercarse a la casa, guardó silencio, adivinando su deseo de llegar a ella sin ruido.

Volvía a la tierra parda y plateada, al polvo,.a los maravillosos ascetismo y pureza que había echado en falta en North Queensland. Aquí, nada de vegetación salvaje, nada de apresurar la podredumbre para hacer sitio para más; sólo una marcha inevitable y cíclica, como las constelaciones. Más canguros que nunca. Deliciosos y pequeños wilgas simétricos, redondos y maternales, casi mimosos. Galahs, pasando en oleadas rosadas por encima del camión, en plena carrera. Conejos saltando desvergonzadamente en la carretera y levantando nubéculas de polvo blanco. Esqueletos calcinados de árboles muertos sobre la hierba. Espejismos de bosques en el lejano y curvo horizonte, cuando cruzaron la llanura de Dibban-Dibban, y en los que sólo unas rayas azules a través de los troncos revelaban que aquellos árboles no eran reales. Y el sonido que ella había echado de menos sin darse cuenta: el graznido desolado de los cuervos. Pardos y brumosos velos de polvo eran arrastrados por el viento seco del otoño como una lluvia sucia. Y la hierba, la hierba plateada del Gran Noi oeste, estirándose hacia el cielo como una bendición.

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