Бесплатная библиотека
Читайте книгу на сайте или телефоне
Nostromo - Читать Любимую Русскую Полную Книгу 👉 Read-E-Book.com

Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 138
Перейти на страницу:

– Y ese es asunto mío -dijo el doctor secamente.

– Como fue cosa mía el traslado de la maldita plata -replicó Nostromo. -Comprendo. Bueno. Cada uno de nosotros tiene sus razones. Pero usted fue el último con quien hablé antes de partir y me trató usted como si fuera un mentecato.

A Nostromo le disgustaba profundamente la ironía burlesca con que el doctor solía aludir a su gran reputación. El tonillo escéptico con que lo hacía también Decoud le molestaba menos, porque la familiaridad de un hombre como don Martín halagaba su amor propio, mientras que el doctor no era nada. Le recordaba hecho un perdido y sin un céntimo, renqueando por las calles de Sulaco, privado de amistades y relaciones, hasta que don Carlos le tomó para el servicio de la mina.

– Usted podrá ser todo lo avisado que quiera -continuó Nostromo, pensativo, paseando la mirada por el oscuro ambiente de la habitación, ocupado por el lúgubre enigma del torturado y asesinado Hirsch. -Pero no soy tan tonto como cuando salí con la gabarra. Desde entonces he aprendido algo, y entre otras cosas, que usted es un hombre peligroso.

Esta salida le cogió tan de sopetón al doctor Monygham, que, sobresaltado apenas pudo decir:

– ¿Qué dice usted?

– Si el muerto pudiera hablar, diría lo mismo que yo -prosiguió Nostromo con una inclinación de cabeza, que se proyectaba en silueta contra la ventana débilmente iluminada por las estrellas.

– No le entiendo a usted -volvió a decir Monygham con voz débil.

– ¿No? Pues si usted no hubiera confirmado a Sotillo en su manía, tal vez no se hubiera dado tanta prisa en aplicar la tortura a ese desgraciado Hirsch.

El doctor se estremeció ante la indicación. Pero, dominado enteramente por su afecto a los Gould, se le había endurecido el corazón para no sentir remordimiento ni lástima. Con todo, para su mayor tranquilidad, creyó necesario repeler la acusación en tono enérgico y despectivo.

– ¡Bah! Se atreve usted a decirme eso, en el caso de un hombre como Sotillo. Confieso que no pensé para nada en Hirsch. Por supuesto, de nada hubiera servido. Todo el mundo puede ver que el infeliz estaba condenado a perecer desde el momento en que se agarró al áncora. Estaba perdido, se lo aseguro a usted. Como lo estoy yo… casi con toda seguridad.

Tal fue la contestación del doctor Monygham a la invectiva de Nostromo bastante fundada para intranquilizarle la conciencia. Realmente no la tenía encallada en términos de ser insensible al mal ajeno; pero la necesidad, la magnitud y la importancia de la empresa que se había echado encima, empequeñecían todas las consideraciones de mera humanidad. Había resuelto trabajar con todas sus fuerzas por la salvación de la mina, y lo hacía con verdadero fanatismo. Y no es que encontrara en ello placer alguno. La mentira y el fraude, aun dirigidas contra el más vil de los hombres, le eran odiosos por educación, por instinto y por tradición. Cometer aquellas bajezas y hacer el oficio de traidor eran cosas abominables para su genio y horribles para sus sentimientos. El menguado concepto que tenía de sí propio le había movido a rebajarse a tan innoble sacrificio, diciéndose con amargura: "Soy el único apropiado para una labor de esta índole." Y lo creía así. No era capaz de sutiles cavilosidades. Con toda sencillez, sin acariciar ninguna idea heroica de buscar la muerte, experimentaba una secreta satisfacción y consuelo en exponerse a un peligro bastante grave. En tal situación de ánimo, la desgraciada muerte de Hirsch se le representaba como una pequeña parte de los horrores de que era teatro el país. Consideraba aquel episodio por su lado práctico. ¿Cuál era su significación? ¿Indicaba algún cambio peligroso en las ilusiones de Sotillo? Lo que el doctor no se explicaba era que se hubiera matado a Hirsch de aquel modo.

– A tiros de revólver. ¿Por qué? -musitaba para sí.

Nostromo guardaba absoluto silencio.

Capítulo IX

Luchando con angustia entre dudas y esperanzas, abatido por el solemne companeo que celebraba la llegada de Pedrito Montero, Sotillo había pasado la mañana esforzándose por sobreponerse al desasosiego de su espíritu, sin poderlo conseguir a causa de la vanidad que le dominaba y de la violencia de sus pasiones. El desengaño, la codicia, la rabia y el miedo formaban en el pecho del coronel un tumulto más estrepitoso que el ruido ensordecedor de las campanas. Ninguno de sus planes se había realizado. Ni Sulaco, ni la plata de la mina, habían caído en su poder. No había realizado ninguna hazaña militar que consolidara su situación, ni obtenido un cuantioso botín que le permitiera retirarse. Pedrito Montero le infundía miedo, ya como amigo, ya como enemigo. El volteo de las campanas le enloquecía.

