El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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Marta parpadeó una vez.
– Claro- dijo.
Stern iba a hablar. Qué conversaciones, iba a decir, pero su hija le hundió la mano en la manga y le clavó una mirada dura que rayaba en la violencia. Articuló claramente: cállate.
Stern desvió la mirada.
– Sennett la despedirá -advirtió a Sonny.
– ¡Demonios! -estalló Marta.
– Todo este asunto es enfermizo -comentó Sonny. La observación no estaba dirigida a nadie en particular: una conclusión final. Stern no sabía qué se proponía recriminar, pero el juicio era firme. Ella se dirigió a Stern-. Usted tenía razón. ¿Me comprende?
Al principio él no atinó. Luego recordó: el informante. Eso la había molestado: ver la duplicidad de Sennett, su juego mezquino y artero.
Se abrió la puerta de la juez. Bud Bailey estaba detrás de Moira Winchell.
– Sandy -dijo Winchell, aun antes que hubieran atravesado el umbral-, Bud te acompañará a la sala del gran jurado. Cuando hayáis terminado, te mantendrá en custodia en su oficina hasta que el tribunal de apelaciones se pronuncie sobre tu petición de prórroga. No puedo hacer más.
Incluso Moira Winchell, firme e inconmovible, parecía un poco desconcertada. Movió la cabeza al decirle que no podía hacer más.
Marta habló entonces. Ella y Klonsky, tras deliberar, habían convenido en que había problemas serios. El gobierno aceptaría una prórroga de una semana con el objeto de permitir que Stern presentara un alegato.
– ¿En serio? -preguntó la juez Winchell, volviéndose a Klonsky-. El señor Sennett parecía muy decidido.
– Tal vez él no esté de acuerdo conmigo -admitió Sonny-. En ese caso, yo no estaré aquí la semana que viene.
Sonrió vagamente ante su propia ironía.
– ¿Desea hablar con él? -preguntó la juez.
– No es posible localizarlo ahora.
– Entiendo -dijo Moira, al comprender que le estaban enviando un mensaje-. Extraoficialmente, ¿cuál es el trato?
Stern, su hija y Sonny intercambiaron miradas. Nadie respondió a la juez.
– El alegato, el lunes; la respuesta, el miércoles; réplica, el jueves a las diez de la mañana -dictaminó la juez dirigiéndose a Marta, Sonny y de nuevo a Marta. Miró otra vez a los tres abogados y se encogió de hombros ante Bailey, el alguacil-. Es un secreto -advirtió.
45
De niño, Peter era sonámbulo. Eran situaciones escalofriantes. Como Clara se acostaba temprano, por lo general era Stern quien se enfrentaba a ellas. Una vez Stern lo encontró dispuesto a salir con sombrero y guantes, aunque estaban en pleno verano. Otra noche Peter bajó y se puso a tocar el clarinete. En otra oportunidad Stern oyó correr el agua del cuarto de baño. Pensando que era Clara, se asomó y descubrió a Peter en la bañera, en pijama. Estaba totalmente dormido y el agua formaba un marco brillante alrededor de su cara oscura y serena. En aquella época -y tal vez aún hoy- el consejo era no despertarlo. Stern lo sacó con suavidad del agua, le quitó la ropa, lo secó y lo vistió de nuevo. En este estado, Peter obedecía las instrucciones como la ayudante de un mago cuando está bajo hipnosis. Camina. Vuélvete a la izquierda. A la derecha. Pero era incapaz de hablar. Era un espectáculo perturbador. Como despertar a los muertos. El teatro privado del sueño no era un escenario suficiente para liberar las fuerzas internas de Peter. Tenía que exteriorizarlas literalmente. Después del episodio de la bañera, Peter explicó que había soñado que estaba sucio.
