Nostromo
- Автор: Конрад Джозеф
- Год: 1904
- Язык: испанский
- Жанр: Классическая проза
Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:
Encyclopædia Britannica
Pudo apreciar las circunstancias de su situación por la completa experiencia que tenía del país. Las vio con toda claridad. Se halló en las condiciones del que despierta a la realidad después de una larga borrachera. Se había abusado de su fidelidad. El había persuadido al cuerpo de cargadores a ponerse de parte de los blancos contra el resto del pueblo; había tenido entrevistas con don José y servido de intermediario al Padre Corbelán para negociar con Hernández; sabíase que don Martín Decoud le había admitido a una especie de intimidad, dándole libre entrada en las oficinas del Porvenir. Estos hechos habían halagado, como siempre, su amor propio. ¿Qué le importaba a él la política? Nada absolutamente. Y al final de todo, después de tanto "Nostromo aquí, Nostromo allá, ¿dónde está Nostromo?, Nostromo puede hacer esto y aquello", trabajar todo el día y cabalgar toda la noche, he aquí que ahora se hallaba convertido en un significado riverista, expuesto a cualquier venganza por parte de Camacho, por ejemplo, ya que al presente la ciudad estaba dominada por el partido de Montero. Los europeos se habían retirado; los caballeros se habían dado a partido; don Martín, es verdad, aseguraba que sólo era temporalmente, porque él iba en busca de Barrios para reconquistar la ciudad. Y ¿en qué quedaba ese proyecto, si don Martín, cuyo lenguaje burlón y escéptico había causado vagas inquietudes al capataz, estaba prisionero en la gran Isabel? Todos se habían acobardado, hasta don Carlos; y así lo manifestaba el hecho de trasladar con tanta precipitación el tesoro sacándolo por mar. El capataz de cargadores, en un arrebato de indignación, exasperado casi hasta la locura, acusó a todos de falsos y cobardes. ¡Le habían hecho traición!
Con las ilimitadas sombras del mar a su espalda, encarado con las erguidas formas de los picos inferiores apiñados alrededor de la brumosa y blanquecina claridad del Higuerota, Nostromo, saliendo de su silencio e inmovilidad, dio una ruidosa carcajada por segunda vez; se puso de pie bruscamente, y aguardó quieto. Debía marcharse de allí; pero ¿adonde?
– Es cierto. Nos tienen y halagan, como si fuéramos perros nacidos para pelear y cazar en beneficio suyo. El viejo tiene razón -dijo con cachaza y sorda indignación.
Parecióle ver a Giorgio quitándose la pipa de la boca para dispararle estas palabras por encima del hombro en el café, lleno de maquinistas y ajustadores de los talleres del ferrocarril. Esta imagen fijó su voluntad vacilante. Procuraría por todos los medios hallar a su viejo paisano. ¡Dios sabe lo que habría sido de él! Dio algunos pasos, se paró de nuevo y movió la cabeza. A derecha e izquierda, delante y detrás, el espeso matorral rumoreó misteriosamente en la oscuridad.
"Teresa decía también la verdad" añadió en voz baja con un dedo de angustia. Preguntóse si habría muerto irritada contra él o viviría aún. Como respondiendo a esta pregunta en que se mezclaban por igual el remordimiento y la esperanza, un enorme búho cruzó por delante de él con vuelo oblicuo y blando aleteo, lanzando su medroso grito: "¡Ya acabó! ¡Ya acabó!", que según la creencia popular, anuncia calamidades y muertes. En la ruina de todas las realidades que constituían su fuerza, se sintió invadido de un temor supersticioso y se estremeció ligeramente. De manera que la signora Teresa era muerta. Aquello no podía significar otra cosa. El grito del ave fatídica, primer sonido que oía a su regreso, era un saludo acomodado a su traicionada persona. Los poderes invisibles, a quienes había ofendido rehusando llevar un sacerdote a una mujer moribunda, alzaban su voz contra él. Había muerto su patrona. Con lógica admirable y humana lo refería todo a sí propio. La signora Teresa había mostrado siempre gran cordura en sus consejos. Y el desamparado Giorgio se hallaría tan trastornado por tan irreparable pérdida, que probablemente necesitaría sus prudentes indicaciones. A no dudarlo, el golpe tenía que dejar estúpido al soñador viejo por algún tiempo.
