El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– Entonces Kate vino a verme. John está en la cárcel del tío Dixon, que a estas alturas es diez veces peor que la verdadera. Kate y John decidieron que lo único que podía hacer John era coger el toro por los cuernos: John llamaría al FBI, confesaría e iría a la cárcel, y Kate pondría fin a su embarazo. Esto pensaban hacer con sus vidas. Y nadie bromea. ¿De acuerdo?
Peter terminó el agua mineral y eructó de nuevo. Asintió.
– ¿No se te ocurrió que yo podría haber sido de ayuda en un terreno en el cual he trabajado casi toda mi vida? -preguntó Stern.
– En primer lugar, Dixon era tu cliente, lo cual significa que era objeto de veneración religiosa. Y en segundo lugar, ¿qué habrías hecho?
– Lo más evidente, hablar con Dixon.
– ¿Y cómo hubieras evitado que acudiera al FBI? Amenazó con hacerlo. Eso dejaría a John sin la ventaja de haberse entregado.
– Yo hubiera pedido a Dixon que no lo hiciera.
– Entiendo -suspiró Peter-. Y él siempre ha hecho lo que tú querías, ¿verdad?
Peter irguió la cara con altivez.
Peter era un joven iracundo, sin duda. La vida resultaba profundamente insatisfactoria: las personas le fallaban en todo. No era homosexual, pensó Stern de pronto, sino misántropo. Prestaba ayuda porque se creía superior y obligado a cumplir un noble deber, pero esperaba decepciones, una tras otra, y quizá hasta disfrutaba con ellas. No confiaba plenamente en nadie. Stern comprendió que en esto, en mayor medida de lo que deseaba, Peter era digno hijo de él.
– Estuve reflexionando mucho tiempo. Fui a cenar con ellos y hablé con Kate y John toda la noche. Me llevé a casa la carta que Dixon dirigía al fiscal federal, donde explicaba toda la estafa. Revisé los detalles. De pronto encontré la solución. La única solución: John tenía que ir al FBI. Pero…
Peter alzó ambas manos como un director de orquesta.
– ¿Sí?
– Pero para culpar a Dixon. Debía decir que Dixon estaba al mando de todo. John era sólo un peón, obedecía órdenes.
Se miraron en silencio.
– Muy astuto -comentó al fin su padre.
– Eso creí. -Peter sonrió rígidamente-. Desde luego, había algunos problemas. Por lo pronto, John no podía hacerlo todo por su cuenta. No le quedaba valor para caminar solo por la calle, y menos para embaucar al FBI.
– ¿Así que le ofreciste ayuda?
– Sí.
– Te convertiste en su representante.
– En efecto.
– Su abogado defensor -observó Stern.
Peter no respondió; sin embargo, era evidente que no lo había considerado así.
– ¿En serio crees que esta profesión se maneja así, Peter?
– Oh, ahórrame el discurso. Te he oído demasiadas veces. ¿A cuántos les has conseguido inmunidad cuando mentían a más no poder y culpaban a quien el gobierno quería que culpasen?
– A muchos menos de los que pareces imaginar, Peter. En cualquier caso, si se dijeron embustes, yo no los inventé.
– ¿No? ¿Acaso creías en esos «embustes»? Lo sé. Sólo eres el abogado. Si el cliente tiene las pelotas, o los sesos, para no decirte que está mintiendo, haces la vista gorda. ¿Cuántos cuentos de hadas de ese tipo has contribuido a crear?
Peter era su hijo, desde luego. Conocía bien la vida del padre.
– Hay distinciones, Peter. Tu intervención en este asunto me merece una opinión tan pobre como te merecería la mía si yo realizara una operación quirúrgica.
– Mira, era mi hermana.
Peter recuperó su aspecto de furia inspirada. El desafío estaba allí: mi hermana, tu hija. Se miraron fijamente.
– Así que decidiste llamar al FBI.
Peter se reunió con Kyle Horn en el vestíbulo de un hotel. Fueron al lavabo y se registraron mutuamente para cerciorarse de que ninguno de los dos llevaba aparatos electrónicos. Peter presentó su propuesta. Él no tenía nada que ver, pero conocía a un hombre. El tipo tenía un jefe que era un personaje importantísimo en la Bolsa de Kindle. Había asuntos ilícitos y su conocido estaba involucrado. No era el mandamás, pero tenía miedo. Lo contaría todo, pero sólo a cambio de inmunidad y la promesa de que el papel de Peter en todo el asunto nunca se revelaría. Tómalo o déjalo, dijo Peter.
