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El peso de la prueba

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Stern meditó un instante sobre la sombría perspectiva de Peter. Inevitablemente, ambos esperaban lo peor del otro.

– Al contrario, considero que fue prudente. Estoy seguro de que hiciste todo lo posible. Eres un hijo que ha adorado a su madre, Peter.

Peter frunció los labios, pero no dijo nada.

– ¿Cómo averiguaste cuál fue el papel de Dixon en la enfermedad de tu madre?

– Tenía su historial clínico. Fui su médico, ¿recuerdas? Después de hablar con Nate, revisé mis notas. Las fechas coincidían. También tuvo gonorrea en Corea, ¿lo sabías?

No habían hablado del tema, dijo Stern.

– Él cree que ésa era la causa de su esterilidad -dijo Peter.

Era una reflexión, una observación profesional. Peter enfiló hacia la otra habitación y se sentó en el sofá azul. Su audacia y certidumbre moral se estaban desmoronando.

– De modo que cuando te enteraste del dilema de John, no fue del todo casual que pensaras en volver estas circunstancias contra Dixon. -Peter no respondió. Stern se le acercó desde la cocina-. Fue noble por tu parte librar las batallas de tu madre, Peter. Por no mencionar las mías. -Stern, de pie, miró un instante el oscuro semblante del hijo y luego se acercó a la ventana. Anochecía en el gran cielo rosado. En la calle había personas que llegaban desde el centro después del trabajo, llevando cenas preparadas que comerían a solas, en silencio-. ¿Puedo preguntarte por la última pieza, Peter?

– ¿Cuál?

– ¿Cómo se enteró tu madre de este plan para acusar a Dixon?

El sorprendido Peter soltó una risotada que también era un gruñido.

– Eres listo -admitió Peter-. Siempre tendré que concederte eso.

Stern asintió.

– ¿Y la respuesta?

– Ella notó que Kate estaba preocupada. Sabía que algo andaba mal. Al fin logró sonsacarle algo. Kate le contó lo que John había hecho en MD y que yo estaba metido en el asunto. No supo los detalles.

– ¿Qué dijo Kate de su embarazo?

– Nada. Ni una palabra. Aún no sabía si tendría que abortar o no.

Stern asintió. Tenía sentido.

– En cualquier caso, mamá vino a verme para averiguar qué ocurría. Le dije que no se preocupara. Pero desde luego, eso no la tranquilizó.

– ¿Así que le contaste lo que habías hecho?

– Sí. Al final lo hice.

– ¿Qué pensabas? ¿Que estaría contenta? ¿Que ella, después de tanto tiempo, compartiría tu deseo de venganza contra Dixon?

– No tienes por qué describirlo como si fuera ridículo.

– Oh, Peter, entiendo tu lógica. Cogiste a Dixon como un gato atrapa al ratón y lo pusiste a los pies de tu madre. Ella reaccionó con horror. ¿Me equivoco?

– Horror- confirmó Peter-. Traté de explicárselo. Le dije que a fin de cuentas era lo mejor para todos, pero ella no quiso saber nada.

– ¿Hasta dónde había llegado entonces tu plan?

– Bastante lejos. Sennett había conocido a John. El trato casi estaba cerrado. Yo me había negado a que lo sometieran al detector de mentiras, pero habíamos convenido en que él actuaría clandestinamente en MD y grabaría las conversaciones.

– ¿Para espiar a Dixon? -preguntó Stern desde la ventana-. ¿Y qué ocurriría cuando tu tío negara toda intervención en el plan y eso quedara grabado?

Peter lo estudió largo tiempo.

– Aún no lo entiendes, ¿verdad?

Cansado de que lo subestimaran, Stern cerró los ojos un instante y procuró calmarse.

– También se lo tuve que explicar a mamá. La idea no era condenar a Dixon por lo que hizo John. A fin de cuentas, mi tío no era culpable. Yo sabía que lo negaría. Diría que todo era obra de John y éste afirmaría que Dixon estaba asustado y trataba de salvar el pellejo echándole la culpa a él. Al final sería una lucha irritante, un empate. No se podría acusar a nadie porque el gobierno nunca averiguaría qué versión era la verdadera. Todos insistirían en la suya. Sin cárcel. Ni tormentos. Era una solución decente para ambos.

– ¿Pero?

– Pero Dixon se calló la boca.

– ¿Por qué?

Peter alzó las manos.

