Esclavos de la oscuridad
- Автор: Гранже Жан-Кристоф
- Язык: испанский
- Жанр: Триллеры
Электронная книга - «Esclavos de la oscuridad». Краткое содержание книги:
Tras el intento de suicidio de su mejor amigo, un policía decide investigar las razones que lo llevaron a tomar esa decisión. En el camino a la verdad descubrirá prácticas satánicas, drogas africanas y una serie de asesinatos horrendos sin explicación. Las víctimas comparten solo una cosa en común: experimentaron la muerte. ¿Cómo puede revivir alguien clínicamente muerto? ¿Qué ocurre si en vez de ver la luz, vio las tinieblas?
Una novela diabólica con todos los ingredientes para convertirse en un éxito y una referencia del género, por el maestro del thriller e indiscutible que nos acerca a una de las realidades más sorprendentes e intranquilizantes de la medicina moderna: las experiencias de muerte inminente.
Esta alusión a la amnesia me inspiró otra pregunta de madero.
– Cuando despertó, ¿recordaba la escena del crimen? ¿Dijo algo acerca de su agresor?
Rechazó la idea con un gesto.
– No la interrogué acerca de los hechos. Esa era la tarea de los investigadores.
– ¿La interrogaron?
– Sí. Pero no recordaba nada de lo ocurrido en la planta depuradora. Un bloqueo. Es muy frecuente al salir del coma. La amnesia puede incluso ser voluntaria. De alguna manera, el cerebro aprovecha el traumatismo para ocultar un episodio que le resulta desagradable.
Manon había borrado aquella escena horrible, pero su madre debía de estar aún conmocionada. Probablemente, en la amnesia vio una segunda oportunidad para ella. Y para el futuro de ambas. Si Manon no recordaba nada, todo podía volver a empezar. El dedo de Dios, siempre presente.
Beltreïn prosiguió, echando por tierra mi razonamiento.
– Cuando le anuncié la noticia de la resurrección de Manon, su madre tomó una decisión extraña. No quiso revelarla a nadie. Tal vez temía que el asesino volviera a intentarlo. O la atención mediática, no lo sé. De modo que se llegó a un acuerdo con el juez, el ministerio fiscal y los investigadores para no comunicar el acontecimiento.
– He investigado en Sartuis. No he encontrado ningún rastro de su vida secreta.
– Y con razón. Manon permaneció aquí, en Suiza. Sus abuelos se mudaron a Lausana.
– ¿Se refiere a los padres de Frédéric, el padre de Manon?
– Sí. Creo que Sylvie, la madre, era huérfana.
Las transferencias bancarias en Suiza. Los abuelos, ricos industriales, no necesitaban ese dinero pero Sylvie había querido pagar, cada mes, una pensión. Uno a uno los hilos de la madeja se desenredaban.
– ¿Siguió usted en contacto con Manon?
– Nunca la he perdido de vista.
– ¿Qué ha sido de ella? Quiero decir, ¿cómo ha sido su vida?
– Totalmente corriente. Es una joven helvética, llena de alegría de vivir. Manon es la encarnación de la alegría.
– ¿Ha cursado estudios?
– Biología. En Lausana. Actualmente prepara la tesina.
Sentí una punzada en el pecho. Beltreïn hablaba de Manon Simonis en presente. Aquella joven vivía, respiraba, reía en alguna parte. Pero yo experimentaba un oscuro temor.
– Y en este momento, ¿dónde está?
El médico se puso de pie sin responder y se situó delante de la ventana. Con voz alterada, repetí:
– ¿Dónde está? ¿Puedo verla?
Beltreïn se acomodó las gafas con el índice y se volvió hacia mí.
– Ese es el problema. Manon ha desaparecido.
Salté de mi asiento.
– ¿Cuándo?
– Después de la muerte de su madre. En junio pasado, Manon fue interrogada por los gendarmes franceses y luego se esfumó.
Apenas aparecido, el fantasma se me escapaba nuevamente. Volví a desplomarme en mi asiento sin poder creerlo.
– ¿No ha sabido nada de ella?
– No. El asesinato de su madre despertó los terrores de su infancia. Huyó.
– Debo localizarla. Es imperativo. ¿Tiene usted alguna pista, un indicio?
– Nada. Todo lo que puedo hacer es darle su identidad suiza y su dirección en Lausana.
– ¿Cambió de nombre?