En cuanto al capitán Mitchell, el capataz, según la costumbre de los dependientes de confianza, le consideraba como una persona apta quizá por su educación para firmar documentos en una oficina y dar órdenes, pero en cuanto a lo demás, de una inutilidad absoluta y algo tonto. La chifladura del viejo marino en traerle siempre al retortero y la importancia pomposa y cargante que se daba, se le habían hecho pesadas con el frecuente trato a Nostromo. En un principio le habían procurado cierta secreta satisfacción; pero a un hombre seguro de sí mismo llega a cansarle la necesidad de vencer pequeñas dificultades, tanto por la certeza del resultado como por la monotonía del esfuerzo. Desconfiaba de un superior siempre inclinado a tropezar en pequeñeces. Aquel viejo inglés carecía de discernimiento. Era inútil suponer que, cuando conociera la verdadera situación de las cosas, guardaría el secreto y se abstendría de proponer determinaciones impracticables. Nostromo le temía, como se teme cargar con una molestia tenaz y prolongada. Le faltaba discreción. Propalaría lo que había sido del tesoro; y Nostromo estaba decidido a que no se supiera el sitio en que estaba oculto, a que no se hiciera traición a este secreto.
La palabra traición se le había fijado tenazmente en la inteligencia. Esa clara y sencilla idea era el sostén de la conciencia luminosa que tenía de haber sido utilizado como mero instrumento y de haberle sacado de su vida para meterle en una empresa arriesgada sin hacer caso de su persona. Un hombre a quien se hace traición es un hombre perdido. La signora Teresa (¡Dios hubiera acogido su alma!) había estado en lo cierto. Nunca se habían interesado verdaderamente por su bienestar y vida. ¡Era un hombre perdido! Ahora se le presentó la blanca forma de la moribunda, encorvada sobre el lecho, caída sobre los hombros la mata de negro cabello, vuelto hacia su persona el doliente rostro de amplias cejas, y reprendiéndole airada con la temerosa majestad de la inspiración y de la muerte. Porque no en vano el ave de mal agüero había proferido su lamentable grito volando por encima de él. La señora Teresa había muerto. ¡Dios hubiera acogido su alma!
Aunque Nostromo participaba de las prevenciones anticlericales de las masas ignorantes y relajadas, usaba la piadosa fórmula por la fuerza superficial del hábito, pero con honda sinceridad. El pueblo es incapaz de escepticismo; y esa incapacidad le arrastra irremediablemente a una fe irracional, que a veces es explotada por gentes astutas o fanáticas. Tal vez prueba esto que en el hombre existe una propensión instintiva a creer en lo sobrenatural. La patrona era muerta. Pero ¿querría Dios recibir su alma? Había muerto sin confesión ni absolución, porque él no había querido dedicar a la moribunda unos momentos más de su tiempo disponible. En el capataz subsistía el desprecio de los sacerdotes como tales: ¿podía esperarse otra cosa de un hombre de tal educación y de tal vida? Pero, al fin y al cabo, para él era imposible saber si lo que afirmaban era o no cierto: para eso se necesitaba una instrucción de que él carecía. Poder, castigo, perdón, son ideas sencillas y creíbles. El magnífico capataz de cargadores, privado de ciertas realidades ordinarias, tales como la admiración de las mujeres, las lisonjas de los hombres, la gloria de su vida pública, se hallaba dispuesto a sentir caer sobre sus hombros la carga de un crimen sacrílego.
Con la cabeza descubierta, sin más vestidos que una delgada camisa y unos pantalones, notó en las plantas de los pies el persistente calor de la fina arena. La estrecha playa brillaba enfrente a lo lejos en una larga curva, que marcaba el perfil de este inculto lado del puerto. Deambuló apresuradamente de aquí para allá a lo largo de la orilla del mar, como una sombra perseguida entre los sombríos grupos de cocoteros y la sabana de agua, yacente en mortal quietud a su mano derecha. Andaba de prisa con resolución en el silencio y la soledad, como si se hubiera olvidado de toda prudencia y precaución. Pero sabía que en esta parte del agua no corría el peligro de ser descubierto. El único habitante de aquel lugar era un indio solitario, silencioso y apático, encargado de cuidar los bosquecillos de cocoteros, de los que recogía cargas de fruta para venderlas en la ciudad. Vivía sin mujer en un cobertizo abierto en el que ardía constantemente una hoguera, cerca de una vieja canoa, abandonada en la playa con la quilla al aire. Era fácil evitar su encuentro.