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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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La fiebre, una fiebre grave, tenía abatido al muy valiente coronel. Una mirada extraviada y vagarosa, causada por los pasajeros espasmos de un ligero cólico que se había declarado de pronto, y el castañeo de los dientes, originado del terror reprimido, presentaban un aspecto tan vivo y real, que impresionaron al emisario. Eran los calofríos de la fiebre. El coronel manifestó que le era imposible pensar, atender ni hablar. Fingiendo un esfuerzo sobrehumano, balbució que no se hallaba en estado de dar una respuesta adecuada, ni de cumplir ninguna orden de Su Excelencia. Pero ¡mañana!, ¡mañana! ¡Ah!, ¡mañana! Que Su Excelencia don Pedro estuviera tranquilo. El bravo regimiento de Esmeralda ocupaba el puerto…, ocupaba… Y, cerrando los ojos, volvió a un lado y otro la dolorida cabeza, como un enfermo medio delirante, ante la escudriñadora mirada del enviado, que tuvo necesidad de inclinarse sobre la hamaca para recoger las penosas y entrecortadas frases del enfermo.

Entretanto el coronel Sotillo confiaba en que los sentimientos humanitarios de Su Excelencia permitieran regresar de la ciudad al doctor, al doctor inglés con su caja de medicinas extranjeras, para asistirle. Rogaba con encarecimiento a su merced, el caballero allí presente, que le hiciera el favor de preguntar en la casa Gould, al pasar por ella, si estaba allí el doctor inglés, como era probable, y decirle que el coronel Sotillo, enfermo de fiebre en la Aduana, demandaba sus servicios inmediatos. "Se le necesitaba sin demora, con la mayor urgencia: se le aguardaba con impaciencia extrema. ¡Y un millón de gracias por todo!"

Cerró los ojos fatigado y no quiso volverlos a abrir, permaneciendo inmóvil, sordo, mudo, insensible, abrumado, vencido, postrado, aniquilado por la terrible enfermedad.

Pero no bien el otro hubo cenado tras sí la puerta y salido al descansillo, el coronel saltó con ambos pies sobre un montón de cubiertas de lana. Enredáronsele las espuelas en un rebujón de ponchos y estuvo a punto de caer de cabeza, no logrando recobrar el equilibrio hasta que estuvo en medio de la habitación. Luego se ocultó tras unas celosías medio cerradas y se puso a escuchar lo que pasaba abajo.

El emisario había montado ya, y volviéndose a los oficiales ociosos que ocupaban la entrada principal, se quitó el sombrero ceremoniosamente.

– Caballeros -dijo en voz muy alta-, permítanme ustedes recomendarles que cuiden mucho a su coronel. De gran honra y satisfacción me ha servido ver en ustedes una excelente compañía de hombres que practican la virtud militar de la paciencia, permaneciendo en este lugar tan ingrato, con exceso de sol y sin agua que beber, mientras una ciudad, abundante en vino y mujeres hermosas, tiende sus brazos para recibir a unos valientes, como ustedes. Caballeros, tengo el honor de saludarlos. Esta noche se bailará mucho en Sulaco. ¡Adiós!

Pero refrenó el caballo e inclinó la cabeza a un lado al ver avanzar al viejo comandante. Muy alto y seco, metido en una especie de casacón estrecho que le llegaba a los tobillos, parecía el asta de la bandera del regimiento con la tela enrollada.

El inteligente veterano, después de enunciar en tono dogmático la proposición general de que "el mundo estaba lleno de traidores", siguió pronunciando con calor el panegírico de Sotillo. Extendióse enfáticamente en atribuirle todas las virtudes imaginables, y resumió sus elogios en la expresiva frase, común entre la clase baja de los occidentales (especialmente en los alrededores de Esmeralda):

– Y es -concluyó alzando de improviso la voz-, y es un hombre de muchos dientes. Sí, señor. En cuanto a nosotros -prosiguió portentoso y grave- su merced está contemplando el mejor cuadro de oficiales de la República, hombres de sin igual valor e inteligencia, y "hombres de muchos dientes".

