El peso de la prueba
- Автор: Туроу Скотт
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «El peso de la prueba». Краткое содержание книги:
En caso de incumplimiento de dicha advertencia, derivamos cualquier responsabilidad o acción legal a quienes la incumplieran.
Queremos dejar bien claro que nuestra intención es favorecer a aquellas personas, de entre nuestros compañeros, que por diversos motivos: económicos, de situación geográfica o discapacidades físicas, no tienen acceso a la literatura, o a bibliotecas públicas. Pagamos religiosamente todos los cánones impuestos por derechos de autor de diferentes soportes. Por ello, no consideramos que nuestro acto sea de piratería, ni la apoyamos en ningún caso. Además, realizamos la siguiente…
– No estás obligado a violar órdenes judiciales. Éste es un problema de filosofía personal, no de ley.
– En lo que a mí concierne, Marta, esto no depende de mí. En cualquier caso, no me serviría del sistema legal para zanjar mis diferencias con Dixon.
Marta aflojó los brazos, frustrada.
– ¿Y la Quinta? -preguntó de pronto.
– No. A mi entender, en estas circunstancias Dixon no está protegido por la Quinta Enmienda.
– No, no. ¿Qué me dices de ti? Puedes ser inocente y recurrir a la Quinta. Si revelas que algo se extrajo de la caja mientras estabas bajo citación, te puedes incriminar. Tú tienes derecho a la Quinta.
Marta estaba excitada, convencida de que ésta era la solución.
Stern disentía. Si hacía lo que pedía Marta, los fiscales pronto obtendrían una orden de nulidad que lo privaría de la protección de la Quinta Enmienda. No habría ganado nada y estas tácticas desesperadas irritarían a la juez.
Derrotada, Marta se sentó junto a su padre.
– No lo entiendo. ¿Cómo te puedes hacer esto, sólo para complacerlo?
– Si yo quisiera complacer a tu tío, cometería perjurio y resolvería todos mis problemas. Quizá yo sea demasiado cobarde para adoptar esta posición.
– Papá, por favor. Si te enfrentas a ella en este terreno, donde no tenemos fundamento legal para oponernos, te meterá en la cárcel.
– Entonces, que sea lo que Dios quiera.
Su hija lo miró de hito en hito.
– Por Dios -exclamó Marta-. Y dices que él es un cliente difícil. ¿Qué había en la maldita caja?
Stern negó de nuevo con un gesto.
Regresaron a la mesa. La juez y los relatores estaban hablando de cine.
– Bien, constancia oficial -dijo la juez.
Marta entrelazó las manos, las apoyó en la mesa y anunció que Stern se negaría a responder la pregunta basándose en el secreto entre abogado y cliente y en la garantía del derecho a la defensa brindado por la Sexta Enmienda. La juez, los fiscales e incluso los relatores tardaron un instante en asimilarlo.
– Desacato -dijo al fin Sennett.
– Mi cliente considera que el gobierno intenta utilizarlo como testigo contra su cliente -añadió Marta.
– Sea verdad o no -determinó la juez Winchell, mirando el suelo-, tiene que responder. Ni el derecho a secreto entre abogado y cliente ni la constitución le otorgan una base aceptable para negarse.
– No responderá -insistió Marta, enérgica e implacable, sin revelar la menor duda.
Maravillosa a pesar de todo, pensó Stern.
La juez se cubrió los ojos con la mano.
– Bien -suspiró al fin-. Evaluaré cómo enfocar este desacato, suponiendo que se produzca. Y escucharé atentamente los argumentos. -Se enderezó-. Pero quiero que el señor Stern sepa que si se obstina, tengo la intención de ponerlo bajo custodia, y dejaré que el tribunal de apelaciones decida si mi orden debe retrasarse mientras consideran el asunto. También le advierto que no pondré fin a su presencia ante el gran jurado. Tendrá que continuar respondiendo a las preguntas de la fiscalía, o seguir negándose.
La juez Winchell le había clavado su mirada glacial. Ni amistad, ni descansos de la sinfónica, ni chorradas. Estaban en el corazón de la existencia judicial de Moira Winchell, su autoridad legítima. Con cierto temor, Stern atinó a cabecear.
El grupo regresó en silencio a la calle para caminar hasta el nuevo edificio federal. Stan se separó de ellos porque debía dar un discurso en un almuerzo. Sin duda sentía no estar allí para ver cómo los alguaciles le ponían las esposas, pero quedaban al menos tres cuartos de hora y Stan, siempre con prisa, no tenía tiempo. Le dijo algo a Klonsky y se marchó mientras el grupo caminaba bajo el calor del mediodía, rodeado por el bullicio de las obras de construcción y el tráfico.