– ¿Y el gobierno aceptó?
– Al principio no. Tuve que ver a Sennett. Me hicieron repetir las cosas cuatro veces. Al final permití que entrevistaran a John en persona. Todo con mucho secreto, pues no querían que nadie supiera lo de John. Pero noté que les interesaba desde el día en que les di el nombre de Dixon. Incluso hicieron bromas sobre confiscar el lugar y llamarlo Maison Stan.
Maison Stan, pensó Stern.
– ¿Sabían que eras mi hijo?
– Yo se lo dije.
– Les debió de divertir mucho.
– Supongo. Ante todo, estaban preocupados. No sabían a quién contrataría Dixon como abogado, pero en cuanto apareciste tú, recibí toda clase de boletines, resúmenes, instrucciones y chorradas donde me advertían que nunca comentara el caso contigo. Obedecí. En las tres últimas semanas me dijeron que debía permanecer alejado de Marta, y también seguí esta orden. Todos nos asustamos cuando Margy envió el informe diciendo que hablarías con la gente del despacho de pedidos. Pero Sennett había pensado que tendrían que enviar una citación a John para que nadie sospechara de él. Muy astuto, ¿eh?
Peter sonrió. Stern también. Habían corrido en círculos a su alrededor.
– Supongo que Tooley fue otro actor de tu farsa.
– Más o menos. Yo lo propuse a él y a Sennett le pareció ideal. Creo que en determinado momento Stan le dijo a Mel que no hiciera muchas preguntas, lo cual le pareció bien. No es precisamente tu mayor admirador.
– Ya lo creo que no -masculló Stern.
Peter había localizado a los principales antagonistas de su padre y había hecho causa común con ellos. Esta idea lo irritó. Se levantó y caminó por la diminuta cocina. Por alguna razón recordó los primeros años, cuando sus hijos iban cubiertos con mantas en el asiento trasero del sedán y toda la familia salía a ver una película en el auto-cine. Peter era el único de los tres que se quedaba despierto. Incluso a los seis o siete años, aguantaba la película entera y divertía a los padres con su curiosidad acerca del mundo de los adultos, mientras las niñas se apretaban las manitas contra la cara y dormían.
– Sabrás que le has causado un gran daño a tu tío.
Peter lo miró con ese destello duro en los ojos.
– Ya te he dicho que no me arrepiento.
– ¿Crees que Dixon se lo merecía? ¿Por qué…? ¿Por el modo en que trató a John?
– Por muchas cosas. Ha vivido como un cerdo.
– Entiendo -suspiró Stern-. ¿Qué otros graves pecados de la vida de Dixon pretendías castigar, Peter?
Peter guardó silencio. Al cabo de un instante desvió la mirada.
– Ayúdame con la cronología, Peter. ¿Cuándo, exactamente, te habló Nate Cawley del problema de tu madre? Sin duda fue hacia la misma época en que ocurrió esto.
Peter arrancó el papel de la botella con el pulgar. Estaba preocupado, defraudado por algo.
– La semana pasada Nate me contó que había hablado contigo acerca de mamá. Juró que no me mencionaría.
– Y no lo hizo -replicó Stern-. Como te he dicho al llegar, he reflexionado sobre las circunstancias.
Peter se encogió de hombros. No estaba seguro de creerle, pero esto carecía de importancia.
– Nate pensó que alguien de la familia tenía que saberlo, a causa del estado en que ella se encontraba. Pensó que yo era el más indicado, al ser un profesional. Quería que la vigilara y mantuviera la boca cerrada. Huelga decir -añadió Peter, mirando fugazmente al padre- que ahora opina que cometió un grave error.
– Nate ha sido muy duro consigo mismo, Peter. Incluso creía que yo lo denunciaría. ¿Lo sabías?
– Sí. Francamente, creí que era posible si estabas al corriente de toda la historia. Pensé que considerarías el colmo de la irresponsabilidad que hablara conmigo y no contigo.