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El peso de la prueba

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– Insufrible hijo de puta. ¿Ha habido algún momento de tu vida en que no te hayas creído más listo o mejor que yo?

Tenía los ojos desorbitados. Se acercó a Stern, quien temió que su cuñado le pegara. Pero al fin Dixon se alejó y se agachó ante la caja.

– Déjala, Dixon. Sigo bajo citación. La caja es cosa mía.

Dixon lo fulminó con su rabiosa mirada.

– ¿Te imaginas? -preguntó antes de irse.

– Soy Stern.

– Hola.

La saludó cordialmente y le preguntó cómo se encontraba. Al oír esa voz volvía a sentir, aunque más lejana, la misma tormenta de emociones. Un trueno distante. Miró el reloj del teléfono. Otro de sus aparatos. Eran más de las cinco.

– Escuche -dijo ella-. He recibido una llamada muy rara. Su cliente, Hartnell. Dijo que quiere venir para hablar conmigo.

– Ignórelo -dijo Stern.

– Lo he intentado. Le dije que no podía hablar con él, porque él tenía un abogado. Dijo que lo había despedido. ¿Es verdad?

Stern aguardó un instante y le dijo que no sabía bien en qué habían quedado, que Dixon estaba muy alterado en ese momento, agobiado por la tensión.

– Si me retiro, sin embargo, no lo haré hasta que él haya conseguido otro abogado. Insisto, Sonny, en que el gobierno no trate con él directamente.

– Bien, Sandy, no sé. Es decir…

– No la estoy criticando.

– Comprendo.

La mayoría de los jueces reaccionarían adversamente si el gobierno actuaba. Si Stern alegaba que el cliente estaba alterado, el tribunal entendería que la fiscalía se había aprovechado injustamente de la situación. Ni siquiera Sennett correría ese riesgo. Tenía el caso bien atado. ¿Para qué arriesgarse? Sonny, sin duda, estaba realizando los mismos cálculos.

– Hablaré con Stan -decidió al fin. La salida habitual para un problema-. ¿Debo entender que Hartnell desea declararse culpable?

– Yo le aconsejaría que no lo hiciera. Muy enfáticamente.

– Está usted fingiendo -dijo ella con cierto humor. Sonny no podía evitar cierta calidez. Le gustaba estar en el mismo problema que él, probándose a sí misma. Sin embargo, tuvo la bondad de no presionar demasiado-. ¿Qué hay de la caja? ¿Marta y usted han hablado de nuestra propuesta?

– ¿Qué quieren ustedes? -preguntó Stern.

Claro que lo recordaba. Era sólo otro truco de picapleitos, con la esperanza de que las condiciones mejoraran en la repetición. No mejoraron.

Ella le ofreció el mismo trato: presentar la caja y una declaración jurada de que el contenido no se había tocado. De nuevo en la misma situación, algo cotidiano en la vida de un abogado. A fin de cuentas era sólo una firma. ¿Quién lo sabría además de Stern?

– Creo, Sonny, que no podré aceptar.

– Sandy…

– Entiendo.

– Creo que no entiende. Stan está muy contrariado.

– Desde luego.

– Oh, vaya -exclamó ella, y reflexionó un instante-. No me gusta el cariz que toma esto, Sandy. En serio. ¿Sabe Dixon que podemos demostrar que él controlaba la cuenta? Me refiero a Wunderkind.

– No puedo contar lo que hablé con mi cliente, Sonny, pero no he faltado a mi promesa. Espero que usted no haya pensado lo contrario.

– Lo sé. Lo digo en serio. Escuche, tengo que reflexionar… Si puedo encontrar un modo de que usted le hable, ¿eso cambiaría las cosas?

– Es usted muy amable, Sonny. Pero no cambiaría nada.

Ella titubeó.

A juzgar por su silencio, estaba desorientada.

– Sandy, esto es una locura. Si cree que alguien de este edificio no se atreverá a encarcelar a Sandy Stern…

– No me hago ilusiones.

– ¿Y nadie más puede hacer otra cosa?

Él aguardó, sin deseos de influir de nuevo sobre ella. Lo había hecho en Dulin, con un considerable coste emocional para ambos al final.

– ¿Qué? -preguntó ella.

– No importa.

