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El peso de la prueba

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Dixon se aferró la barbilla. Imprevisiblemente, sonrió.

– Ellos no pueden confiscar lo que no pueden encontrar, ¿verdad?

Dixon pareció animarse al pensar en lo que estaba escondido en el Caribe. Silvia quedaría bien atendida. Stern comprendió la lógica del razonamiento.

Dixon encendió un cigarrillo.

– Si no te importa, Dixon, estaría en mejor posición para negociar si supiera qué ocurrió.

– Ya lo sabes -replicó Dixon, pero hizo un rápido resumen: le informaban sobre grandes pedidos que debían realizarse en Chicago, y al instante llamaba al despacho central para efectuar transacciones anticipadas en Kindle. Describió el uso de la cuenta de errores y la cuenta Wunderkind para reunir y proteger las ganancias-. Bastante astuto, en mi modesta opinión -concluyó Dixon.

– ¿Qué hay de esa cuenta, Dixon? Wunderkind. ¿Qué era eso?

– Sólo una cuenta empresarial. Lo planeé para esto.

– ¿Cuál fue el papel de John en todo esto?

– ¿John? Es un mequetrefe. Hizo lo que le pedía. Si le mearas en los ojos, John pensaría que está lloviendo.

Dixon miró el cigarrillo y pateó el suelo; llevaba zapatos italianos de cuero gris. Parecía cómodo.

– Un hombre de tu posición, Dixon. Es…

– Oh, no me sermonees, Stern. Así son los mercados, ¿te enteras? Allí devoramos a nuestra prole. Todos lo hacen. Demonios, los clientes lo hacen… los que están al corriente de lo que ocurre. Es la humanidad en la jungla. Me sorprendieron con las manos en la masa, eso es todo. Quiero seguir adelante. Quiero que este puñetero asunto termine. -Se palmeó las rodillas y miró al cuñado a los ojos, rubicundo, vital, todavía atractivo, Dixon Hartnell, coloso del mercado-. Quiero declararme culpable.

Stern no respondió.

– ¿De acuerdo? -preguntó Dixon-. ¿Qué hora es? Llama a esos imbéciles, ¿quieres? Ahora que todavía tengo agallas. Quiero oír cómo ese pomposo mal nacido de Sennett se derrumba de la sorpresa.

– Creo, Dixon, que intentas engañarme.

Dixon se sobresaltó.

– ¿Yo?

– Tú.

– Estás loco.

– Creo que no.

Dixon entreabrió la boca.

– Has estado hablando con esa mujer, ¿verdad? ¿Cómo se llama? ¿Krumke?

– Caramba, Dixon, tus piruetas me han costado la credibilidad ante el gobierno. No he hablado con Klonsky.

Dixon se levantó. Caminó por la oficina agitando el cigarrillo.

– Quieres que me desangre, ¿eh?

– Quiero la verdad, Dixon, si quieres contarla.

Dixon se paró ante la ventana y contempló el río, chispeante bajo el sol de la mañana.

– Hay algunas cosas acerca de esa cuenta.

– ¿Qué cuenta? -preguntó Stern.

– Wunderkind S.A. O como se llamara.

– Sí.

– Era la cuenta de John. O se suponía que lo era. Yo no quería trasladar el dinero a una cuenta que me pusiera en evidencia, así que le pedí que abriera una. Ya sabes, una cuenta empresarial, para aceptación bursátil. No puede estar a su nombre. La Bolsa de Kindle impide que los empleados tengan sus propias cuentas.

– ¿Qué nombre usaste, Dixon?

Dixon dio media vuelta. Parecía muy incómodo.

– Kate. Ella firmó los papeles con su apellido de soltera. Estoy seguro de que no tenía ni idea de lo que ocurría. El mequetrefe sólo le indicó que firmara al lado de la X.

– ¿Qué obtuvo John a cambio de este favor?

– Oh, es el tonto del pueblo. Si le pido que salte, me pregunta a qué altura. Quiere ser un operador de la bolsa. Estaba esperando un ascenso. Oye, es un chaval. Es un fideo. Puedes moldearlo para darle la forma que quieres. Le pedí que hiciera cosas y me obedeció.

– ¿Ni siquiera le prometiste un céntimo de las ganancias?

