Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Una confirmación más: Luc lo había planeado todo. Cuando visitó a Beltreïn, ya sabía que pondría fin a sus días. ¿O simplemente temía ser asesinado por aquellos que ahora intentaban matarme?
– Luc Soubeyras ha intentado suicidarse.
– ¿Ha salido adelante?
– Es increíble pero se ha salvado gracias a su método. Se ahogó cerca de Chartres. El servicio de urgencias lo trasladó a un hospital que poseía una máquina de transfusión sanguínea. Han aplicado su técnica. Actualmente está en coma.
Beltreïn se quitó las gafas. Se masajeó los párpados, por lo que no pude ver sus ojos. Cuando dejó caer la mano, las monturas ya estaban de nuevo en su sitio. Con voz ausente, murmuró:
– Extraordinario, en efecto. Estaba tan apasionado por la historia de Manon… Así que se ha salvado del mismo modo. Es una magnífica conclusión para su caso, ¿no cree?
Me puse de pie, sin responder. Pasé a las comprobaciones habituales.
– ¿Le dice algo el nombre de Agostina Gedda?
– No.
– ¿Raïmo Rihiimäki?
– No. ¿Quiénes son? ¿Sospechosos?
– Es muy pronto para responderle. Los crímenes se suceden. Los culpables también. Pero otra verdad se esconde tras esta serie.
– ¿Cree usted que Luc había descubierto esa verdad?
– Estoy seguro.
– ¿Sería esa la razón de su suicidio?
– Tampoco me cabe duda al respecto.
– ¿Y sigue usted el mismo camino?
– No tema. No soy un kamikaze.
Abrí la puerta. Beltreïn me alcanzó en el umbral. Me llegaba al hombro pero era dos veces más ancho que yo.
– Si encuentra a Manon, avíseme.
– Se lo prometo.
– Prométame otra cosa. Trátela con guante de seda. Es una joven muy… vulnerable.
– Se lo juro.
– Insisto. Su infancia la ha marcado para siempre.
Tanta solicitud empezaba a irritarme. Respondí secamente:
– Ya se lo he dicho: conozco su expediente.
– Pero no lo sabe todo.
– ¿Qué?
– Debo revelarle algo que nunca he dicho a nadie. Ni siquiera a su madre.
Solté el pomo de la puerta y volví al despacho, tratando de atrapar la mirada del médico por encima de su máscara de carey. Imposible.
– Cuando Manon ingresó en mi servicio procedimos a un examen minucioso.
– ¿Y?
– Ya no era virgen.
Se me heló la sangre. Los anillos de la serpiente se multiplicaban una vez más. Una nueva idea me dominó. Imaginé a Cazeviel y a Moraz en la piel de unos terribles corruptores. Eran ellos y solo ellos quienes habían pervertido a Manon. «El diablo encima» no era otro que esos dos cabrones. Habían ejercido su influencia sobre ella. Le habían dado objetos satánicos. Y la habían violado.
– Gracias por su confianza -dije, con voz monocorde.
Al atravesar los jardines zen, espejeantes de luz, me dejé llevar por otra especulación. Si Sylvie Simonis hubiera conocido ese hecho relativo a su hija, habría sospechado de otro culpable.
Satán en persona.
80
Registrar el piso de Manon Simonis. Estaba convencido de que no me aportaría nada, pero debía seguir esa pista hasta el final. Antes tenía que ocuparme de otro detalle. Aparte de Sarrazin, otra persona me había mentido. Alguien que siempre había sabido la verdad sobre Manon y que me había dejado avanzar en la oscuridad: Marilyne, la misionera de Notre-Dame-de-Bienfaisance. Escuché otra vez su voz: «Sylvie fue perdonada. Tengo la prueba de lo que afirmo, ¿comprende?».
Marilyne lo sabía todo. Había acompañado a Sylvie Simonis en su redención, durante su retiro en Bienfaisance. Marqué su número de teléfono. Después de tres tonos, su acento gangoso me golpeó los oídos.
– Dígame. ¿Quién habla?
Volví a ver los ojos de ostra y la esclavina negra.
– Soy Mathieu Durey.