– ¿Qué?

Stern suspiró.

– El informante.

Ella chasqueó la lengua.

– ¿Qué pasa con eso?

– Supongo que aún no conoce la identidad.

– Si la conociera, no podría decirla.

– Claro que no.

– ¿Entonces?

– Creo que el fiscal federal se ha complacido en engañarme. Sospecho que descubrirá usted que la fuente es alguien con quien el gobierno sabe que mantengo una relación, lo cual naturalmente exime a esa persona de mis sospechas. -Pensó si decir «un cliente» o dar el nombre de Margy, pero cuanto más específico fuera, más difícil resultaría todo. Como decía Sonny, nunca podría confirmarle la identidad-. Si mis sospechas son erróneas, quisiera saberlo.

– ¿Es importante? ¿En relación con lo nuestro? ¿La citación?

– Crítico.

– No hago promesas -suspiró Sonny-. Si lo averiguo, lo averiguo. No sé qué haré.

Ambos guardaron silencio. Stern notó con asombro que ella era una persona fuerte, bondadosa.

– ¿Cómo anda su vida? -preguntó.

No se atrevió a ser más directo: tu matrimonio, tu marido.

– Mejor -respondió ella.

– Bien.

– Ajá -dijo Sonny, y antes de colgar añadió-: Pero la ley apesta.

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– Diga su nombre y deletree el apellido para dejar constancia.

– Mi nombre es Alejandro M. Stern. El nombre de pila es A-l-e-j-a-n-d-r-o. El apellido es S-t-e-r-n.

– ¿La M? -preguntó Klonsky.

Tal vez nunca satisfaría del todo su curiosidad por él.

– Mordecai.

– Ah.

Escuchó estoicamente el dato y volvió a sus notas.

Sonny lo sometió al preámbulo habitual, que Stern había leído en docenas de transcripciones. Le anunció que comparecía ante el Gran Jurado Especial de Marzo de 1989 (marzo era el mes en que se había constituido), y le hizo un breve resumen de la investigación 89-86, que concernía a «presuntas violaciones del inciso 18 de la sección 1962 del Código de Estados Unidos». También mencionó que Stern no era el objetivo de la investigación y que la abogada estaba fuera, disponible para que él la consultara.

– ¿Ella se llama Marta Stern, con igual grafía?

– Sí -dijo Stern. Se dirigió a la relatora tribunalicia sentada ante él, Shirley Floss, quien antes trabajaba con el juez Jorka-: M-a-r-t-a.

Shirley sonrió mientras dactilografiaba. La escritura correcta era el centro de la vida de una relatora.

Stern estaba sentado en la silla de los testigos, dentro de la sala del gran jurado, con lo cual satisfacía treinta años de curiosidad. A su lado, detrás del escritorio de castaño, estaban la presidenta y la secretaria del gran jurado, dos mujeres maduras seleccionadas entre los demás jurados para esta función ministerial. Delante de él, Klonsky y la relatora se sentaban ante un pequeño escritorio; en el resto de la sala estaban los otros miembros del gran jurado: la liga de las naciones, todas las razas y todas las edades. Dos vejetes dormían; un joven con aire de matón, con patillas espesas y pelo largo y grasiento, leía el periódico. Algunos escuchaban servilmente. Una mujer madura, atractiva y esbelta tomaba notas en una libreta. No había ventanas ni luz natural.

– ¿Dónde reside usted, señor Stern?

Dio la dirección de su casa y respondió a la siguiente pregunta diciendo que era abogado.

Sonny se acercó a la mesa.

– Señor Stern, le muestro lo que la relatora ha marcado como G.J. 89-86, documento 192. ¿La reconoce?

Era la citación que ella le había entregado. Ciento noventa y dos documentos, pensó Stern. John había estado atareado. Sin duda la investigación tocaba a su fin y se acercaba el sumario. Klonsky declaró que Stern había recibido la citación y le hizo leer el texto en voz alta.

– Ahora bien, señor Stern, ¿la susodicha caja está en posesión, custodia o control de usted?

– Me niego a contestar.

– ¿Con qué fundamento?

– El secreto entre abogado y cliente.

Klonsky, que esperaba esto, se volvió hacia la presidenta del gran jurado, una mujer canosa con gafas.

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