– Evidentemente. Después de su resurrección, su madre deseaba que partiera de cero. -Escribió en su bloc de recetas-. Desde hace catorce años, Manon se llama Manon Viatte. Pero estos datos no le servirán de nada. La conozco bien. Es lo suficientemente inteligente como para no dejarse sorprender.
Guardé las señas. El perfil de Manon no cuadraba con los retratos de los otros Sin Luz. En principio, esa muchacha no tenía nada de maléfico.
– ¿Tiene usted una foto de ella? ¿Una foto reciente?
– No. Nada de fotos. Aunque le he dicho que Manon llevaba una vida corriente, no es totalmente exacto. Ha vivido en el miedo, obsesionada con el asesino de su infancia. Siguió diversas psicoterapias aquí, en Lausana. Era frágil. Muy frágil. Su madre y sus abuelos la protegían. Al llegar a la mayoría de edad, Manon se independizó, pero siempre estaba en guardia. Para cualquier desplazamiento, tomaba precauciones exageradas. Su piso era un verdadero fortín. Y huía de las máquinas fotográficas como de la peste. No quería que su rostro quedara registrado en ninguna parte. No quería dejar huella alguna. Nunca. Es una pena. -Hizo una pausa teatral-. La echo terriblemente de menos.
De vuelta a la casilla de salida una vez más.
– ¿Por qué me ha contado todo esto? -pregunté, asombrado-. Ni siquiera le he mostrado mis credenciales.
– La confianza.
– ¿Por qué esa confianza?
– Debido a su amigo.
– ¿Qué amigo?
– El policía francés. Me había advertido que usted vendría.
De modo que Luc me había precedido también allí. Y estaba seguro de que seguiría sus huellas. ¿Había previsto su suicidio? Palpé mi abrigo. Todavía tenía en el bolsillo su foto arrugada.
– ¿Se refiere a este hombre?
– Luc Soubeyras, sí.
– ¿Le contó usted todo esto?
– No fue necesario. Él ya sabía bastante.
– ¿Sabía que Manon estaba viva?
– Sí. Estaba siguiéndole el rastro.
Un solo nombre explicaba sus progresos: Sarrazin. El gendarme le había hecho revelaciones. ¿Por qué a él y no a mí? ¿Poseía Luc una moneda de cambio? ¿O un medio de presión sobre el gendarme?
– ¿Qué más le dijo?
– Cosas delirantes. Estaba… cómo diría… desquiciado.
– ¿En qué sentido?
– Si me lo permite, tengo la impresión de que usted está muy nervioso, pero su amigo se encontraba al límite de la patología. Pretendía que Manon se había salvado por un milagro. ¡Y del diablo, además! Como otra joven, en Sicilia.
– Y usted, ¿qué opina?
Beltreïn lanzó una sonora risa sardónica.
– No quiero oír hablar de todo eso. He dedicado mi vida a un método único de reanimación. He puesto todo mi talento, todos mis conocimientos al servicio de esta investigación. ¡No deseo que se atribuyan mis resultados a supersticiones o a supuestos milagros!
– ¿Le mencionó Luc las experiencias de muerte inminente?
– Por supuesto. Según él, el diablo se había comunicado con Manon durante el coma.
– Como científico, ¿qué opina usted de esa hipótesis?
– Absurda. No se puede negar la existencia de las NDE. Pero no hay nada de sobrenatural o místico en esas experiencias. Es un fenómeno bioquímico banal. Una especie de deslumbramiento cerebral.
– Explíquese.
– Las NDE no están provocadas solo por la asfixia progresiva del cerebro. En el umbral de la muerte, el cerebro ya no tiene irrigación. Se produce entonces una liberación masiva de un neurotransmisor, el glutamato. Se supone que el cerebro, como reacción a esta saturación, libera otra sustancia que provoca el flash.
– ¿Qué sustancia?
– No lo sabemos. Pero los investigadores siguen esta pista. Un día u otro tendremos la respuesta. En todo caso, no se trata de una visita metafísica. ¡Ni de Dios, ni del diablo, ni de ningún espíritu burlón!
La versión de Beltreïn me tranquilizaba. Pero no podía suscribirla completamente. Todas las revelaciones místicas podían describirse del mismo modo: en términos de secreciones y fusiones químicas. Eso no menoscababa en absoluto ni su realidad ni su grandeza. El médico concluyó:
– Luc Soubeyras me había advertido que cuando usted viniera habrían ocurrido cosas graves. ¿Qué ha pasado?