El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)
- Автор: Маккалоу Колин
- Язык: испанский
- Жанр: Историческая проза
Электронная книга - «El Pajaro Canta Hasta Morir (el Pajaro Espino)». Краткое содержание книги:
Las comisuras de los párpados se fruncieron sobre los ojos grises.
– ¡Lo intentaré!
– En todos estos años, he leído la mayor parte de los libros de Luddie, además de los míos. Especialmente los antiguos relatos griegos, porque me fascinan. Dicen que los griegos tienen una palabra para todo y que no hay situación humana que los griegos no describiesen.
– Lo sé. También yo he leído algunos de los libros de Luddie.
– Entonces, ¿recuerdas esto? Los griegos dicen que amar a alguien locamente es un pecado contra los dioses. ¿Y recuerdas que dicen que, cuando alguien es amado de este modo, los dioses se ponen celosos y lo destruyen en la flor de su existencia? Hay una moraleja en esto, Meggie. Es impío amar demasiado.
– Impío. ¡Ésta es la palabra clave, Anne! Yo no amaré de un modo impío al hijo de Ralph, sino con toda la pureza que puede amar una madre.
Había tristeza en los ojos castaños de Anne.
– ¿Y qué importa eso? El ser más amado por la Santísima Virgen fue destruido en Su plenitud, ¿no es cierto?
Meggie puso a Justine en su cuna.
– Lo que tiene que ser, tiene que ser. Yo no puedo tener a Ralph, pero sí a su hijo. Siento… ¡oh!, como si, después de todo, ¡mi vida tuviese ahora un objetivo! Después de los últimos tres años y medio, empezaba a pensar que mi vida no tenía ningún objeto, y esto era lo peor de todo. -Sonrió en seguida, decisivamente-. Voy a proteger a este hijo con todos mis medios, por mucho que me cueste. Y lo primero es que nadie, incluido Luke, debe sospechar jamás que no tiene derecho a llevar el único apellido que puedo darle legalmente. La mera idea de acostarme con Luke me pone enferma, pero lo haré. Dormiría con el mismísimo diablo, si esto había de beneficiar el futuro de mi hijo. Después, me marcharé a Drog-heda, y confío en que nunca volveré a ver a Luke. -Se apartó de la cuna-. ¿Vendréis a vernos tú y Luddie? En Drogheda hay siempre un sitio para los amigos.
– Una vez al año, mientras lo permitáis. Luddie y yo queremos ver crecer a Justine.
Sólo el futuro del hijo de Ralph sostenía el valor vacilante de Meggie, mientras el pequeño tren recorría dando bandazos el largo trayecto hasta Ingham. Si no hubiese sido por la nueva vida que estaba segura de llevar en su seno, habría considerado el hecho de acostarse con Luke como el mayor pecado contra sí misma; pero, por el hijo de Ralph, habría sido capaz, tal como había dicho, de sostener relaciones con el propio diablo.
Desde un punto de vista práctico, sabía también que la cosa no sería fácil. Pero había trazado sus planes con la posible previsión y, aunque parezca extraño, con ayuda de Luddie. No se le había podido ocultar gran cosa; era demasiado astuto, y Anne tenía excesiva confianza en él. Había mirado tristemente a Meggie, meneando la cabeza, y, después, le había dado algunos consejos excelentes. Desde luego, no se había mencionado el verdadero objeto del viaje, pero Luddie sabía que dos y dos son cuatro, como la mayoría de los aficionados a la lectura de gruesos libros.
– No debes decirle a Luke que vas a dejarle, cuando esté agotado a causa de su trabajo -advirtió delicadamente Luddie-. Es mejor que le pilles de buen humor, ¿eh? Convendría que le vieses un sábado por la noche o un domingo, después de su semana de servicio en la cocina. Según rumores, Luke es el mejor cocinero del gremio de los cortadores de caña; aprendió a cocinar cuando hacía su aprendizaje con los esquiladores, y los esquiladores dan mucha más importancia a la comida que los cortadores de caña. Esto quiere decir que la cocina no tiene dificultades para él. Probablemente, le resujta más fácil cocinar que cortar un leño. Entonces será el momento, Meggie. Dale la noticia cuando se encuentre satisfecho, después de una semana en la cocina de los barracones.
Desde hacía algún tiempo, Meggie tenía la impresión de Tjue podía dominar su rubor; miró fijamente a Luddie, sin ponerse en absoluto colorada.
– ¿Podrías enterarte de la semana en que estará Luke en la cocina? Y, si no, ¿puedo yo averiguarlo de algún modo?
