El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
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La idea era efectuar transacciones adelantadas. Introduciría pequeñas órdenes aquí cuando supiera que se iban a ejecutar pedidos grandes en Chicago o Nueva York. Había aprendido bastante sobre las operaciones de MD, cuando trabajaban en esas áreas, para saber cómo usar las cuentas de errores y de Wunderkind con el fin de ocultar las ganancias.
– Se prometió a sí mismo que lo haría sólo un par de veces, para empezar. Las famosas últimas palabras de la colonia penal, ¿verdad? -comentó Peter.
– Ésas y «Sólo una vez más» -admitió Stern.
– Así es -rió Peter. Luego se calmó y continuó-: Es evidente que las maniobras funcionaron. Pero cuando operaba, el dinero se le iba así. -Peter chasqueó los dedos-. Decidió que no tenía capital suficiente para manejar los altibajos del mercado. Necesitaba dinero en serio. Así que volvió a efectuar transacciones anticipadas, unas treinta veces, y ganó trescientos mil dólares en un mes.
– ¿Y por qué no compró su puesto en la bolsa entonces? -preguntó Stern.
– ¿Por qué no hizo un montón de cosas? -Peter sonrió vagamente-. Creo que tenía miedo. No podía explicar a nadie de dónde venía el dinero. Por otra parte, aún no conocía lo suficiente el oficio. Habría perdido la licencia en una semana. Quería tratar de mantenerse durante un par de meses.
– ¿Cuánto sabía tu hermana de todo esto?
– ¿Kate? Sin duda sabía lo de la cuenta Wunderkind. Pero ignoraba de dónde provenía el dinero inicial. Aún no.
– Aún no -masculló Stern.
Peter sacó otras dos gaseosas de la nevera, destapó una y se la dio a su padre. Era agua mineral francesa, una marca que Stern desconocía, con aroma a pétalos de rosa. Stern pidió un vaso.
– ¿John perdió los trescientos mil?
– En efecto. Le fue un poco mejor, pero al final los perdió.
– Así que robó de nuevo.
– Puedes llamarlo así.
– Por su nombre -espetó Stern-. Tal como haría un fiscal. Tal como haría un juez al enviar a John a la cárcel.
Peter, que estaba frente a los armarios blancos, dio media vuelta.
– Mira, papá, pasé veranos en la bolsa. No deseo disculparlo, pero es como si nada existiera en realidad. Son números en una pizarra, nada más. Efectúas una transacción anticipándote a los clientes, en diez o veinte lotes, no perjudicas a nadie. Va contra las reglas porque si todos lo hicieran, los clientes perderían. ¿Pero una persona sola? No pasa nada. Era como encontrar dinero. Mucha gente encontró dinero allí. ¿Crees que Dixon nunca ha operado anticipadamente?
– Nadie ha citado a Dixon como un dechado de virtudes.
– De eso no hay duda -replicó Peter, con un destello duro en los ojos, similar al que había mostrado al decir que no se arrepentía.
Stern le pidió que continuara.
– Entonces -prosiguió Peter-, Kate lo descubrió. Hubo una confusión y muchas lágrimas. Ella lo obligó a prometer que no lo haría de nuevo. Él acabó de echar mano de otros doscientos setenta y cinco mil, y la tranquilizó. Nunca más. En absoluto. Borrón y cuenta nueva. Pero pronto le fue mal en el mercado. Le quedaban los últimos veinte o treinta mil cuando cometió su gran error. Oyó unos rumores sobre el azúcar zurdo. ¿Sabes qué es?
– Bastante -dijo Stern.
– John creyó que tenía información confidencial… apostó a que el mercado azucarero mundial iba a derrumbarse. Pero quedó destruido. Fulminado. El alza del mercado fue tan rápida que ni siquiera pudo salir a tiempo. Cuando se despejó la humareda, no sólo había perdido hasta el último céntimo de la cuenta Wunderkind, sino que debía a MD 250.000 dólares por las pérdidas en el valor de la posición por encima de sus acciones.
– ¿Ahí entra Dixon?
