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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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Capítulo VIII

Después que Nostromo salió nadando a tierra, había trepado, chorreando agua, hasta el cuadrángulo principal de la vieja fortaleza; y allí, entre arruinados trozos de murallas y restos podridos de techos y cobertizos, había dormido todo el día entero. Había dormido a la sombra de las montañas, bañado por la blanca luz de la luna, en la quietud y soledad de aquel terreno cubierto de maleza, situado entre el óvalo del puerto y el espacioso semicírculo del golfo. Reposó con la inmovilidad de un muerto. Un buitre de la especie llamada rey-zamuro apareció como una manchita negra en el azulado cielo y descendió describiendo prudentes círculos con un vuelo tan callado, que sorprendía en un ave de su tamaño. La sombra de su cuerpo gris perla y de sus alas negras en las puntas no cayó sobre la hierba más silenciosa que el ave misma al posarse sobre un montón de broza a tres metros del hombre, que yacía inerte como un cadáver. El buitre alargó su cuello desnudo y pelada cabeza, horrible en la brillantez de varios colores, con un aire de ansiosa voracidad, hacia la prometedora inmovilidad de aquel cuerpo postrado. Luego, sepultando profundamente la cabeza en su blando plumaje, se dispuso a esperar. El primer objeto en que se fijaron los ojos de Nostromo después de los primeros momentos de nebulosidad consciente que siguen a un prolongado y profundo sueño, fue este paciente centinela, en acecho de las señales de muerte y corrupción. Al levantarse el hombre, el buitre se alejó dando grandes saltos de lado y aleteando. Aguardó un poco, moroso y obstinado, antes de alzar el vuelo, girando calladamente, con el pico y garras colgando de una manera siniestra.

Algún tiempo después de haber desaparecido, Nostromo, levantando los ojos al cielo, musitó:

– No estoy muerto aún.

El capataz de cargadores había vivido espléndidamente a vista de todos hasta el preciso momento de hacerse cargo de la gabarra que contenía los lingotes de plata.

La última acción que había ejecutado en Sulaco se hallaba en perfecta consonancia con su vanidad y, en tal concepto, era del todo sincera. Había entregado su último dólar a una vieja que gemía de pena y cansancio después de buscar inútilmente a su hijo entre los muertos y heridos del puerto. Aunque ese rasgo de generosa piedad se había ejecutado en la oscuridad y sin testigos, no por eso dejaba de tener los caracteres de esplendor y publicidad, y se amoldaba muy bien a su reputación. Pero el despertar en un sitio inhabitado, sin otra compañía que la de un buitre en acecho, no reunía tales caracteres. El primer sentimiento confuso que le invadió fue precisamente ése: que aquella situación no se acomodaba a lo que hasta entonces había sido su vida. Más se parecía al término de todo. La necesidad de vivir escondido de cualquier modo, Dios sabe por cuánto tiempo, se le ofreció al despertar del todo, e hizo que todo lo ocurrido años atrás le pareciera vano y fútil, a modo de sueño de grandezas bruscamente interrumpido.

Trepó al desmoronado talud del bastión, y apartando los arbustos, registró con la mirada el puerto. Vio un par de barcos anclados en la sabana de agua que reflejaba los últimos rayos de luz, y el vapor de Sotillo amarrado al muelle. Y detrás de la pálida y larga fachada de la Aduana aparecía la extensión de la ciudad, con el aspecto de un bosque de grandes árboles, que se alzaba en el llano con una puerta en primer término; y las cúpulas, torres y miradores descollaban por encima del arbolado, formando una masa sombría, como si hubiera caído ya sobre la tierra el negro manto de la noche.

Al pensar que en lo sucesivo no le sería dable pasear a caballo por las calles, conocido de todos, grandes y chicos, como solía hacerlo todas las tardes cuando iba a jugar al monte en la posada de Domingo el mejicano, o a ocupar el sitio de honor escuchando los cánticos y viendo los bailes, le pareció que la ciudad había perdido su existencia real.