– ¿De veras? ¿Todos ellos? -inquirió el maligno mensajero del señor Fuentes con un asomo de risa socarrona.

– Todos, sí, señor -afirmó solemnemente el comandante con convicción. -Hombres de muchos dientes.

El otro hizo girar su caballo poniéndole frente al portal, que parecía la entrada de una casa de labor abandonada. Se alzó sobre los estribos y extendió un brazo. Era un granuja bromista, nacido en las provincias centrales, y que por lo mismo tenía en poco a los habitantes de la provincia occidental. La tontería de los esmeraldinos provocaba de un modo especial sus despectivas chacotas. Empezó a pronunciar un discurso sobre Pedro Montero con serio y aparatoso continente. Gesticulaba como si intentara reproducir ante ellos la imagen del caudillo. Y cuando vio que todos los rostros estaban atentos, y todas las miradas pendientes de sus labios, enumeró en voz alta una lista de perfecciones:

– Generoso, valiente, afable, profundo -se descubrió en un arrebato de entusiasmo-, gran estadista, invencible caudillo de los hombres que le siguen -bajó la voz, dándole una entonación profunda-, y ¡un dentista!, ¡con instrumental completo para extraer piezas dentarias!

Partió al instante a buen paso. Con las piernas esparrancadas y tendidas, los pies vueltos hacia afuera, la espalda erguida y el sombrero echado atrás sobre los hombros cuadrados e inmóviles, era la imagen de la impudencia ilimitada y horrible.

Arriba, detrás de las celosías, Sotillo permaneció largo tiempo en observadora quietud. La audacia de aquel prójimo le espantó. ¿Qué estarían diciendo abajo sus oficiales? No decían nada. Silencio completo. Se echó a temblar. No creyó hallarse en tales circunstancias a la altura en que estaba su expedición. Habíase imaginado triunfante, indiscutido objeto de adulaciones, ídolo de los soldados, valorando con secreta complacencia las agradables alternativas del poder y la riqueza, brindadas a su elección. ¡Ah! |Qué desencanto! Medio loco, inquieto, postrado, ardiendo en rabia o helado de terror, sentía una amenazadora inseguridad que le rodeaba por todas partes, tan insondable como el mar. El canalla del doctor debía traerle la información que necesitaba. Era evidente. A él solo de nada le serviría; no podía hacer nada con ella. ¡Maldición! El doctor no volvería, porque probablemente estaba ya arrestado, preso con Don Carlos.

Prorrumpió en locas carcajadas. ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!, ¡ja! Pedrito Montero es el que iba a obtener la información sobre el paradero de la plata ¡Ja!, ¡ja!, ¡ja!…, y se apoderaría de ella. ¡Ja!

De repente, en medio de la risa, se quedó inmóvil y mudo, como petrificado. También él tenía un prisionero. Un prisionero que debía, sí. debía saber la verdad; toda entera. Habría que hacerle cantar. Y Sotillo, que no había olvidado enteramente a Hirsch en todo el tiempo transcurrido desde su captura, experimentaba una repugnancia inexplicable ante la idea de tener que recurrir a procedimientos extremos.

Esa repugnancia nacía en parte del temor insondable que sentía a todo cuanto le rodeaba. Recordó, también contra su voluntad, los dilatados ojos del comerciante de pieles, sus contorsiones, sus alharaquientos sollozos y protestas. Y lo ingrato del recuerdo no era efecto de compasión, ni aun de mera sensibilidad nerviosa. El hecho era que, aunque Sotillo no había creído por un momento el relato de Hirsch -no podía creerlo, nadie podía creer semejante tontería-, con todo, aquellos acentos de sinceridad desesperada le causaban desagradable impresión. Le ponían enfermo.

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