Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
– Un cargador.
Y avanzó hacia el doctor, que se había quedado medio muerto del susto. Levantó los brazos y expresó en voz alta su asombro, olvidándose de sí mismo ante lo prodigioso de aquel encuentro. Nostromo le recomendó en tono airado que bajara la voz. La Aduana no estaba tan desierta como parecía. Había alguien en la habitación iluminada del piso alto.
Nada desaparece tan pronto como la impresión de asombro causada por un hecho extraordinario. Solicitado sin cesar por las consideraciones que influyen en sus temores y deseos, el espíritu humano aparta sin esfuerzo su atención del lado maravilloso de los acontecimientos. Y así acaeció de la manera más natural posible que el doctor preguntó al hombre, a quien dos minutos antes había creído ahogado en el golfo:
– ¿Ha visto usted a alguno allá arriba?
– No, no le he visto.
Entonces, ¿Cómo lo sabe usted?
– Iba huyendo de su sombra cuando nos hemos encontrado.
– ¿De su sombra?
– Sí, de su sombra en el cuarto que tiene luz -respondió Nostromo con tono despectivo.
Apoyando la espalda en el muro del inmenso edificio, cruzados los brazos, bajó la cabeza, mordióse los labios y, sin mirar al doctor, pensó para sí: "Ahora empezará a preguntarme por el tesoro".
Pero los pensamientos del doctor andaban ocupados con un suceso no tan sorprendente como la aparición de Nostromo, pero más misterioso. ¿Por qué se había retirado de la ciudad Sotillo con todas sus tropas tan súbita y secretamente? ¿Qué podía esperarse de tal movimiento? El doctor cayó entonces en la cuenta de que el individuo del piso alto debía de ser uno de los oficiales, que el chasqueado coronel habría dejado detrás para comunicarle noticias.
– Creo que el sujeto que está arriba me espera a mí.
– Es posible.
– Necesito averiguarlo. No se vaya usted todavía, capataz.
– ¿Irme? ¿Adonde? -musitó Nostromo.
El doctor se había alejado ya. El otro continuó con la espalda pegada a la pared, mirando de hito en hito la oscura masa acuosa del puerto, mientras el chirrido de las cigarras llenaba sus oídos. Apoderóse de sus pensamientos una vaguedad invencible, privándole de la facultad de tomar una resolución.
– ¡Capataz! ¡Capataz! -gritó el doctor desde arriba en tono urgente.
La conciencia de hallarse arruinado, víctima de una traición, flotaba sobre su sombría indiferencia como sobre un mar estancado de betún. Con todo, se separó del muro y, volviéndose a mirar arriba, vio al doctor Monygham asomándose por la ventana iluminada.
– Suba usted a enterarse de lo que ha hecho Sotillo. No tiene usted nada que temer del hombre que está aquí.
La contestación fue una risa breve y sarcástica. ¡Temer a un hombre! ¡ El capataz de los cargadores de Sulaco temer a un hombre! Le ponía furioso que alguien pudiera hacer semejante indicación. Avivaba su ira la circunstancia de estar desarmado, y tener que ocultarse por el peligro que corría a causa del maldito tesoro, de tan poca importancia para los individuos que se lo habían atado al cuello. No podía echar de si aquella pesadilla. Para Nostromo el doctor representaba a todos esos individuos… Y ni siquiera le había preguntado por lo que había sido de la plata. Ni la menor curiosidad sobre la empresa más desesperada de su vida.
Revolviendo tales pensamientos, Nostromo cruzó de nuevo el cavernoso vestíbulo, donde el humo se había enrarecido considerablemente, y subió las escaleras, menos calientes ahora al contacto de sus pies, en dirección a la ráfaga de luz que brillaba en la parte superior. El doctor apareció en ella por un momento, agitado e impaciente.
– ¡Venga usted! ¡Venga!
En el momento de penetrar en la habitación, el capataz experimentó un sobresalto. El hombre no se había movido. Vio su sombra en el mismo sitio. Se estremeció y dio unos pasos con el sentimiento de estar a punto de aclarar un misterio.
