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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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– ¿De irse al fondo? -repitió Nostromo lentamente. -¿Sotillo ha creído eso? ¡Bueno!

El doctor, algo impaciente, no acertaba a imaginar qué otra cosa podía nadie creer. Si. Sotillo creía que la gabarra se había ido a pique, y que el capataz de cargadores junto con Martín Decoud y tal vez uno o dos políticos fugitivos se habían ahogado.

– Con razón le dije a usted, señor doctor -contestó a esto el otro-, que Sotillo no lo sabía todo.

– ¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?

– Ignoraba por ejemplo, que yo no había muerto.

– Y nosotros le creíamos a usted ahogado, como lo creía Sotillo.

– Y a ustedes -a ninguno de ustedes, los caballeros que estuvieron en el muelle- les importó nada embarcar a un hombre de carne y hueso como ustedes con un encargo desatinado que no podía acabar bien.

– Olvida usted, capataz, que yo no estuve en el muelle, y que me pareció mal el traslado de la plata. No tiene usted, pues, motivo para culparme de ello. Pero le diré, amigo mío, que en aquellas circunstancias no estábamos para pensar en la muerte: a todos nos seguía de cerca. Usted había partido…

– Sí, por cierto, partido -interrumpió Nostromo. -Y ¿en beneficio de quién? Dígame usted.

– ¡Ah! Ese es asunto suyo -replicó el doctor con aspereza. -No me pregunte usted a mí.

El rumor de este diálogo se interrumpió en la oscuridad. Sentados sobre el borde de la mesa, con los rostros algo vueltos, cada uno al lado opuesto, sentían sus hombros en contacto y conservaban la vista dirigida a una forma erecta, casi indistinta en las tinieblas del local, y que, al proyectar hacia delante cabeza y hombros con la inmovilidad de un espectro, parecía estar atenta a coger todas las palabras de la conversación.

– ¡Muy bien! -musitó al fin Nostrorno. -Sea como usted dice. Teresa tenía razón. Ese es asunto mío.

– Teresa ha muerto -manifestó el doctor distraídamente, mientras en su mente se sucedían nuevas ideas sugeridas por lo que podía llamarse la resurrección de Nostromo.

– Sí, murió la pobre mujer.

– ¿Sin un sacerdote? -preguntó el otro con ansiedad.

– ¡Qué pregunta! ¿Quién hubiera podido procurarle un sacerdote la noche aquella?

– ¡Dios haya acogido su alma! -exclamó Nostromo con fervor sombrío y desesperado; y antes que el doctor Monygham tuviera tiempo de maravillarse, el capataz volviendo a su anterior tema, continuó en tono siniestro: -Sí, señor doctor. Como usted decía, es asunto mío. Y un asunto de lo mas desesperado.

– No hay en esta parte del mundo dos hombres capaces de salvarse a nado, como lo ha hecho usted -dijo el doctor en tono admirativo.

Y los dos hombres quedaron de nuevo en silencio. Ambos reflexionaban; y la diversidad de genios hacía que sus pensamientos se desenvolvieran en líneas divergentes. El doctor, impedido por su lealtad a los Goulds a tomar determinaciones arriesgadas, meditaba complacido en la combinación de circunstancias fortuitas que habían determinado la vuelta de aquel hombre para prestar su concurso valiosísimo en la empresa de salvar la mina de Santo Tomé. El doctor estaba pronto a sacrificarse por ella. A sus ojos de cincuentón se le representaba en forma de una mujer menudita, envuelta en fina bata de luenga cola, de cabeza graciosamente recargada por una profusa mata de cabello rubio, y con una alma de preciosa delicadeza, mezcla de gema y flor, que se revelaba en todos los gestos y posturas de su persona.

Al paso que se multiplicaban los peligros alrededor de la mina de Santo Tomé, esa ilusión adquiría fuerza, permanencia y autoridad. ¡Al fin sentía solicitado su concurso por el ideal a que rendía silencioso culto! Y este llamamiento, exaltado por un desasimiento espiritual de las sanciones ordinarias de esperanza y recompensa, daba por resultado el que los pensamientos, las acciones y la misma individualidad del doctor fueran en extremo peligrosos, tanto para él como para los demás, porque todos sus escrúpulos se desvanecían ante el vanidoso sentimiento de que su abnegación era la única barrera alzada entre una mujer admirable y un espantoso desastre.