Frente a la sala del gran jurado, los miembros remoloneaban, tomaban café, charlaban, fumaban cigarrillos. Sonny alzó una mano para reunirlos.
Se plantó con Stern y Marta ante la puerta.
– Sé que es una cuestión de principios -le dijo a Stern, cogiéndole la mano, un gesto algo chocante en ese entorno-. Pero creo que es un error. Por favor, recapacite.
En la sala, Stern volvió a ocupar su asiento. Ella leyó la primera pregunta: ¿Estaba en posesión de la caja?
– Sí.
Klonsky estudió su libreta.
– Dejando de lado toda comunicación con el cliente, ¿sabe el señor Stern…? No, tache eso. ¿Sabe usted si se ha extraído algo de la caja desde el momento en que le fue entregada la citación, G.J. 89-86, documento 192?
– Me niego a responder.
Sonny lo miró con semblante pálido.
– Exprese sus razones.
Terminaron pronto. Los miembros del gran jurado refunfuñaron cuando Klonsky pidió otro descanso.
Marta estaba de pie al lado de la puerta. Soltó una maldición cuando la abrieron.
Klonsky pidió a Barney Hill, el escribiente del gran jurado, que llamara a la secretaria de la juez Winchell para decirle que volvían. Los cuatro salieron a la calle. Marta caminaba junto a Stern, hablándole acaloradamente.
– Ahora suplicaré y apelaré. Usaré todo… treinta años de servicio en este tribunal, la muerte de mamá, todo. Y no quiero deliberaciones, ¿te enteras?
Él asintió sonriendo, y siguió adelante, asombrosamente libre de temores y dudas.
El personal de la juez sabía lo que ocurría y guardó silencio cuando entraron. La secretaria le anunció a la juez que habían regresado, pero la puerta de la cámara permaneció cerrada, y los cuatro -Stern y su hija, Klonsky y la relatora del tribunal- esperaban en la antesala. Sonny estaba más pálida. Se sentó frente a Stern frunciendo los labios, mirando el vacío. Era muy bonita, observó Stern, distanciándose. Entró Bud Bailey, uno de los alguaciles. Era un hombre corpulento, amable y pelirrojo, con uniforme, pistola y llaves tintineantes. Su llegada sobresaltó a Stern como una nota disonante.
Bailey saludó a Stern y Klonsky, y luego miró a la secretaria de la juez.
– ¿Ha llamado ella?
Sonny se había tensado ante la aparición de Bailey.
La secretaria envió primero a Bailey. Recibiría instrucciones para poner a Stern bajo custodia. Stern había imaginado todo esto y estaba dispuesto. Lo escoltarían hasta la celda del alguacil, un cubículo del tercer piso con rejas de alambre, que parecía una pajarera para seres humanos. Permanecería allí un par de horas. Si el juez del tribunal de apelaciones no dictaminaba deprisa, lo transportarían en un coche celular hasta la penitenciaría federal. Allí le pedirían que se desnudara, lo registrarían de pies a cabeza y le pedirían que se encorvara mientras el guardia le examinaba el ano con una linterna. Luego le darían un traje azul. No estaría dentro mucho tiempo. Habían redactado una petición de aplazamiento la noche anterior; Marta la tenía consigo e iría de inmediato al piso doce para presentarla. Marta y él se habían puesto en contacto con George Mason, presidente de la asociación de abogados del condado, una figura eminente que les prometió intervenir para que su Junta de Gobernadores participara en un alegato favorable. En todo caso, Mason organizaría a docenas de abogados que presentarían una petición conjunta al tribunal de apelaciones.
Sin duda el tribunal ordenaría la liberación de Stern y fijaría un horario para interrogatorios y declaraciones. Para justificar la apelación, Marta había insistido en ceder su sitio a Mason, una decisión que Stern aprobaba. El problema era qué haría cuando el tribunal de apelaciones dictaminara contra él y le exigiera responder al gran jurado o volver a la cárcel.
Klonsky habló en la silenciosa oficina.
– ¿Aún quieres escribir un alegato? -le preguntó a Marta.
– Desde luego.
– Hazlo -aconsejó Sonny-. A raíz de nuestras conversaciones deduzco que hay problemas serios.