Imaginándose en un principio que podría ser atacado inmediatamente, había mandado a su batallón permanecer sobre las armas en la playa. En la habitación que ocupaba en la Aduana iba y venía de un extremo a otro, parándose a veces para morderse las uñas de la mano derecha con los ojos fijos en el piso, tristes y soslayados; y luego los alzaba echando alrededor una mirada hostil y sombría, y recomenzaba sus paseos en salvaje aislamiento. Había dejado sobre la mesa el sombrero, el látigo, la espada y el revólver. Sus oficiales, apiñados en la ventana que miraba a la puerta de la ciudad, se disputaban el uso de los gemelos de campo, comprados por su jefe a crédito el año anterior en el bazar de Anzani. Pasaban de mano en mano, y el último que los tenía por el momento en su poder era acosado por ansiosas preguntas.

– No hay nada; no hay nada que ver -repetía impaciente.

Así era: no había nada. Y, cuando el piquete destacado en los bosques cerca de la casa Viola recibió orden de retroceder para incorporarse al cuerpo principal, no se notaba el menor movimiento de vida en la faja de terreno polvoriento y árido comprendido entre la ciudad y las aguas del puerto. Pero, ya bastante avanzada la tarde, apareció un jinete saliendo por la puerta de la ciudad y avanzando intrépidamente en dirección a la Aduana. Era un emisario del señor Fuentes. Como venía solo se le permitió acercarse. Desmontó a la entrada del edificio, saludó con jovial impudencia a los circunstantes y pidió ser presentado inmediatamente al muy valiente coronel.

El señor Fuentes, al entrar en sus funciones de jefe político, había dirigido sus talentos diplomáticos a obtener el dominio del puerto y de la mina. El hombre elegido para negociar con Sotillo era un notario publico, a quien la revolución había sorprendido languideciendo en la cárcel común, acusado de falsificar documentos. Libertado por las turbas, junto con las demás "víctimas de la tiranía de los blancos", se había apresurado a ofrecer sus servicios al nuevo gobierno.

Había partido resuelto a desplegar el mayor celo y elocuencia posibles para inducir a Sotillo a entrar solo en la ciudad y celebrar una conferencia con Pedrito Montero. Nada estaba más lejos de las intenciones del coronel. La mera idea de ponerse en manos del famoso Pedrito le había causado varias veces hondo malestar. Eso, ni pensarlo: era una locura. Y también lo era declararse en franca hostilidad. Haría imposible la búsqueda sistemática del tesoro, de aquella enorme cantidad de plata que le parecía sentir en las inmediaciones, olfatear en un lugar cercano. Pero ¿dónde? ¡Cielos! ¿Dónde? ¡Oh! ¿Por qué había dejado partir al doctor? ¡Qué estupidez la suya! Pero, no: era lo único que se debía hacer, pensaba febrilmente, mientras el mensajero aguardaba abajo en agradable charla con los oficiales. En el verdadero interés de aquel canalla de doctor estaba el regresar con noticias positivas. ¿Y si había algo que se lo impidiera, como, por ejemplo, una prohibición general de dejar la ciudad? Tal vez hubiera patrullas.

El coronel, cogiéndose la cabeza con las manos, giraba sobre sus pasos, como herido de vértigo. Un relámpago de cobarde inspiración le sugirió un arbitrio, no desconocido de los estadistas europeos cuando desean aplazar una negociación difícil. Con botas y espuelas se acomodó en la hamaca con un apresuramiento que no se avenía bien con su dignidad. Con la tensión nerviosa producida por sus graves cuidados, se le había puesto amarillo el bien proporcionado rostro, y afilado el caballete de la correcta nariz, cuyos audaces orificios aparecían empequeñecidos y pellizcados. La mirada acariciadora y suave de sus bellos ojos se había apagado y aun descompuesto, porque los globos lánguidos, en forma de almendra, estaban inyectados de sangre a consecuencia de prolongados y siniestros insomnios. Habló al sorprendido mensajero del señor Fuentes con voz sorda y agotada, que salía con debilidad conmovedora de la espesa cubierta de ponchos tendida sobre su elegante figura hasta los negros bigotes, caídos, lacios, indicando postración física e incapacidad mental.

1 ... 104 105 106 107 108 109 110 111 112 ... 138
Перейти на страницу:
0
Сюжет
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Атмосфера
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Главный герой
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
0
Общее впечатление
  • 1
  • 2
  • 3
  • 4
  • 5
  • 6
  • 7
  • 8
  • 9
  • 10
Итоговая оценка: 0.0 из 10 (голосов: 0 / История оценок)