Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
READ-E-BOOK » Триллеры » El peso de la prueba
El peso de la prueba - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

El peso de la prueba

Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:

Este archivo es una corrección, a partir de otro encontrado en la red, para compartirlo con un grupo reducido de amigos, por medios privados. Si llega a tus manos debes saber que no deberás colgarlo en webs o redes públicas, ni hacer uso comercial del mismo. Que una vez leído se considera caducado el préstamo del mismo y deberá ser destruido.
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 120
Перейти на страницу:

– Mira, papá, en este momento estoy ocupado.

– No me propongo hablar mucho tiempo, Peter. Supongo que yo tendré que decir más que tú, y no es mucho.

– ¿Acerca de qué?

Stern se sentó en el sofá.

– Peter, desde hace tiempo sospecho que cuando me pediste que no permitiera la autopsia de tu madre estabas preocupado por algo más que tu bienestar emocional.

Peter le clavó los ojos azules sin mover la cara enjuta.

– Francamente, estaba avergonzado cuando fui a verte al consultorio -dijo Stern-. Parecías muy convencido de que había ido allí porque mi amante tenía este problema. Ahora comprendo que tu teoría era que yo me había contagiado antes y que era yo quien había contagiado la enfermedad a mi nueva conocida. Por eso insististe en efectuar análisis tan rigurosos.

Peter, con semblante incrédulo y demudado, alzó las manos.

– Papá, ahora no.

– No estoy aquí para criticarte. Al contrario…

Peter se acercó al padre y le habló con resuelta claridad.

– Papá, no estamos solos. Tengo un huésped.

Se oyó un carraspeo en el dormitorio. El sonido era inequívoco.

Era un hombre.

– Entiendo -dijo Stern. Se levantó de inmediato. Aunque estaba dispuesto a resistir esto, sintió mareo y repulsión. No atinaba a entender este estilo de vida, esta elección, o como se llamara. No los actos, sino la filosofía del asunto. Stern no tenía en gran estima a los hombres. Eran bruscos, a veces insidiosos, y en general poco dignos de confianza. Las mujeres eran mucho mejores, excepto que lo intimidaban-. Bien, tenemos que hablar pronto.

Intentó mirar al hijo, pero en cambio contempló la punta de su zapato. Allí vio un maletín, sin duda del visitante, apoyado en el bloque de metal laminado que pasaba por mesilla. Era un maletín de vinilo azul de donde colgaba un gran marbete de bronce. Stern había visto este maletín antes. Al comprenderlo, experimentó un nuevo torrente de emociones: pánico, confusión. Conocía a ese hombre.

– Mira, iremos a cenar -dijo Peter.

– ¿Esta noche?

– Esta noche no. Ya te llamaré.

Le tocó el hombro.

Era desagradable, desde luego. Podía vivir sin conocer ciertos secretos, ¿o no? Las compulsiones de la vida no tenían remedio. Stern miró de soslayo el maletín. El marbete era una ampliación de la tarjeta profesional del dueño -Stern había visto antes estos objetos- pero no se veía desde allí. Se dejó conducir hacia la puerta.

– Esta semana -señaló Stern-. Después, tal vez esté en la cárcel.

– ¿Cárcel?

– Una historia interesante.

Peter agitó la mano. No quería saber, ni que su visitante lo oyera. La señal activó una repentina señal de alarma. Stern volvió los ojos hacia el maletín. Si tuviera la vista aguda el marbete le resultaría legible.

Y lo era. No el nombre, pero Stern reconoció el timbre. En ese instante, Stern se zafó de Peter y se agachó para cerciorarse de que no cometía un error.

– Oh, mierda -exclamó Peter detrás de él.

Stern se levantó y se acomodó la chaqueta, un gesto tribunalicio al que recurría antes de enfrentarse a un testigo difícil.

– Agente Horn -dijo Stern en voz alta-. Salga.

– Oh, mierda -repitió Peter, con mayor desesperación.

Stern no se dignó mirar al hijo. Clavaba la mirada en la puerta del dormitorio.

– ¿Cómo dicen ustedes, agente? ¿«No me obligue a entrar para sacarlo»?

Kyle Horn, con chaqueta y zapatos blancos, entró en el salón. Mascaba chicle y trataba de sonreír.

– Hola, Sandy -saludó.

Stern miró hacia atrás: Peter se había desplomado en el sofá y miraba por la ventana hacia la lejanía, donde sin duda anhelaba estar. Horn continuaba sonriendo descaradamente. Stern estaba erguido como un soldado.