– ¿Qué desea?
– Reconducir una situación. No me gusta que me mientan.
– Ya se lo he contado todo. Sylvie Simonis residió tres meses en la fundación. La muerte de su hijita…
– Usted y yo sabemos que Manon no está muerta.
Hubo un silencio. La respiración de la mujer resonaba en mi móvil. Prosiguió con voz cansada:
– Es un milagro, ¿comprende?
– Eso no borra el crimen de Sylvie.
– No estoy aquí para juzgar. Ella me lo contó todo. En aquella época, luchaba contra fuerzas… terribles.
– Yo también conozco la historia. Su versión de la historia.
– Manon estaba poseída. El acto mismo de Sylvie fue provocado, indirectamente, por el demonio. ¡Dios salvó a las dos!
– Cuando Manon despertó, ¿cómo estaba?
– Transfigurada. Ya no manifestaba ninguna señal satánica. Pero había que mantenerse en guardia. ¿Recuerda el libro de Job? Satán dice: «He dado la vuelta a la tierra y la he recorrido completamente». El diablo siempre está ahí. Rondando.
Llegaba la pregunta esencial.
– ¿Dónde está Manon, ahora?
– Vive en Lausana.
– No. Quiero decir, en este momento.
– ¿Ya no está allí?
No estaba fingiendo. Otro callejón sin salida. Cambié de rumbo.
– ¿Usted conoce bien a Manon?
– La vi algunas veces en Lausana. Se negaba a cruzar la frontera.
– ¿Iba alguna vez a otros sitios? ¿A una casa de campo? ¿A visitar amigos?
– Manon no viajaba. Manon tenía miedo de todo.
– ¿No tenía un novio?
– No lo sé.
Hice una pausa, anticipando la violencia de mi última pregunta.
– ¿Cree usted que ella sería capaz de matar a su madre?
– Usted conoce al culpable. Es Satán. Volvió para vengarse.
– ¿A través de Manon?
– No lo sé. No quiero saber nada. Es su tarea averiguarlo. Su tarea es destruir a la Bestia que está en el fondo de las almas.
– Volveré a llamarla.
Giré la llave de contacto y busqué la dirección donde se encontraba el piso de Manon, en el centro de la ciudad. Al cabo de unos minutos, mi móvil vibró. Consulté la pantalla. El número privado de Luc. No tuve tiempo de decir nada.
– Tengo que verte. Es urgente.
La voz de Laure, impaciente. Creí que había sucedido lo peor.
– ¿Qué pasa? ¿Luc ha…?
– No. Su estado sigue estacionario. Pero quiero mostrarte algo.
– Dime.
– Por teléfono, no. Tengo que verte. ¿Dónde estás?
– Estoy fuera de París.
– ¿A qué hora puedes estar en mi casa?
El tono no dejaba opción a negarse. Reflexioné. Manon no había dejado ningún indicio. El registro de su apartamento no aportaría nada. Consulté mi reloj: las tres menos veinte.
– Puedo estar en tu casa a eso de las ocho.
– Te estaré esperando.
Bajo el cielo nublado, fui rápidamente a la estación central y devolví el coche alquilado. Un TGV salía para París a las tres y veinte. Compré un billete y me refugié en primera clase. Temía ese viaje. Mis obsesiones volverían a asaltarme. Me acurruqué en el asiento y me concentré en las explicaciones de Beltreïn. Sí, el regreso a la vida de Manon era un milagro, pero su salvador no tenía nada de divino ni de maléfico. Usaba gafas opacas y Adidas de los ochenta.
A fuerza de darle vueltas al problema, acabé por dormirme. Cuando desperté estábamos solo a media hora de París. Mis angustias resurgieron de inmediato. Pensar en Manon me desgarraba. ¿Ángel o demonio? No podía dejar esa pregunta en el aire. Debía encontrarla, como fuera.
Estación de Lyon, siete de la tarde
Corrí a una empresa de alquiler de coches y elegí un Audi A3, para sentirme en casa. Dirección: rue Changarnier, cerca de la porte de Vincennes.
Hacía menos frío que en Lausana, pero un violento aguacero golpeaba el asfalto.