Siguió contemplándola por algún tiempo, y luego dejó recobrar su primera posición a los arbustos, y, pasando al otro lado del fuerte, escudriñó la vasta superficie desierta del gran golfo. Las Isabeles resaltaban en negras siluetas sobre la estrecha banda roja del poniente, tendida entre ellas; y el capataz pensó en Decoud, que estaba solo allí con el tesoro, reflexionando con acrimonia que aquel hombre era el único atormentado por la inquietud de si caería o no en manos de los monteristas; y eso por meros motivos egoístas. En cuanto a los demás, ni sabían nada ni les importaba un comino. Lo que en cierta ocasión había oído decir al viejo Viola era certísimo. Reyes, ministros, aristócratas, los ricos en general, tenían al pueblo en pobreza y sujeción, como tenían a los perros para sus deportes de peleas y cacerías.

La oscuridad había descendido hasta la línea del horizonte, envolviendo al golfo entero, las islas y al amante de Antonia, confiando en la gran Isabel a solas con el tesoro. El capataz, volviendo la espalda a todas aquellas cosas, invisibles y existentes, se sentó, y apoyó el rostro entre las manos cerradas. Por la primera vez de su vida sintió el rejonazo de la pobreza. Encontrarse sin un céntimo después de una hora de mala suerte al monte en el ruin y humoso cuarto de la posada de Domingo, donde la hermandad de cargadores jugaba, cantaba y bailaba por la noche, o quedarse con los bolsillos vacíos después de un rumboso regalo hecho públicamente a cualquier muchacha del peine de oro (de quien no volvía a acordarse), no tenía nada de humillante ni de mísero. Al contrario, le dejaba rico de gloria y nombradía. Pero, no siéndole ya posible en lo venidero pavonearse en las calles de la ciudad, ni ser saludado con respeto en los lugares donde solía pasar sus ocios, el marino genovés se sintió realmente sumido en la indigencia.

Tenía la boca seca, seca de tanto dormir y de la extrema ansiedad que sentía, como nunca le había ocurrido anteriormente. Puede decirse que Nostromo gustaba el polvo y las cenizas del fruto de la vida, en que había hincado los dientes estimulado por el hambre de alabanzas. Sin separar la cabeza de entre los puños, intentó escupir de frente -"Tfui"- y murmuró una maldición contra el egoísmo de la gente rica.

Ya que todo parecía perdido en Sulaco (y esa era la impresión con que había despertado), Nostromo pensó en partir del país. Al ocurrirle esta idea, se desplegó ante su imaginación, a modo de principio de otro sueño, un panorama de costas escarpadas y sin mareas, con sombríos pinos en las alturas y blancas casas pequeñas y achatadas abajo, junto a la orilla de un mar muy azul. Vio los muelles de un puerto enorme, donde las falúas de cabotaje, con sus velas latinas tendidas como alas inmóviles, entraban resbalando silenciosas por entre las puntas de los largos muelles, formados por cuadrados bloques, que se proyectaban angularmente uno hacia otro, abrazando un grupo de barcos en la soberbia concha de un cerro cubierto de palacios. Recordó esos paisajes no sin cierta emoción filial, a pesar de haber sido frecuente y brutalmente golpeado, cuando era muchacho, en una de esas falúas por un genovés de rostro afeitado y cuello taurino, hombre de genio impulsivo y desconfiado, que, según creía firmemente, le había robado su herencia de huérfano. Pero está misericordiosamente decretado que los males tiempos pasados aparezcan borrosos en los campos del recuerdo. La viva conciencia que tenía de su soledad, abandono y fracaso, le presentó como tolerable el retorno a su primera vida. Pero ¿cómo? ¿Volver? ¿Descalzo y a pelo, con una camisa de color y unos calzones por todo equipaje?

El renombrado capataz, los codos sobre las rodillas y un puño hundido en cada carrillo, se rió burlándose de sí propio, como había escupido ante él en la oscuridad de la noche. Las confusas e íntimas impresiones de universal desastre, que abaten a un hombre poseído de su valer, presentando a sus ojos un fuerte obstáculo a su pasión dominante, tuvieron una amargura parecida a la de la misma muerte. Nostromo era un hombre sencillo, propenso a ser presa de cualquier creencia, superstición o deseo, como un niño de pocos años.

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