El jueves por la tarde Stern acudió al remodelado edificio de apartamentos donde vivía el hijo con la idea de que Peter merecía la oportunidad de compartir el peso que lo agobiaba. Después de sus peripecias con el gran jurado, Stern estaba demasiado distraído para trabajar. Aunque sentía la necesidad de aprovechar la postergación de la sentencia, también estaba preocupado por Klonsky, quien, consternada por los taimados trucos de Sennett, podía echar a perder su carrera. Al final pensó en Peter. A las tres llamó a la oficina de su hijo, donde el personal le recordó que Peter no trabajaba los jueves. Luego lo llamó a su casa. Al parecer se hallaba allí, pues estaba comunicando. Lo intentó en vano varias veces y al final decidió ir a verlo mientras aún tenía el valor suficiente. No quería enfrentamientos ni escándalos. Daría por sentado que Peter tenía buenas intenciones y estaba comprometido por obligaciones profesionales. Pero Stern había decidido que era mejor tratar el tema abiertamente. Prefería no tener nada que lo distrajera cuando enfilara hacia el calamitoso e inevitable enfrentamiento con John y Kate. Temía que ese encuentro destrozara la familia Stern; flotarían por el espacio como un cinturón de asteroides, fragmentos de la misma materia, en la misma órbita, pero separados. Sólo Marta vería las cosas desde la perspectiva de su padre, pero incluso ella quedaría un poco distanciada.
Bajo la luz tenue del vestíbulo, Stern trató de relacionar el nombre con un botón. «4B P. Stern.» Allí estaba. En opinión de Stern, la parte del sur de la ciudad resultaba desoladora. Había sido zona de barriadas pobres y misiones, hasta que los constructores habían iniciado su ofensiva cinco años atrás. Las viejas iglesias, las imprentas, incluso la inactiva estación ferroviaria se transformaron en apartamentos, pero la zona no atrajo a muchos habitantes. Las calles estaban desiertas, había pocas plantas y menos niños. Algunos indigentes se emborrachaban y regresaban allí por costumbre o confusión y se tendían en los portales limpios, apoyando las hirsutas cabezas contra las relucientes placas de bronce de las puertas pulidas. Al parecer todos los habitantes del lugar eran como Peter, jóvenes y sin hijos, felices de cambiar la comodidad de un lugar céntrico por otras ventajas.
Una bonita joven entró en el vestíbulo. Traía ropa de la lavandería y llevaba un atuendo urbano: traje azul, calzado deportivo, auriculares amarillos. La puerta interior del vestíbulo se abría mediante una tarjeta electrónica que ella extrajo de la cartera. Stern pulsó el botón del apartamento de Peter y, cuando la joven le sostuvo la puerta, entró. Mientras subía la escalera -esos edificios no tenían ascensor- se preparó una vez más. Se prometió que no haría escenas. Llamó a la puerta. Al cabo de un momento la cara de Peter apareció en la rendija que se abrió entre la puerta sujeta con cadena y el marco.
– Papá.
Las emociones habituales cruzaron la cara de Peter: incomodidad, sorpresa. Oh, Dios, ese eterno fastidio.
– ¿Puedo pasar?
Peter no respondió. Cerró la puerta para sacar la cadena. ¿Se oía movimiento dentro? No había nadie más cuando Peter abrió la puerta de par en par. Iba vestido con ropa de ciclista, blusa de color, pantalones negros con franjas de tela reflectora en los flancos, zapatillas planas. Peter tenía el pelo desaliñado después de su paseo. La bicicleta, con el casco negro colgado del manillar, estaba apoyada cerca de la puerta, como si formara parte del mobiliario.
– Vaya, papá, ¿por qué no has llamado?
Stern explicó que no había podido comunicarse.
– Me gustaría hablar de unos asuntos -dijo.
– ¿Asuntos? -preguntó Peter. Aún estaban cerca de la puerta y Stern echó un vistazo al apartamento y avanzó un paso más. La cocina, el comedor y el salón formaban una sola habitación, y al lado había un dormitorio con cuarto de baño. La decoración era sencilla: carteles de ópera y muebles brillantes rellenos de material sintético, piezas modernas y baratas. Peter no lo invitó a sentarse-. ¿Qué clase de asuntos?
– Referentes a tu madre -detalló Stern-. Deseo mantener una conversación sincera contigo.
Peter torció el gesto. Tal vez era el tema o tal vez la idea de entablar una conversación abierta con el padre. Sin hacer caso de la falta de hospitalidad del hijo, Stern se internó en el salón, mirando alrededor.
– Muy bonito -comentó.
Había estado allí sólo una vez, cuando su hijo acababa de mudarse.