Era muy sencillo. Por una fracción infinitesimal de segundo, a la luz de dos turbias y goteantes candelas, al través de una humareda fina, azulada y acre que le causaba escozor en los ojos, se le presentó el hombre de pie, tal como se lo había imaginado, de espaldas a la puerta, proyectando sobre la pared una sombra enorme y deformada. Con la rapidez de un relámpago recibió la impresión de la postura forzada del individuo con los hombros desplazados hacia adelante y la cabeza caída sobre el pecho. Luego distinguió los brazos atados a la espalda, retorcidos tan terriblemente, que las dos muñecas, esposadas, subían por encima de los omoplatos. Desde allí sus ojos siguieron con una mirada instantánea la correa que subía desde la atadura de las muñecas hasta una gruesa viga y bajaba luego a sujetarse a un gancho de la pared. No necesitó mirar las piernas rígidas ni los pies que colgaban lacios, con los dedos gordos, a unas seis pulgadas del piso, para comprender que al infeliz colgado le habían dado tormento hasta producirle un síncope. Su primer impulso fue abalanzarse a cortar la correa de un tajo. Buscó su cuchillo, pero no le tenía -¡ni siquiera un cuchillo! Se detuvo tembloroso; y el doctor, sentado, con los pies colgando, en el borde de la mesa, contemplaba pensativo el cruel y horrible espectáculo y murmuró sin moverse, con la barbilla apoyada en la mano:
– Torturado y muerto de un tiro que le ha atravesado el pecho. Se está quedando frío.
Esta información tranquilizó al capataz. Una de las candelas paveseó vacilante en el cañón de su soporte y se extinguió.
– ¿Quién ha hecho esto? -preguntó Nostromo.
– Sotillo, a no dudarlo. ¿Quién otro habría de ser? Torturado… pase. Pero ¿por qué matarle?
El doctor miró fijamente a Nostromo, que se encogió de hombros ligeramente.
– Y observe usted -prosiguió Monygham-; se le ha matado de pronto en un arrebato. Es evidente. Desearía saber que misterio hay aquí.
Nostromo, que había avanzado, se inclinó un poco para examinar el cadáver.
– Me parece haber visto esta cara en alguna parte -murmuró. -¿Quién es?
Él doctor volvió a fijar en él los ojos.
– Todavía puede ocurrirme que llegue a envidiar su suerte. ¿Qué piensa usted de esto, capataz, eh?
Pero Nostromo ni siquiera oyó las palabras anteriores. Tomó la candela que seguía ardiendo y la puso bajo de la cabeza caída, mientras el doctor, olvidándose del muerto, continuaba sentado, con la mirada perdida en el espacio. De repente el pesado candelero de hierro chocó en el suelo con estrépito, como arrancado de la mano de Nostromo.
– ¿Qué pasa? -interrogó el doctor, mirando sobresaltado.
Oyó la respiración anhelosa del capataz, que vaciló, apoyándose en la mesa, y al extinguirse la luz en la habitación, los cuadros negros de las ventanas aparecieron tachonados de estrellas.
– ¡Claro! ¡Es claro! -musitó para sí el doctor en inglés. -El espectáculo es bastante horrible para hacer crujir las coyunturas.
Nostromo sintió que el corazón le palpitaba en la garganta. Sentía vértigo. ¡Hirsch! ¡El hombre era Hirsch! Y, al reconocerle, se asió con fuerza al borde de la mesa.
– Se había escondido en la gabarra -dijo con voz alterada, casi voceando. Y luego siguió, bajando el tono: -En la gabarra, y… y…
– Y Sotillo le trajo aquí -añadió el doctor. -Usted se espanta de verle tanto como yo me espanté de verle a usted. Lo que desearía saber es qué atrocidades hizo con el finado para mover a alguna alma compasiva a matarle de un tiro.
– Entonces Sotillo sabe… -empezó Nostromo en una entonación más tranquila.
– Lo sabe todo -interrumpió el doctor.
Oyóse al capataz golpear la mesa con el puño.
– ¿Todo? ¿Qué me está usted diciendo? ¡Todo! ¿Lo sabe todo? ¡Es imposible! ¿Todo?
– Por supuesto. ¿A qué llama usted imposible? Le participo a usted que he oído interrogar a ese Hirsch la noche pasada, aquí, en este mismo cuarto. Tuvo noticia de usted, de Decoud, y de todo lo relativo al traslado de la plata… La gabarra fue partida en dos pedazos por la proa del vapor. La víctima de Sotillo se arrastraba ante él, presa de un terror abyecto, pero pudo recordar todo esto. ¿Qué más necesita usted? Menos cuenta daba de su propia persona. Le hallaron agarrado al áncora. Debió asirse a ella en el momento de irse al fondo la gabarra.