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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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El ladrar de los perros alrededor del rancho del indio fue lo primero que hizo acortar el paso a Nostromo. Se había olvidado de que había allí esos animales. Mudó bruscamente de dirección y se metió en la espesura de cocoteros, como en un inmenso y deshabitado salón de columnas, cuya densa oscuridad rumoreaba sobre su cabeza con débiles susurros. Atravesó el bosque, penetró en un barranco y trepó a la cima de un cerro escarpado, desnudo de árboles y arbustos.

Desde aquella altura vio el llano que se dilataba entre la ciudad y el puerto, clareando a la luz de las estrellas. En los bosques un ave nocturna producía un extraño ruido de tambor encima de Nostromo; y debajo, del otro lado de los cocoteros, en la playa, los perros del indio seguían ladrando estruendosamente. Preguntóse cuál sería la causa de alborotarse tanto, y escudriñando el espacio inferior desde su observatorio, se sorprendió de descubrir inexplicables movimientos del terreno inferior, como si varios trozos oblongos del llano se movieran. Las masas oscuras e inquietas que alternativamente se presentaban y ocultaban a la vista, cambiaban de lugar, alejándose siempre del puerto, con una sucesión y orden que indicaban un fin deliberado. Una idea luminosa alboreó en su cerebro. Era una columna de infantería que efectuaba una marcha nocturna en dirección al escabroso terreno superior del pie de las montañas. Pero tan a oscuras estaba sobre todo lo que ocurría, que no podía meterse en indagaciones y conjeturas.

El llano había recobrado su inmovilidad. Bajó del cerro, y se halló en la despejada y solitaria extensión comprendida entre la ciudad y el puerto. Sus dimensiones se dilataban indefinidamente por efecto de la oscuridad, haciéndole sentir más vivamente su profundo aislamiento. Empezó a andar más despacio. Nadie le aguardaba; nadie pensaba en él; nadie esperaba ni deseaba su regreso. "¡Se me ha hecho traición! ¡Se me ha hecho traición!", musitaba para sí. Nadie se cuidaba de él. Para entonces podía haberse ahogado. A nadie le importaba nada, como no fuera tal vez a las niñas de Viola -pensó para sí. Pero estaban con la señora inglesa y le tenían enteramente olvidado.

Vaciló en su propósito de ir derechamente a la casa Viola. ¿Para qué? ¿Qué podía esperar allí? Parecióle que su vida anterior le abandonaba con todos sus pormenores, incluyendo las irónicas recriminaciones de Teresa. Tenía una conciencia penosa de su repugnancia a volver a casa de su paisano. ¿Era el remordimiento que le había anunciado la moribunda con las últimas palabras de su vida, pues tales debieron de ser, según veía ahora?

Entretanto se había desviado de la exacta dirección, inclinándose por una especie de instinto a la derecha, hacia el muelle y el puerto, teatro de sus faenas diarias. La gran mole de la aduana surgió ante él de pronto, con el aspecto de una fábrica. Nadie puso obstáculos a su aproximación, y al avanzar con cautela en dirección a la fachada, excitó su curiosidad el inesperado resplandor que salía de dos ventanas iluminadas.

El turbio brillo que proyectaban sobre el puerto en toda la vasta extensión del abandonado edificio tenía la fascinación de una vigilancia solitaria, efectuada por algún centinela misterioso. La soledad era casi tangible. Un fuerte olor a madera quemada flotaba en una bruma fina, débilmente perceptible a la luz de las estrellas. Al paso que avanzaba en medio de un silencio profundo, el penetrante canto de innumerables cigarras en la hierba seca pareció ensordecer realmente sus aguzados oídos. Lentamente, paso a paso, penetró en el gran vestíbulo, oscuro y lleno de humo acre.

El fuego que habían encendido contra la escalera se hallaba reducido impotente a un escaso montón de brasas. La madera dura no había ardido; sólo algunos de los primeros escalones se quemaban sin llama con un crepitante resplandor de chispas que dejaba percibir sus bordes carbonizados. En la parte superior vio una faja luminosa que salía por la abertura de una puerta y caía sobre el vasto rellano, envuelto en una nube de humo. Aquel era el cuarto. Subió las escaleras; luego se detuvo, porque había divisado dentro la sombra de un desconocido proyectada en una de las paredes. Era la sombra disforme, alta de hombros, de alguien que permanecía inmóvil, cabizbajo, fuera del alcance de su vista. Al percatarse el capataz de que estaba totalmente desarmado, se arrimó a la pared, y, ocultándose en postura vertical en un rincón oscuro, aguardó con los ojos fijos en la puerta.

El enorme edificio, inacabado y ruinoso, con aspecto de cuartel, sin cielos rasos bajo de su elevado techo, se hallaba invadido por el humo que se movía yendo y viniendo al impulso de las débiles corrientes circulantes en la oscuridad de numerosos camaranchones y corredores desnudos. De pronto una de las ventanas que el viento abría y cerraba chocó contra la pared con un golpe seco, como si la hubiera empujado una mano impaciente. Un trozo de papel salió de alguna parte y rodó chirriando a lo largo del rellano. El hombre, quienquera que fuera, no ensombrecía la entrada luminosa. Dos veces el capataz, avanzando unos pasos fuera de su rincón, alargó la cabeza con la esperanza de ver qué estaba haciendo allí el desconocido en tanta quietud. Pero siempre se encontraba con la deformada sombra de anchos hombros y cabeza inclinada. Al parecer no se movía del sitio, como si estuviera meditando, o quizá leyendo un periódico. Del cuarto no salía el menor ruido.

El capataz retrocedió una vez mas. ¿Quién sería aquel individuo? ¿Algún monterista? Temía dejarse ver. Presentarse en tierra antes de transcurrir muchos días, sería, a su juicio, poner en peligro el tesoro. Dominado como tenía el espíritu por la idea del lugar en que estaba escondido, le parecía imposible que cualquier persona de Sulaco con quien tropezara no llegara a colegir con verdad lo ocurrido al verle tan pronto de regreso. Después de un par de semanas o cosa así, sería otra cosa. ¿Quién podría asegurar que no había vuelto por tierra desde alguno de los puertos situados fuera de los límites de la República? La existencia del tesoro embrollaba sus pensamientos con un sentimiento especial de angustia, como si su vida Rubiera quedado ligada a este hecho. De ahí que por el momento se sintiera tímido en aquella enigmática puerta iluminada. ¡Qué el diablo se lleve al prójimo ese! ¡Maldita la falta que me hace verle! Nada le diría su cara, fuera conocida o desconocida. Era una tontería perder el tiempo esperando.

A los cinco minutos escasos de haber entrado en el edificio, el capataz empezó a retirarse. Bajó las escaleras sin el menor percance, volvió la cara para echar una postrera mirada a la luz del descansillo y cruzó furtivamente a toda prisa el vestíbulo. Pero en el momento mismo de salir por la puerta principal, con el pensamiento fijo en no ser visto por el individuo que estaba en el piso superior, se le echó encima alguien a quien no había oído acercarse con pasos acelerados. Nostromo guardó silencio. El otro fue el primero en hablar con voz apagada por el asombro.

– ¿Quién es usted?

Nostromo había creído ya reconocer al doctor Monygham; ahora no tenía duda alguna. Vaciló durante un segundo. Ocurrióle la idea de escurrir el bulto sin decir una palabra. ¡Era inútil! Una repugnancia inexplicable a pronunciar el nombre con que se le conocía le mantuvo callado algunos momentos. Al fin dijo en voz baja:

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