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Cuerpo de Muerte

Электронная книга - «Cuerpo de Muerte». Краткое содержание книги:

Thomas Lynley vuelve de su permiso tras la muerte de su mujer porque su equipo no se fía de la capacidad de la nueva jefe del departamento, la inspectora Isabelle Ardery, cuyo estilo a la hora de liderarlos parece molestar a todos y cada uno de los componentes del equipo. El conflicto empieza cuando se encuentra el cadáver de una mujer apuñalada en un aislado cementerio de Londres. Mientras que Lynley empieza sus pesquisas en la ciudad de Londres, sus anteriores colegas Barbara Havers y Winston Nkata siguen la pista hacia el sur de la ciudad. Allí descubrirán que las pistas se dirigen hacia el hermoso bosque llamado New Forest. Lo que no saben es que más de un oscuro secreto acecha en el bosque y que la investigación va a llevarlos a un final que es tan sorprendente como terrible.
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– Eso lo sé. De modo que… ¿damos un paseo? -Luego se dirigió a Gina-. No le llevaré demasiado lejos. Habrá vuelto antes de que empiece a echarle de menos.

Gina paseó la mirada de Gordon al hombre, y nuevamente a Gordon. El hombre se dio cuenta de que estaba asustada, por lo que experimentó una inútil oleada de furia. Eso era, por supuesto, lo que el hombre quería que sintiese. Tenía que sacar a ese cabrón de su propiedad.

Fue hasta el grifo y cerró el paso de agua.

– Vamos -dijo y, al pasar junto a Gina, añadió con voz tranquila-. Está todo bien. Volveré.

– Pero por qué tienes que…

– Volveré.

Gordon subió al coche. Oyó una risa ahogada detrás de éclass="underline" Ése es mi chico. Un momento después retrocedían hasta llegar al camino. Una vez allí, en dirección a Sway, el hombre dijo:

– Eres un pedazo de mierda, ¿lo sabías? Ella no te estaría mirando como si fueses un regalo de Dios para que le llenes su agujero húmedo si supiera la verdad, ¿no crees?

Gordon no dijo nada, aunque sintió que se le revolvía el estómago. Al final del camino giraron a la izquierda y continuaron hacia Sway. Al principio, pensó que su destino era el pueblo, pero pasaron frente al hotel, superaron con un traqueteo las vías del ferrocarril y continuaron en dirección noreste más allá de un grupo de casas rústicas a las afueras del pueblo. El camino los llevaba al cementerio, con sus ordenadas filas de tumbas protegidas en los cuatro costados por alisos, hayas y abedules. Gordon pensó que probablemente enterrarían a Jemima en un lugar como aquél. Los viejos cementerios de la zona estaban llenos y dudaba de que hubiera una parcela familiar en alguna parte, porque ella jamás lo había mencionado y sabía que a sus padres los habían incinerado. Ella nunca había hablado de la muerte, aparte de lo que le contó acerca de sus padres, y se había sentido agradecido por ello, aunque no lo había tenido en cuenta hasta aquel momento. El coche también dejó atrás el cementerio. Gordon estaba a punto de preguntar adónde demonios iban cuando un giro a la izquierda los llevó por un camino en mal estado, hasta un aparcamiento lleno de baches. Y entonces lo supo. Aquello era Set Thorns Inclosure, una zona boscosa similar a muchas otras en el Perambulation, rodeada de una valla para mantener alejados a los animales del New Forest que vagaban libremente por los prados, para que los árboles madereros en su interior crecieran y alcanzaran un tamaño que hiciera imposible que sufriesen ningún daño.

Los senderos transitables serpenteaban a través de aquella vasta extensión de bosques, pero en el aparcamiento había sólo otro coche, y nadie en su interior. De modo que tenían el bosque prácticamente para ellos solos, tal como el otro hombre quería.

– Ven, cariño -le dijo a Gordon-. Demos un pequeño paseo, ¿sí?

Gordon sabía que no tenía ningún sentido tratar de ganar tiempo. Las cosas serían como tenían que ser. Había algunas situaciones sobre las cuales ejercía, al menos, un control nominal. Pero aquélla no era una de ellas.

Salió del coche al aire de la mañana. El olor era fresco y puro. Unos metros delante del coche había un portón en la cerca y fue hacia ella, la abrió, entró en la zona vallada y esperó instrucciones. No tardaron en llegar. Desde ese punto, los senderos partían en tres direcciones: se adentraban en la zona vallada o seguían los límites del bosque. No le importaba qué sendero escogieran, ya que probablemente el resultado sería el mismo.

