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Nostromo

Электронная книга - «Nostromo». Краткое содержание книги:

Nostromo (1904), a story of revolution, politics, and financial manipulation in a South American republic, centres, for all its close-packed incidents, upon one idea—the corruption of the characters by the ambitions that they set before themselves, ambitions concerned with silver, which forms the republic’s wealth and which is the central symbol around which the novel is organized. The ambitions range from simple greed to idealistic desires for reform and justice. All lead to moral disaster, and the nobler the ambition the greater its possessor’s self-disgust as he realizes his plight.
Encyclopædia Britannica
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"Y, en efecto, don Pepe lo volaría todo por lealtad y por odio… por odio a esos liberales, como ellos se llaman. ¡Liberales! Las palabras que uno conoce tan perfectamente en su verdadero sentido, le tienen horrible en este país. Libertad, democracia, patriotismo, gobierno…, todas ellas trascienden aquí a locura y asesinato. ¿No es verdad, doctor?… Yo soy el único que puede detener a don Pepe. Si me quitan de en medio, nada le impedirá ejecutar la destrucción preparada."

– Verán de ganárselo con promesa de un gran empleo militar -sugirió el doctor con aire pensativo.

– Es muy posible -asintió Carlos Gould en voz muy baja, como hablando consigo y mirando todavía el boceto de la garganta de Santo Tomé.

– Sí, creo que lo intentarán-. Carlos volvió la cara y miró por primera vez al doctor, añadiendo: -Eso me daría tiempo.

– Exactamente -confirmó el doctor, suprimiendo su excitación. -En especial, si don Pepe se porta con diplomacia. ¿Por qué no había de darles alguna esperanza de asentir a sus pretensiones? ¿Eh? A no hacerlo así, no ganaría usted mucho tiempo. Podrían enviársele instrucciones para…

Carlos Gould movió la cabeza negativamente, mirando con fijeza al doctor, pero éste continuó con cierto calor:

– Sí, entrar en negociaciones para entregar la mina. Es una buena idea. Entre tanto usted maduraría su plan. Por supuesto, no pregunto en qué consiste, ni necesito saberlo. Y hasta rehusaría oírle a usted si pretendiera decírmelo. No sirvo para confidencias.

– ¡Qué tontería! -murmuró Gould disgustado.

Desaprobaba los excesivos escrúpulos del doctor sobre ese lejano episodio de su vida. Tanta insistencia en recordarle era para Carlos algo repugnante y morboso. Y de nuevo hizo signos negativos con la cabeza. No quería entremeterse en la rectitud de conducta de don Pepe, tanto porque así se lo dictaba su genio, como por política.

Las instrucciones habían de ser verbales o escritas; y en ambos casos corrían peligro de ser interceptadas. No tenía ninguna seguridad de que un mensajero pudiera llegar a la mina; y, además, no había nadie a quien enviar. Carlos Gould tuvo en la punta de la lengua decir que únicamente el difunto capataz de cargadores pudiera haber cumplido ese encargo con alguna probabilidad de éxito y absoluta certeza de haber guardado el secreto; pero lo calló, limitándose a indicar al doctor que era un mal arbitrio. Desde el momento en que se supiera la posibilidad de comprar a don Pepe, la seguridad personal del administrador y de sus amigos quedaba puesta en peligro. Porque entonces Montero no tendría motivo para abstenerse de emplear la violencia. La incorruptibilidad de don Pepe era la verdadera causa que detenía la mano de Pedrito.

El doctor bajó la cabeza y reconoció que así era en cierto modo. No podía negar que el razonamiento era bastante sólido. La utilidad de don Pepe descansaba en su inmaculada reputación. En cuanto a la intervención favorable que él (el doctor) podía prestar, vio con pena que también estribaba en su fama, por cierto nada envidiable. Manifestó a Carlos Gould que tenía medios de impedir que Sotillo uniera sus fuerzas con las de Montero, por el momento al menos.

– Si usted hubiera tenido aquí toda esa plata -dijo el doctor-, o si se hubiera sabido siquiera que estaba en la mina, usted habría podido comprar a Sotillo, haciéndole renunciar a su flamante monterismo. Y le habría sido fácil inducirle a partir con su vapor o unirse a usted.