– Casi. Primero, John se asusta. Puedes decir lo que quieras sobre lo que hizo, pero el riesgo era bajo con cuentas diferentes. El mejor operador del país no podría seguir el rastro entre la cuenta de errores y la cuenta Wunderkind sin ayuda. Pero al tener un déficit de un cuarto de millón, se vio en apuros. Como comprenderás, no tenía dinero, pero tampoco podía acudir a la familia para pedir un préstamo. Así que optó por lo que parece ser la única alternativa. Empezó a eliminar todos los documentos que demostraban quién poseía la cuenta. La idea era que de esta forma no podrían encontrarlo. Se introdujo en el sistema informático y limpió los archivos. Frió la microficha. Por desgracia, desde luego, el duplicado de la ficha estaba en Chicago. John llamó a un empleado con algún pretexto y le pidió que mandara los duplicados, pero el empleado le preguntó primero a alguien… ¿Quién está a cargo de allá?
– Margy Allison.
– Eso es. Margy llamó a Dixon, quien ya sabía por el departamento de contabilidad lo referente a la cuenta Wunderkind y a su elevado déficit. Dixon pidió a Margy que le enviara los documentos que John había solicitado. Cuando llamó a John dos días más tarde, Dixon tenía las páginas que había hecho imprimir con la ficha y las declaraciones de cuenta en el escritorio. Hizo sentar a John en una de esas sillas Corbusier, las cuadradas con marco de acero inoxidable. Cogió a John por la corbata, le puso la rodilla en el pecho y lo molió a golpes. Toda una escena. Dixon es fuerte, pero no tiene la corpulencia de John. Sin embargo, John se quedó allí como un guiñapo, sangrando y llorando, suplicando.
Peter se pasó la mano por el cabello. Dixon ya había extendido un cheque para compensar el déficit de la cuenta Wunderkind. Prefería eso antes que admitir ante sus mejores clientes, los que habían efectuado los pedidos grandes que John había usado con anticipación, que nadie se daba cuenta de que un empleado, y para colmo un pariente, les estaba robando. Pero no pudo saldar la deuda sin llamar la atención de sus contables. De cualquier modo tenía que hacerlo, y Dixon prefirió callar el asunto para cubrirse ante los clientes.
– Pero, desde luego -continuó Peter-, tío Dixon estaba resentido. John le había ensuciado el nido, había puesto en peligro todo el negocio, y tío Dixon anunció que John pagaría por ello. Al estilo Dixon. Gran discurso. -Peter se puso los brazos en jarras e imitó convincentemente la voz de Dixon-: «Ahora serás mi jodido esclavo. Es la última vez que ves un aumento o una bonificación en este siglo, y harás todo lo que yo te ordene. Cuando yo quiera. Fregarás suelos, limpiarás cristales y lavabos si yo te lo mando. Si alguna vez se te ocurre largarte o hacerme una trastada, te arruinaré. Yo daré la cara a los clientes y llamaré al CFTC, al FBI, a George Bush, a quien se me ocurra, y les diré que esto me ha dolido mucho y les suplicaré que te destrocen». Para respaldar estas palabras, Dixon cogió todos los documentos y los guardó en su caja de seguridad, advirtiendo a John que siempre estarían allí.
– ¿John creyó que Dixon cumpliría su palabra?
– Ya lo creo.
Stern pensó en la anécdota de Margy y la leyenda de la ira de Dixon que circulaba entre sus empleados. Sin duda Dixon se mostraba convincente cuando alardeaba de su propia crueldad.
– Más aún, el tío Dixon cambió de opinión y aseguró que entregaría a John al día siguiente. Pero por la mañana dijo que lo entregaría al otro día. Luego volvió a cambiar de opinión. Y así va la vida de John. Trabaja en el despacho de pedidos y, cuando se van todos, Dixon le encuentra alguna tarea humillante, como clasificar la basura. Y de vez en cuando Dixon dice que se lo ha pensado mejor y que le conviene denunciarlo. Un día llamó a John a la oficina mientras telefoneaba a la división legal del CFTC y mantuvo una larga charla sobre errores de cuenta. Consiguió una foto de John y le dibujó rejas delante. Luego le dio a John el borrador de una carta que Dixon aseguró haber enviado al fiscal federal. Todos los días hay algo nuevo. Mi amado tío practica una extrema crueldad mental. Difícil de creer en él, desde luego.
Stern sintió la tentación de hacer un comentario, pero calló.