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El peso de la prueba

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– Creo que ella tiene razón -dijo Marta, en cuanto cerró la puerta del estudio.

– Claro que sí -admitió Stern. Era una habitación pequeña, tal vez la oficina de un escribiente cuando se construyó el edificio. Había una pared de libros, varias fotos de Jason Winchell, una foto de una perra, una setter irlandesa, en diversos momentos de su vida, desde que era un cachorro hasta que tenía su propia camada. Los ojos de la perra brillaban verdes y escalofriantes a la luz del flash mientras su prole mamaba- ¿Deseas que responda a esa pregunta?

– Te lo aconsejo -contestó Marta.

Regresaron a la mesa. Marta anunció que Stern respondería. Los fiscales no reaccionaron, pero la juez asintió con satisfacción.

– De acuerdo -dijo la juez-. ¿Cuál será la próxima pregunta? Quisiera impedir que los jurados pierdan tiempo mientras los abogados van y vienen.

– Bien, ¿cuál es la respuesta a la pregunta? -intervino Sennett.

La juez miró a Stern y Marta alzó la mano para impedir que su padre hablara.

– Creo que mi cliente indicará que la caja está en su posesión.

Marta sabía esto, pues había vuelto a ver la caja en la oficina. Pero Stern no había mencionado las nuevas conversaciones entre Dixon y él, y Marta había tenido la prudencia de no preguntar. Tomaba en serio la obligación de su padre de guardar reserva respecto a las confidencias de Dixon.

Al saber que Stern tenía la caja, Sennett se volvió hacia Klonsky. Tal vez había esperado que no fuera así. Sonny no respondió. Ante el gran jurado actuaba con soltura, pero ahora, al afrontar las consecuencias, estaba menos animada y parecía cada vez más distanciada del procedimiento, donde Sennett llevaba la voz cantante. Estaba más pálida. Stern no pudo evitar pensar en Kate, aunque poco lo consolaron lo que parecían signos de complicidad de Sonny.

– Próxima pregunta -indicó la juez.

– La próxima pregunta -dijo Sennett- es si la caja, el contenido incluido, está en las mismas condiciones que cuando el señor Stern la recibió o si, según su conocimiento, se ha sustraído algo.

Marta iba a hablar, pero la juez ya estaba meneando la cabeza. Las preguntas, de una en una, advirtió a Sennett. Él le susurró algo a Klonsky, quien se encogió de hombros.

– La pregunta -prosiguió Sennett- es si el señor Stern tiene conocimiento de que se haya sustraído algo de la caja desde el momento en que se entregó la citación.

Por desgracia, ésta era una sagaz mejora. Planteada así, la pregunta seguía la línea del dictamen anterior de la juez y no iba más allá de preguntar si Stern había seguido en posesión de aquello que se le había solicitado. Si Stern respondía que nada se había sustraído desde la citación, Sennett intentaría retroceder al momento en que Stern había recibido la caja. Eso podía ser más objetable. Stern, desde luego, comprendió que nunca respondería a la primera pregunta.

– Bien, señorita Stern, ¿alguna objeción a esta pregunta?

– Preguntarle si él sabe -observó Marta- no distingue entre lo que el cliente le pudo haber dicho y lo que él ha averiguado por su cuenta.

– Limitaremos la pregunta para excluir toda conversación con el cliente -replicó Sennett.

– De modo que la pregunta es -concluyó la juez-, dejando de lado toda conversación con el cliente, ¿sabe el señor Stern si se ha extraído algo de la caja desde el momento en que se le entregó la citación?

Sennett asintió. Ésta era la pregunta.

– ¿Alguna otra objeción? -preguntó la juez.

Stern le susurró a Marta: insiste sobre el secreto. Así lo hizo ella, y declaró que la pregunta todavía apelaba al conocimiento obtenido en la relación entre abogado y cliente, y podía revelar las impresiones mentales del abogado.