– No te preocupes -contestó él alegremente-. Tengo buenos enlaces en el campo de la información. Lo averiguaré.
Era media tarde del sábado cuando Meggie tomó una habitación en la posada de Ingham que le pareció más respetable. Todas las poblaciones de North Queensland tenían fama por una cosa: había una posada en cada esquina. Dejó su pequeña maleta en la habitación y volvió al nada acogedor vestíbulo en busca del teléfono. En la población había un equipo de la Liga de Rugby que había ido a jugar un partido de entrenamiento antes de comenzar la temporada, y los pasillos estaban llenos de jugadores medio desnudos y completamente borrachos, que saludaron su presencia con aclamaciones y con cariñosas palmadas en la espalda. Cuando llegó al teléfono, estaba temblando de miedo; su misión parecía ser un calvario en todos los aspectos. Pero, entre el alboroto y los rostros ebrios, consiguió llamar a la hacienda de Braun, donde el equipo de Luke estaba cortando caña, y dejarle recado de que su esposa estaba en Ingham y deseaba verle. El dueño de la fonda advirtió su miedo, la acompañó a su habitación y esperó a que hubiese cerrado la puerta con llave.
Meggie apoyó en la puerta, respirando aliviada; aunque tuviese que abstenerse de comer hasta volver a Dunny, no se arriesgaría a ir al comedor. Afortunadamente, el posadero le había dado la habitación contigua al cuarto de baño de las mujeres, y podría ir a éste siempre que lo necesitase. En cuanto pensó que sus piernas la sostendrían, se dirigió a la cama y se sentó en ella, con la cabeza inclinada, mirándose las temblorosas manos.
Durante todo el viaje, había estado pensando en la mejor manera de enfocar la cuestión, y todo, en su interior, le había dicho: Tienes que actuar de prisa, ¡de prisa! Antes de ir a vivir a Himmelhoch, no había leído nada sobre el arte de la seducción, e incluso ahora, que estaba mejor informada, no confiaba mucho en su habilidad en tal aspecto. Pero tenía que hacerlo, pues sabía que, en cuanto empezara a hablarle a Luke, todo habría terminado. Su lengua ardía en deseos de decirle todo lo que pensaba de él. Pero, más que esto, la consumía el deseo de volver a Drog-heda habiendo asegurado el futuro del hijo de Ralph.
Temblando bajo aquel aire sofocante y dulzón, se quitó la ropa y se tendió en la cama, con los ojos cerrados, sin querer pensar en nada que no fuese la seguridad del hijo de Ralph.
Los jugadores de rugby no molestaron a Luke, cuando éste entró solo en la fonda a las nueve de la noche; en su mayoría, estaban inconscientes, y los que aún se tenían en pie estaban demasiado aturdidos para fijarse en algo que no fuese sus vasos de cerveza.
Luddie había tenido razón; después de su semana en la cocina, Luke estaba tranquilo, deseoso de un cambio y rezumando buena voluntad. Cuando el hijo menor de Braun le había llevado el mensaje de Meggie al barracón, estaba acabando de lavar los últimos platos de la cena y pensando en ir en bicicleta a Ingham, para reunirse con Ame y los amigos y correrse la acostumbrada juerga de los sábados. La presencia de Meggie era una alternativa muy satisfactoria; desde aquellas vacaciones en Atherton, había descubierto ocasionalmente que la deseaba, a pesar de su agotamiento físico. Sólo el miedo de que ella empezase de nuevo con sus lamentos de «quiero-que-tengamos-un-hogar-para-nosotros» le había mantenido alejado de Himmelhoch cuando había estado cerca de Dunny. Pero, ahora, ella venía a él, y no le pesaba en absoluto la idea de pasar una noche con su mujer. Por consiguiente, acabó de fregar los platos rápidamente, y tuvo la suerte de que un camión le recogiese cuando había pedaleado menos de un kilómetro. Pero, al recorrer en bicicleta las tres manzanas que separaban el lugar donde le había dejado el camión de la fonda donde estaba Meggie, su entusiasmo se enfrió un tanto. Todas las farmacias estaban cerradas, y no tenía ninguna goma. Se detuvo, contempló fijamente un escaparate lleno de bombones apolillados y medio derretidos por el calor, y de moscardas muertas, y se encogió de hombros. Bueno, tendría que arriesgarse. Sólo sería esta noche, y, si ella quedaba embarazada, tal vez, con un poco de suerte, sería un varón.