Era una especie de embriaguez que, mientras embotaba la sensibilidad impidiéndole lamentar la desgracia de Decoud, le dejaba clara la inteligencia para comprender el alcance de su idea política. Era un proyecto magnífico; y Barrios el único instrumento con que podía realizarse. El alma del doctor, desecada y oprimida por la vergüenza de una desgracia moral, se desahogaba dando rienda suelta a sus predilecciones con una vehemencia implacable.

El regreso de Nostromo era providencial. No consideraba esa contingencia, animado de sentimientos humanitarios, alegrándose de que un semejante suyo hubiera escapado a las garras de la muerte. En el capataz sólo veía el único mensajero posible que enviar a Cayta. El hombre capaz de tal empresa. La desconfianza misantrópica que el doctor sentía por la humanidad (cuya amargura se fundaba en un fracaso personal) no le eximía totalmente de incurrir en las flaquezas comunes. Hallábase también dominado por el ascendiente de una reputación establecida. La fidelidad de Nostromo, propalada a son de trompeta por el capitán Mitchell, robustecida con la repetición y arraigada en el sentimiento general, no había sido puesta nunca en duda por el doctor Monygham, como un hecho positivo. Menos había de discutirla ahora que la necesitaba a todo trance. Aceptaba, como todo el mundo, la opinión corriente sobre la incorruptibilidad del capataz, sencillamente porque no había palabra ni acción que la contradijeran. Parecía formar parte del hombre, como sus patillas o sus dientes. Era imposible concebirle de otro modo.

La cuestión era si consentiría en emprender el viaje con una misión tan peligrosa y desesperada. Monygham era bastante observador para haber notado desde el principio de la entrevista algo especial en los modales del hombre. Sin duda era el despecho que le causaba la pérdida de la plata. "Será necesario ganarme toda su confianza", se decía con cierta penetración del fondo del carácter peculiar de Nostromo. El silencio de éste se hallaba dominado de tétrica irresolución, ira y recelo. A pesar de ello, fue el primero en romperlo.

– Lo de menos es la travesía a nado -dijo. -Lo anterior, lo anterior… y lo que viene después de eso…

Y no acabó de expresar su pensamiento, parándose en seco, como si ante él hubiera surgido un obstáculo infranqueable. Entretanto el doctor seguía meditando sus planes con sutileza maquiavélica. Poniendo en su acento toda la simpatía de que era capaz, comentó:

– Es una desgracia, capataz; pero a nadie le pasa por las mientes recriminarle a usted. Una gran desgracia. Desde luego afirmo que el tesoro no debió salir de la montaña. Decoud fue el que…, pero ya es muerto: no hay por qué hablar de él.

– No -asintió Nostromo, al callar el doctor-, no hay necesidad de hablar de los muertos. Pero yo no lo estoy todavía.

– Así es. Y por cierto que sólo un hombre de la intrepidez de usted hubiera podido salvarse.

Al hablar así, el doctor Monygham era sincero. Tenía elevado concepto del valor audaz de aquel hombre, a pesar de estimarle en poco por haber perdido la confianza en la humanidad en general a causa de la terrible caída moral que él mismo había dado. Habiendo tenido que arrastrar con sus solas fuerzas, durante el período en que anduvo errante por el interior del país no pocos peligros físicos, conocía bien el elemento más temible común a todos ellos: el sentimiento irresistible y paralizador de la debilidad humana, que abate al hombre en lucha con las fuerzas de la naturaleza, aislados lejos de la vista de sus semejantes. Por eso estaba admirablemente preparado para apreciar el arrojo que, según le pintaba su imaginación, había necesitado el capataz cuando, tras horas de tensión y angustia, se había arrojado de pronto a un abismo de agua y tinieblas, sin tierra ni cielo, luchando en el trance no sólo con ánimo firme, sino con ostensible éxito. Por supuesto, el hombre era un nadador incomparable -eso nadie lo ignoraba-; pero el doctor comprendía que la hazaña demostraba una fortaleza de espíritu todavía mayor. Esto le agradaba, permitiéndole augurar un éxito feliz para la ardua empresa que pensaba confiar al capataz, tan admirablemente restituido a sus antiguas funciones. Y en un tono de vaga adulación apuntó la observación:

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