Un somero examen del terreno fue suficiente para determinar la dirección que debían tomar. Huellas de animales y pisadas humanas de aspecto bastante fresco llevaban hacia el corazón de los árboles, de modo que tomaron una ruta alternativa que discurría en dirección sureste a lo largo del límite del cercado, antes de descender hacia una zona de humedales para volver a ascender debajo de unos castaños y a través de densos setos de acebo. En los lugares abiertos, los guardabosques del Perambulation habían apilado montones de madera cortada de los árboles o que habían caído a causa de las tormentas. Los helechos eran compactos y exuberantes, alentados en su crecimiento por la luz del sol que se filtraba entre las ramas; ahora comenzaban a teñirse de marrón en los bordes. Hacia finales del verano y en otoño formarían una cubierta de encaje marrón allí donde los rayos del sol alcanzaran con más fuerza el suelo del bosque.

Los dos continuaron andando. Gordon estaba a la espera de lo que se avecinaba. No había nadie a la vista, aunque oían a un perro que ladraba a lo lejos. Aparte de eso, el único sonido procedía de los pájaros: ásperas llamadas de los depredadores aviarios y el ocasional y breve gorjeo de los pinzones ocultos profundamente entre los árboles. Era un lugar rico en fauna silvestre, donde las ardillas se alimentaban del abundante botín caído de los castaños. Allí, un relámpago rojizo entre la maleza era un claro indicio de la presencia de zorros en la zona.

Había también sombras por todas partes y el aire era perfumado. Gordon pensó que, mientras caminaba y esperaba, casi podía olvidar que estaba en compañía de un hombre cuya intención era hacerle daño.

– Aquí estamos suficientemente lejos -dijo el otro. Se acercó a Gordon por detrás y apoyó su pesada mano sobre su hombro-. Ahora, querido, permite que te explique una historia.

Estaban separados apenas por unos centímetros. Gordon podía sentir su aliento ansioso y caliente en la nuca. Habían llegado a un lugar donde el sendero se ensanchaba hasta formar un pequeño claro; un poco más adelante, parecía haber un cruce con un portón detrás. A lo lejos, el bosque terminaba y pudo ver un prado que se extendía en la distancia. Allí los ponis pastaban seguros y tranquilos, muy lejos de cualquier carretera.

– Ahora, querido, tienes que darte la vuelta y mirarme. Eso es. Exacto. Muy bien hecho, amor.

Cara a cara, Gordon pudo ver mucho más de lo que deseaba -grandes poros, puntos negros, unos cuantos pelos ignorados en el afeitado de aquella mañana-, y también podía oler el sudor de la anticipación. Se preguntó qué se sentiría al tener ese dominio sobre otra persona, pero sabía que no debía preguntárselo a ese hombre. Las cosas serían mucho peores para él si no jugaba bien sus cartas. Ya hacía mucho tiempo que había aprendido que simplemente debía pasar a través de las cosas para poder seguir adelante.

– De modo que nos han descubierto.

– ¿A qué te refieres?

– Oh, creo que lo sabes muy bien. Los polis te han hecho una visita, ¿verdad? Te están pisando los talones. ¿Qué te sugiere eso?

– La Policía no sabe nada que tú no les cuentes -dijo Gordon.

– Es lo que piensas, ¿verdad? Ummmmm. Sí. Pero han estado en la Escuela Técnica de Winchester, querido. ¿Adonde crees que irán ahora que ya saben que eso era mentira? Alguien, en alguna parte, tendría que haber solucionado eso.

– Bueno, nadie lo hizo. Y no veo que tenga ninguna importancia. No necesitaba esas jodidas cartas.

– ¿Eso es lo que crees?

El hombre se acercó un poco más. Ahora estaban pecho contra pecho y Gordon quiso apartarse al sentirse invadido. Pero sabía cómo sería interpretado ese movimiento. El otro quería que el miedo le sobrecogiera.

– Aprendí el oficio. He trabajado, tengo un negocio. ¿Qué más quieres?

– ¿Yo? -Su voz era todo inocencia y sorpresa-. ¿Qué más quiero yo? Mi querido muchacho, esto no se trata de mí.

Gordon no contestó. Tragó con dificultad un sabor amargo. Oyó que un perro ladraba con excitación en alguna parte. Oyó que su amo le llamaba como respuesta.

Entonces el otro hombre alzó la mano y Gordon sintió el calor de la palma acunando su nuca. Y luego los dedos se tensaron justo detrás de las orejas, el pulgar y el índice aumentando lentamente la presión hasta que se hizo insoportable. Se negaba a reaccionar, a parpadear, a gemir. Volvió a tragar. Percibió el sabor de la bilis.

– Pero ambos sabemos quién quiere algo, ¿no es cierto? Y ambos sabemos qué es ese algo. Tú sabes lo que yo creo que habría que hacer, ¿verdad?

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