– Lo último de ninguna manera -contradijo Carlos Gould con firmeza-. ¿Qué se podría hacer después con un hombre de esa clase, dígame usted, doctor? El tesoro salió de aquí y me alegro de ello. A quedar en tierra, hubiera sido una tentación inmediata y poderosa. La lucha por apoderarse de esa riqueza habría precipitado el desastre. También yo me hubiera visto forzado a defenderla. Me congratulo de haber trasladado la plata, aun cuando se haya perdido. Tenerla en mi poder hubiera sido un peligro y una maldición.

– Tal vez tiene razón -decía el doctor, una hora después, a la señora de Gould, a quien encontró en el corredor-. La cosa está hecha, y el fantasma del tesoro puede hacer las veces de la realidad. Permítame usted que intente servirla hasta donde alcance mi mala reputación. Me voy ahora a desempeñar mi papel de traidor cerca de Sotillo y mantenerle fuera de la ciudad.

La señora tendió los brazos instintivamente.

– Doctor Monygham -musitó, volviendo a un lado la cara con los ojos llenos dé lágrimas para echar una mirada al cuarto de su esposo-, se está usted exponiendo a un riesgo terrible.

Y estrechó las dos manos a su interlocutor, que se quedó clavado en el sitio mirándola y esforzándose por esbozar una sonrisa.

– ¡Oh! No dudo que usted vindicará mi memoria -dijo al fin, y bajó corriendo las escaleras, cruzó el patio y salió a la calle.

En estando fuera caminó a grandes pasos con su extraña cojera, llevando una caja de instrumentos debajo del brazo. Se le tenía por loco y nadie le molestó. Desde la puerta abovedada que daba al mar vio al través de un llano árido y polvoriento, salpicado de arbustos enanos, a la distancia de más de una milla, la deforme fábrica de la Aduana, y los otros dos o tres edificios que entonces satisfacían todas las necesidades del puerto de Sulaco. Allá, a lo lejos, al sur, bosquecillos de palmeras bordeaban la curva de la playa. El perfil de los remotos picos de la Cordillera se había esfumado en el azul cada vez más oscuro del cielo de oriente. El doctor avanza de prisa. Una sombra pareció caer del cénit, espesándose gradualmente. El sol se había puesto. Por algún tiempo las nieves del Higuerota siguieron reverberando con los espléndidos reflejos del poniente. La figura de Monygham se movía solitaria por entre los oscuros arbustos en dirección a la Aduana, y semejaba, en su renqueo, un ave enorme que tuviera rota un ala.

Tintas de púrpura, oro y carmesí se reflejaban en el claro espejo del agua del puerto. Una prolongada lengua de tierra, derecha como un muro, con las herbosas ruinas del fuerte, en forma de verde montículo redondeado, claramente visible desde la playa interior, cerraba su circuito; mientras del otro lado, el Golfo Plácido reproducía esos esplendores de color en mayor escala y con una magnificencia más sombría.

La gran acumulación de nubes que cubría el fondo del golfo presentaba largas vetas rojas entre sus retorcidos pliegues grises y negros, a modo de inmenso manto flotante, manchado de sangre. Las tres Isabeles resaltaban en siluetas de nítido perfil sobre la zona alisada en que se confundía el mar y el cielo, mostrando como suspendidas en el aire sus masas de un púrpura violeta. Las pequeñas olas lanzaban rojos destellos, semejantes a un chisporroteo, sobre la arena de la playa. A lo largo del horizonte las fajas cristalinas del mar despedían un ardiente fulgor rojo, como si el fuego y el agua se hubieran mezclado en el vasto lecho del océano.

Al fin la conflagración de mar y cielo, que yacía confundida e inmóvil en un contacto flamígero al borde del mundo, se extinguió. Las rojas chispas del agua se desvanecieron junto con las manchas sanguíneas del negro manto que envolvía la sombría cabeza del Golfo Plácido; sopló de pronto una brisa, y murió después de agitar con sordos rumores el boscaje humilde del arruinado bastión del fuerte.

Nostromo despertó de un sueño de catorce horas, y se levantó, cuan alto era, de su yacija en la alta hierba. Permaneció hundido hasta las rodillas en los verdes tallos que ondulaban susurrantes, con el aire azorado de un hombre que acabara de nacer en el mundo. Esbelto, robusto y ágil, echó atrás la cabeza, estiró los brazos y se desperezó retorciendo lentamente la cintura y con un indolente y gruñidor bostezo que descubrió su blanca dentadura, tan natural y libre de mal en el momento de despertar como un magnífico e inconsciente animal salvaje. Luego su mirada se endureció de repente, sin fijarla en ningún objeto, bajo de un ceño meditabundo, y apareció el hombre.

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