– Comunique al distinguido fiscal federal que habrá mociones interesantes.

Horn meneó la cabeza.

– No hemos hecho nada incorrecto. No se han violado los derechos de nadie. ¿Por qué no se calma?

– No me calmaré. Cualquier persona decente se sentirá hondamente ofendida. ¿Usar al hijo de un abogado, el sobrino del presunto acusado, como informante?

– Todo se ha hecho dentro de la legalidad -dijo Horn. Se acercó a Stern y cogió el maletín-. Ya verá.

– No veré nada -replicó Stern.

Horn estaba cerca de la puerta. Se volvió hacia Peter para despedirse.

– Permanece en contacto -advirtió, mientras lo señalaba con el dedo.

– ¿Qué puedo decir, Kyle? ¿«Siempre hay accidentes»?

Horn abrió la puerta guiñando el ojo.

– La vida -le dijo a Peter- está llena de sorpresas.

46

– No me arrepiento -le dijo Peter a su padre-. Era lo correcto. Así que no me mires con tanto desprecio.

Peter sostuvo la mirada del padre un instante y luego la desvió. Sacó una gaseosa de la nevera, le quitó la tapa y se sentó ante una mesilla a beber. Eructó, tapándose la boca, y trató de concentrarse en la pared.

Stern se dirigió a la cocina, un pequeño espacio blanqueado, construido con típica eficiencia del siglo pasado, con la tostadora y el horno microondas bajo los armarios. Stern apoyó la chaqueta del traje oscuro sobre el respaldo de la silla de reja de alambre que había frente a Peter y se sentó. Su hijo lo miró un par de veces.

– Peter, creo que estoy representando a un hombre inocente.

Peter se sacó algo de la lengua y se miró los dedos.

– No te ha contado nada, ¿verdad?

– Muy poco -respondió Stern.

– Es lógico. No creí que te estuvieras callando por razones tácticas. -Aún no miraba al padre-. Estaba seguro de que tú no lo sabías.

– Ahora sé lo suficiente, Peter, para creer que has estado propagando mentiras.

Peter se volvió hacia él.

– No me juzgues -advirtió-. No entiendes cómo ocurrió.

Ninguno de los dos habló. El compresor de la nevera emitió un chasquido y un autobús pasó por la calle. Peter flexionó la mandíbula.

– Cinco o seis semanas antes de la muerte de mamá -explicó-, Kate vino a verme. Una mañana, antes de la escuela. Condujo tres cuartos de hora en medio del tráfico y en cuanto llegó aquí fue directamente al cuarto de baño y la oí vomitar. Así que el gran galeno dijo: «Tal vez estés embarazada». Y ella respondió: «Lo estoy. Por eso he venido. Necesito el nombre de un lugar decente para abortar». Yo me quedé de una pieza y ella me contó una complicada historia acerca de John. Que él cree que nunca llegará a nada, que se siente inferior en esta familia. Ya sabes, todo lo que hemos pensado un millón de veces. Debido a esto y también por ella, había hecho algo realmente estúpido en el trabajo. Realmente estúpido. Estaba empecinado en ser un operador bursátil. Su idea era que si podía demostrar cierta habilidad, os pediría a ti y a mamá que le prestarais dinero para que pudiera alquilar un puesto. Pero el tío Dixon no lo dejaba acercarse al foso. John insistía, pero Dixon pensaba de él lo mismo que todos los demás: un tonto de capirote. Y no lo es. En serio, no lo es.

– Ya veo que no -comentó Stern.

Peter sonrió ante la seca observación del padre.

Según Peter, Kate creía que nadie tomaría a John en serio hasta que pudiera demostrar que había ganado algún dinero con las transacciones. Así que ella sugirió que abrieran una cuenta en MD. Él estaba en el despacho central. Podía introducir sus propios pedidos. Sería casi como si estuviera en el foso. Kate firmó los formularios. Ambos sabían que los empleados de las compañías no podían operar, pero se trataba de una infracción menor. Todos lo hacían.

– Decidieron llamarla Wunderkind porque eso es lo que creían que es John: el Chico Maravilla. Pensaron que lo llegaría a ser. -Peter hizo una pausa-. Creo que él le prometió que podrían reunir cinco mil dólares para comenzar, pero ninguno de ellos gana un gran salario, así que un día John tuvo otra idea.

1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 120
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)