– Jamás le hablé de ello. Francamente, creo que es demasiado estúpido para pedirlo. De todos modos, no hubo ganancias. No por mucho tiempo.

– Sí, Dixon. Explícame eso. ¿Robaste dinero y lo perdiste?

– Era como Las Vegas. ¿A quién le importaba? Perdí, gané más. Era un puñetero juego, Stern.

– En el cual involucraste a mi hija y mi yerno… tus sobrinos. Un delito en el cual decidiste ocultarte detrás de unos niños… mis niños.

Dixon no respondió. Regresó al sofá y encendió otro cigarrillo.

– ¿No calculaste, Dixon, que John hablaría al gobierno acerca de la cuenta y cómo se creó?

– Sí, lo calculé. Pero no tenía gran interés en contártelo. -Dixon se recostó y estiró los pies-. Tengo los documentos en casa. Los traeré.

– ¿No temías que yo te perdiera el respeto? -preguntó Stern con acerada frialdad.

– Oh, ve a que te den por el culo, Stern. Lo siento… ya está hecho. Soy culpable y me declaro culpable. Tendré mucho tiempo para arrepentirme. Así que llama a los malditos fiscales y terminemos con esto.

Con un brazo sobre el respaldo del sofá, Dixon formó anillos de humo en el aire.

– Eres culpable de muchas cosas, Dixon. Pero, por desgracia, no de este delito.

Dixon se irguió en el asiento.

– ¿Te has vuelto loco?

– Creo que no. Eres inocente, Dixon.

– Oh, por favor.

– Dixon, me estás diciendo precisamente lo que a tu entender piensa el gobierno.

– En eso tienes razón.

– Pero tú sabes que es mentira.

Dixon se levantó bruscamente, pero tardó en responder.

– ¿Mentira?

– Dejemos de lado, Dixon, la cuestión del motivo. Insistes en que un hombre rico puede robar con tanto entusiasmo como un pobre, y así ocurre a menudo. Pero expliquemos esto, por favor. Me dices que persuadiste a John de que abriera una cuenta para que la culpa recayera sobre otro si alguna vez llegaba el día. Sin embargo, cuando el gobierno descubrió la cuenta, tú escondiste los documentos.

– ¿Y qué? No soy tan idiota como pensé al principio. Además, ya te lo he dicho: prefería no explicártelo.

– Creo, Dixon, que tenías otros motivos.

– Estás desbarrando, Stern.

– Dime, Dixon, según tu explicación, ¿cómo se enteró el gobierno de todo esto? ¿Quién es el informante, Dixon?

Dixon negó con un gesto, como si nunca hubiera pensado en ello.

– ¿Quién crees que es? -preguntó.

– Tras mucho pensar, llegué a la conclusión de que es Margy, y que tú siempre lo has sabido, que incluso has dirigido su actividad.

Dixon se quedó de una pieza. Los ojos, de pronto más claros, se movieron primero.

– Estás totalmente chalado.

– Creo que no.

– Eres un caso -espetó Dixon-. ¿Lo sabías? Me fastidias durante meses para que te cuente esto, me interrogas, me mandas puñeteras mociones, amenazas a mi secretaria, y cuando al fin aflojo y te digo lo que ocurre, me llamas embustero y haces una acusación extravagante que se te ha ocurrido en una alucinación. Ve a que te den por el culo, Stern.

– Un maravilloso discurso.

Stern alzó ambas manos y aplaudió una vez.

– Me declararé culpable.

– ¿Por un delito que no has cometido?

– Mira, no aguanto más tus chorradas. Eres mi abogado, ¿no?

– De momento.

– Bien, quiero declararme culpable. Haz un trato. Ésas son tus órdenes. O instrucciones. Como las llames.

– Lo siento, Dixon. No puedo hacerlo.

– Entonces te despido.

– Muy bien.

– ¿Crees que no lo haré? Lo haré sin ti. La ciudad está llena de abogados. Todos trabajan si les pagas. Es como sangre en el agua. Conseguiré seis antes del anochecer.

– No eres culpable, Dixon.

Dixon hizo una mueca y soltó un gemido agudo.

– ¡Maldito seas, Stern!

Fue como un cañonazo. En alguna parte del silencioso edificio, Stern oyó movimientos. Pasillo abajo alguien abrió una puerta.

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