– ¿A mí me lo preguntas? Tú eres su abogado. No sé lo que está ocurriendo. Me paso las noches en blanco. No puedo creer que todo esto haya llegado tan lejos. ¿Se te ocurre alguna idea?

Stern reflexionó, sin ganas de hablar.

– Hace varios días sospecho que está asumiendo la culpa por lo que hicieron John y Kate. No sé qué lo impulsa a actuar así, teniendo en cuenta lo que me has dicho. -Se volvió de nuevo hacia la ventana, en cuyo marco se acumulaban generaciones de pintura-. ¿Qué pasó con el plan de grabar clandestinamente a Dixon?

– Por eso trataban de citarlo. ¿En marzo? Estaban seguros de que él iría corriendo a ver a John en cuanto recibiera la citación. Era una trampa. John llevó la grabadora durante dos semanas. Pero los agentes no podían encontrar a Dixon. Cuando lo localizaron, él no habló con John. Ni siquiera para decirle hola y adiós. No se han hablado en meses. Tío Dixon se limita a fulminarlo con la mirada… John aún está aterrado. Sennett sospecha que aconsejaste a Dixon que no se le acercara.

– ¿Puedo preguntar, Peter, cómo consiguió el agente Horn encontrar a tu tío para darle la citación ese día?

– No, ni tienes por qué preguntarlo. Debían sorprenderlo fuera, pero él entró.

Stern meneó la cabeza. Una situación lamentable. Regresó a la cocina a buscar la chaqueta.

– Te has puesto en una situación muy delicada, Peter. Si el gobierno averigua todo esto, acompañarás a tu cuñado a la cárcel.

– Oh, al principio tenía miedo. Pero los tres hemos hablado de lo que ocurriría si todo se iba al traste. -Peter sonrió débilmente-. ¿Cómo probarán que yo sabía que John estaba mintiendo?

Peter había aprendido mucho durante todos esos años mientras comía a la mesa del padre con su aire de aburrimiento y superioridad. Cuando sus hijos eran pequeños, Stern los miraba reunidos ante esa mesa con gratitud: todos eran inteligentes, sanos, guapos. Tenían mucha suerte, pensaba entonces.

– En realidad nunca fueron escépticos -prosiguió Peter-. Sobre todo cuando acudieron al banco y confirmaron que Dixon había extendido el cheque para cubrir el déficit de la cuenta Wunderkind. Al parecer no se les ocurrió otra razón para que lo hiciera. Desde luego, Dixon tenía los documentos que demostraban que él poseía la cuenta, y los estaba ocultando. Y esa fulana incluso mintió por él ante el gran jurado. Sus declaraciones sonaron bastante convincentes.

– ¿Te refieres a Margy?

– Sí. Kyle dice que después del sumario le darán una oportunidad para «refrescar la memoria».

Peter dibujó las comillas en el aire.

Stern se alisó las mangas de la chaqueta. Su hijo, reflexionando, se quedó sentado con la cabeza entre las manos. A veces Stern debía representar a personas jóvenes -dieciséis, diecisiete, dieciocho años, niños- que habían participado en actos tan depravados que debían ser juzgados como adultos. El ejemplo más reciente era Robert Fouret, un huraño universitario que, drogado, había puesto en marcha el Porsche de su padre y en vez de retroceder había avanzado, aplastando a su novia contra la pared del garaje. En esas circunstancias Stern simpatizaba con los padres, personas adineradas que acudían a él con la esperanza de que reparara todos los daños, y que con el tiempo descubrían que ni siquiera una sentencia favorable podía acallar los ecos de tales males. Eran los padres quienes veían con lucidez e impotencia el modo con que los excesos de la juventud, los actos necios e impulsivos, las compulsiones infantiles desatadas en un instante, podían cercenar y extinguir las oportunidades de una vida joven. Stern también lo veía, pero de momento decidió ahorrarse esta angustia.

Por ahora, lo único claro era que su hijo y él habían llegado a un callejón sin salida. En el teatro emocional de Stern había caído un telón. Sin duda tenía responsabilidades por esto y sufriría intensamente cuando llegara el momento de evaluar la culpa. Pero por ahora sabía que los años -casi la mitad de una vida adulta- de recriminaciones y esfuerzos ambiguos con Peter habían pasado. Siempre saludaría al hijo con cariño -por respeto a la memoria de la madre- y sabía que siempre se mirarían con dolor. Pero algo esencial había terminado. Stern había dejado de esperar mejoras, aceptación, cambios.

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