– Muy bien -dijo la juez-. Estas objeciones no han lugar. La pregunta, al igual que la anterior, se refiere simplemente a lo que está o no está en posesión del interrogado, sin tener en cuenta las conversaciones con el cliente. Por lo tanto, ordeno al señor Stern que responda. De nuevo, quisiera saber si se propone responder.

La juez señaló otra vez su estudio.

– No -dijo Stern cuando estuvieron a solas.

– ¡Papá!

– No responderé.

– ¿Por qué no?

– No puedo.

Había un pequeño sofá tapizado de tweed, y Stern se desplomó en él. De pronto se sentía agotado. Marta se quedó de pie.

– Me dijiste, antes que Dixon se llevara la caja, que nunca te permitió abrirla.

– Es verdad.

– Así que no sabes si han extraído algo. ¿Cómo podrías saberlo?

Él meneó la cabeza, negándose a responder.

– Vamos -exclamó ella.

Stern miró las paredes: la juez exponía allí varias menciones y una medalla de un grupo femenino. Como Stern había supuesto, tenía un atiborrado escritorio en su espacio privado.

– Si respondiera que, a partir de mis conocimientos, el contenido de la caja no es el mismo, ¿qué sucedería?

– Te preguntarían qué falta, cómo sabes que no está, quién tuvo acceso a la caja, dónde se encontraba, quién tiene lo que falta -respondió Marta, al tiempo que contaba las preguntas con los dedos.

– ¿Y se sostendrían nuestras objeciones de privilegio a tales preguntas?

– Tal vez. Para algunas. Depende de cómo sepas lo que sabes.

– Tal vez para algunas. Pero la juez Winchell sin duda pedirá que declare quién tenía acceso a la caja o dónde se encontraba.

– Una conjetura razonable -concordó Marta-. ¿Me estás diciendo que él extrajo algo y que tú lo sabes?

Una vez más, Stern rehusó responder.

– Papá…

– Marta, si declaro que Dixon tomó la caja, que Dixon devolvió la caja y que falta algún objeto, ¿qué deducirán los fiscales y el gran jurado?

– Eso es evidente.

– En efecto -asintió Stern-. Así que no puedo consentir estas preguntas. No daré respuestas que impliquen mala conducta de mi cliente. Ni voy a responder a las preguntas de nadie acerca del contenido de la caja.

– ¿Con qué fundamento?

El desconcertado Stern caviló un instante.

– El derecho a la intimidad.

No existía tal cosa y ambos lo sabían. Marta estudió a su padre. Stern sabía que dentro de ella la razón competía con las emociones. En alguna parte, si ella tenía suficiente flexibilidad, encontraría un argumento que lo persuadiera, que lo salvara de sí mismo. Los ojos oscuros le brillaban.

– Ahora no te están haciendo tales preguntas. Sólo quieren saber si el contenido de la caja es el mismo. Sí o no. Si tienes un problema más tarde, lo abordaremos en su momento.

– Me niego. Una vez que hayamos tomado este camino, no hay un punto lógico donde detenerse.

– ¿Qué había en la caja? -rezongó Marta.

Stern meneó la cabeza.

– ¿Cómo lo sabes?

Él repitió el ademán.

Marta lo observó con la misma concentración obsesiva.

– Tía Silvia -concluyó al fin-. Ella te lo dijo. La estás protegiendo.

– Eres inteligente, Marta, pero aquí te equivocas.

– No lo entiendo. No entiendo qué crees saber. Tampoco entiendo tu lealtad hacia él. ¿No lo odias? ¿Después de todos los trucos que ha empleado?

Stern titubeó.

– Vamos -dijo Marta.

– Tengo una obligación hacia Dixon. El gobierno puede buscar pruebas contra él en todos los rincones del mundo, y al parecer eso ha hecho. Él tiene derecho a saber que su abogado no se unirá a la multitud.

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